¿CRISIS DE VALORES?

19 May

        190519 ls crisis valores                      

Se nos repite como un mantra que atravesamos una grave crisis de valores. No será un servidor el que, desde luego, niegue los estragos causados por el relativismo moral postmoderno. Permítanme no obstante un matiz: solo en el momento en que empezamos a pensar que determinados valores no justifican el esfuerzo que ha de hacerse para lograr determinadas necesidades y satisfacciones, es cuando consideramos que los mismos no resultan válidos y entonces los sustituimos por otros distintos, por lo general menos valiosos.

 

      Eso es precisamente lo que ocurre ahora con la devaluación de la autoridad, el esfuerzo o el mérito y la cotización al alza del permisivismo, la ley del mínimo esfuerzo o la mediocridad. De hecho, la escala de valores se ha trastocado: la solidaridad, la verdad, la bondad y la belleza, antes en la cúspide, han sido desplazadas por ese individualismo, banalización, hedonismo o “libertad” – entendida ésta como hacer en cada momento lo que a uno plazca – que con tanta fruición promueven los luciferinos prebostes del modelo socio económico imperante.

 

      A decir verdad y aunque no esté de moda ni bien visto hablar de ello quizás por la asociación inconsciente de virtud con religión, hoy asistiríamos no tanto a una crisis de valores (criterios de carácter subjetivo, personal y transitorio, adquiridos durante la vida, que orientan la conducta humana y que pueden o no manifestarse en las acciones) como de virtudes (hábitos de comportamiento de carácter objetivo, innato y estable, desarrollados y afianzados a lo largo de la vida, que determinan la conducta humana y necesariamente tienen que manifestarse en todas las acciones).

      Porque valores y virtudes, siendo conceptos similares (ambos, cada uno a su manera, permiten la convivencia y favorecen las relaciones humanas), no son lo que se dice equivalentes. Todos poseemos algún tipo de valores, la mayor parte de las ocasiones supeditados al modo de vivir “nuestro yo” circunstancial; pero pocos serían capaces de acreditar aquellas virtudes (prudencia, fortaleza, justicia, templanza) que, ejercitadas día a día, nos impulsan en un afán de perfección moral cuya última meta es la búsqueda del bien. He ahí la gran diferencia.

      No en vano para los antiguos griegos la educación tenía como fin la areté (esa excelencia por medio de la cual se accedía a la “vida buena” propia de los hombres íntegros al tiempo que se evitaba la “buena vida” de quienes caían subyugados por los placeres efímeros) y para los antiguos romanos la virtus (ese modo de conducta que nos capacitaba para madurar como personas).

      En puridad, la gran crisis que padecemos en estos primeros compases de siglo XXI tampoco afectaría en sí a las virtudes puesto que, aunque los valores son per se mudables, las virtudes como tales son inmutables y, por ende, siempre válidas. La ruina actual está, por el contrario, en los sujetos que deberíamos aspirar a ellas, ya que, alejados casi por completo de una vida honorable y digna, arrastramos serios problemas en el ámbito de nuestra inteligencia y voluntad – caso de ese materialismo que nos empuja a ser esclavos de nuestros egoísmos individuales – que nos imposibilitan para alcanzarlas en una sociedad donde encima son denigradas y en un sistema cuyo único proyecto pasa por reducirnos a la simple categoría de votantes ocasionales y consumidores compulsivos.

      Ciertamente – y parafraseando a Ortega y Gasset con el célebre “Yo soy yo y mis circunstancias” – no podemos abstraernos del contexto que nos rodea. Si bien permitir que las invariablemente tornadizas contingencias determinen de un modo absoluto nuestro proceder acabará provocándonos una identidad floja y quebradiza. Ello será evitado por medio de una actuación regulada por la virtud y orientada al bien, sin duda una de las herencias más preciadas que habríamos de legar a las generaciones venideras.

 

RICARDO HERRERAS

 

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