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INMADUREZ, DIVINO TESORO

5 May

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El alarmante envejecimiento poblacional de Occidente durante los últimos decenios parece haber ido en paralelo a una agudización de los rasgos infantiloides de los habitantes del mismo.

    Así, las demandas se imponen a los deberes; la satisfacción y el impulso inmediatos ganan la partida al esfuerzo y la reflexión; la jibarización de los mensajes triunfa sobre la lectura y el pensamiento; la diversión arrincona a la información y el análisis rigurosos (vean esa telebasura que hace las delicias del adocenado público con mentalidad adolescente); el victimismo aplasta a la responsabilidad (la sociedad entera parece ser la única responsable de lo que nos pasa, o “papá Estado”, el cual pensamos está obligado de propiciar hasta nuestra felicidad); el griterío acogota al razonamiento (ahí están sino los debates catódicos para demostrarlo); la autoestima (antaño un producto de los logros conseguidos, hoy viceversa: se quieren alcanzar éstos con aquélla) desmedida defenestra a la constancia; el placer proscribe a la previsión (¿quién hace ya planes de futuro salvo gastarse todo el dinero en copas o drogas cada fin de semana?) .

 

     Nos asustan (y nos dejamos asustar también) con miedos y temores cuasi irracionales (aquellos relacionados con los alimentos o el clima, por ejemplo) que, inventados o exagerados, parecen más propios de una mente púber que otra cosa.

      Ahora se dice a los escolares – a quienes sus desaprensivos progenitores, por no “traumatizar”, les han pintado la vida de color de rosa y comido la cabeza con lo especiales que son – que si van mal en los estudios es porque padecen alguno de los muchos trastornos desconocidos hasta ayer, hoy sospechosamente abundantes, con tal de no llamar a las cosas por su nombre, o sea, que son unos vagos.

      La juventud se ha convertido en el nuevo gran icono y objeto de culto. Y lo malo no es tanto el discutible look de determinadas operaciones estético-capilares, sino el creciente número de puretas obsesionados hasta lo grotesco en el cultivo consciente de su propia inmadurez, al punto que en la actualidad no son los jóvenes quienes imitan la conducta de los adultos, sino al revés, pues la experiencia, la madurez y el conocimiento que proporcionan la edad no son considerados virtudes sino rémoras a desprenderse.

      ¡Incluso el diseño (fíjense en las oficinas de determinadas empresas, parecidas a guarderías de niños grandes antes que a verdaderos centros de trabajo) y los medios de transporte (¿qué me dicen de esos ridículos patinetes eléctricos pilotados por adultos?) engendrados al calor de la corrección política resultan infantiles!

    Un infantilismo auspiciado por los mismitos politiqueros de izquierdas y derechas títeres del Nuevo Orden Mundial que nos apabullan con ese discurso inclusivo-arbitrista y esos eslóganes guays empachados de “diversidad” – que tanto gustan, por cierto, a pijos y pijas de izquierdas y de derechas – bastante más proclives al reparto de prebendas que a la concesión de verdaderos derechos.

      Al respecto, no me cabe duda que para cambiar el lamentable estado de cosas del presente, antes que votar cada cierto tiempo por éste o aquél monigote producto de la mercadotecnia electoral, será menester la toma de responsabilidad hacia uno mismo, nuestros semejantes y, por ende, nuestra patria, única manera de que  (junto a la recuperación de valores como el compromiso, la rectitud, el espíritu de sacrificio o el trabajo bien hecho)  podamos ser lo suficiente libres e independientes a la hora de  tomar las decisiones que nos afecten y de esta forma actuar en consecuencia.

      Lo contrario, perseverar en el infantilismo, solo traerá más confusión y caos social, más individuos manipulados, blandengues y cobardicas solo aptos para demandar caprichos cual pataletas de niños pequeños que, para colmo, malvivirán recreándose en su mediocridad, refocilándose en sus bajos instintos y autoengañándose en su falsa burbuja de confort

 

 

RICARDO HERRERAS