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ANTITAURINISMO TOTALITARIO

7 Abr

190407 antitau

Vaya por delante que, si bien me gusta, tampoco me considero lo que se dice un incondicional del arte de Cúchares. Pero lo de los desaforados antitaurinos que – en calzoncillos ellos y con las tetas al aire ellas, cuerpo impregnado de pintura rojo sangre ambos – se dedican a montar follones en los aledaños de las plazas de toros me irrita profundamente, como por otra parte lo de esos otros sectores minoritarios de la población un día relegados y ahora (re)convertidos en unos tiranuelos de tomo y lomo.

     Para empezar, el término “antitaurino” le viene muy grande a estos energúmenos de comportamiento cercano a los animales que supuestamente defienden, los cuales nada tienen que ver con los muchos escritores, pensadores, polemistas (Lope de Vega, Quevedo, Jovellanos, Cadalso, Balmes, Emilia Pardo Bazán, Giner de los Ríos, Ramón y Cajal, Unamuno) que, casi desde el principio de la tauromaquia, argumentaron razonadamente sus ideas contrarias a la llamada fiesta nacional, a la que en general consideraban un elemento refractario a la regeneración que propugnaban para España.

      Tantos, por cierto, como sus no menos renombrados defensores desde ámbitos y espectros variados (no, ser pro taurino no significa ser “facha”), caso de Fray Luis de León, Góngora, Goya, Pérez Galdós, Marañón, Benavente, Valle-Inclán, Ortega y Gasset, Lorca, Dalí, Picasso, Blas de Otero…todos ellos muy orgullosos de pertenecer a una cultura como la española en la que el toreo, interpretado desde un prisma estético-idiosincrático-ritual, aparece impregnado de sentimiento, profundidad y trascendencia.

      Para seguir, con dar voces, ejecutar performances de dudoso gusto, colgar fotos tremendistas en las redes sociales casi siempre sacadas de contexto y tildar de “morbosos, torturadores, analfabetos y retrógrados” a los asistentes a una corrida poco se arregla. Item más: si se pretende luchar contra algo con lo que no se está de acuerdo hay que buscar alternativas concretas, reales, plausibles; prohibir porque sí – a mí tampoco me gustan las hamburguesas procesadas y no por ello se me ocurre pedir cárcel para quien se zampa un Big Mac con cara de caníbal – no es ninguna solución.

      Desde luego, decir que toreros, ganaderos y aficionados son “asesinos” no es de recibo. Siendo parte de nuestra larga Historia y constituyendo uno de nuestros grandes activos culturales además de una de nuestras señas de identidad nacional más reconocidas y reconocibles, hoy por hoy las corridas de toros son un espectáculo perfectamente legal que propician la pervivencia de una raza bovina única en el mundo (el toro de lidia, cuya desaparición estaría asegurada en el caso de que la tauromaquia fuese abolida), generan un gran número de puestos de trabajo (alrededor de 200.000, entre directos e indirectos) y actividad económica (con un impacto anual de aproximadamente 3.500 millones de euros en la economía española, algo más de la mitad en el sector turístico; solo la Feria de San Isidro genera unos beneficios para la capital superiores a los 50 millones de euros), así como ayudan al mantenimiento de un ecosistema de incalculable valor ecológico (más de medio millón de hectáreas de hermosísimas dehesas) entre otros aspectos tangibles derivados de las mismas.     

      Es probable que, en estos tiempos de flojera colectiva, sensiblería barata y buenismo rampante, la fiesta no pase por su mejor momento. Sin embargo, a los que se frotan las manos con su próxima y definitiva desaparición (al igual que con la de la caza) les aconsejaría que no lanzasen tan rápido las campanas al vuelo: en última instancia, la tauromaquia existirá en España y también Francia, Portugal y los países hermanos de Hispanoamérica mientas haya toros bravos. Y, especialmente, mientras haya seres humanos dispuestos a jugarse la vida por una emoción, la cual será todo lo atávica y ancestral que se quiera, sí, pero emoción al fin y al cabo. 

RICARDO HERRERAS