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PATRIOTISMO

14 Jun

200614 españa

 

El patriotismo (que nuestro país, en este caso España, sea el mejor rincón del mundo y nuestra tierra a su vez el mejor rincón de España) es un sentimiento tan natural, tan noble, tan hermoso, tan benefactor, que en condiciones normales no debería ser necesario ni siquiera tener que explicarlo.

 

      Conste que hablamos de patriotismo con mayúsculas (ese que es generoso, tiene una vocación incluyente, está embuido de espíritu critico, es portador de una misión creadora y tiene capacidad de trascender), no de patrioterismo (su versión más jactanciosa, fetichista, vocinglera, hueca y acomodaticia), el cuál desde luego tampoco tiene nada que ver con el chauvinismo (“solo lo nuestro es bueno”) del que hacen gala con absoluta chulería aquí los diferentes nacionalismos periféricos, a la postre tan falso y excluyente como el internacionalismo (“lo nuestro no vale para nada y solo lo de los demás es bueno”) bien conocido también por estos lares bajo complejos históricos todavía no superados a pesar de su falsedad (véase la Leyenda Negra) o lemas histéricos del tipo “Muera España, Viva Rusia” proferidos por los matarifes frentepopulistas durante los años 30′ del siglo pasado.

 

     Quede claro igualmente que el patriotismo no es ni mucho menos un sentimiento (aunque éste los despierte y muy profundos), ya que ello supondría una manifestación más del relativismo y/o subjetivismo postmodernos, sino un deber tanto para con nuestros contemporáneos como antepasados, pues gracias a estos últimos estamos aquí (por eso la palabra “patria” deriva, además de “patrimonio”, de “padres” o “paternidad”).

 

      Así las cosas, el patriotismo auténtico (por honesto) es aquel que, sin ocultar los problemas de su realidad nacional (excediendo así los estrechos límites del Estado-nación) correspondiente, tiene la inequívoca intención de mejorarla, no en beneficio de una clase o de un partido concretos (pues eso sería caer en “banderías” sectarias), sino en el bien común, es decir, en beneficio de la totalidad del pueblo.

 

     Ocurre que hoy, liberales de todo pelaje y condición, de izquierdas y de derechas, afirman que esto de ser patriota es algo poco menos que obsoleto, seguramente porque los mismos apenas cuentan con glorias pasadas a las que aferrarse, como no sean sus innumerables tropelías, sectarismos hemipléjicos, saqueos del erario publico y mimetismos extranjerizantes.

 

 

      Ciertamente, en el momento actual, la globalización nos empuja a renegar de todo aquello que huela a Patria, cuando ésta constituye lo heredado, lo dado, lo que nos determina en buena medida lo que somos, algo que no anula nuestra libertad, sino que nos enriquece e impone la tarea de transmitir (y a poder ser, perfeccionar) lo que hemos recibido. De hecho, la inexcusable obligación de combatir a los enemigos externos e internos de cualquier sociedad que se precie de sana ha sido olvidada no ya por los gobiernos temporales, sino también por una Iglesia que parece en gran medida entregada a los designios de esas luciferinas élites mundialistas que aspiran a reinar sobre un orbe convertido en un conglomerado amorfo de razas, pueblos y naciones.

 

      Pero precisamente porque el proceso globalista ha desatado hasta extremos nunca vistos dichos enemigos, es por lo que tal sentimiento se hace en estos tiempos más necesario quizás que en épocas pretéritas, siendo esencial para mantener aquellas estructuras sobre las que algún día poder reconstruir una Patria futura basada en los sagrados principios de la Tradición y los viejos ideales de la Cristiandad.

 

    Que así sea.

 

RICARDO HERRERAS