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             INCLUSIVISMOS EXCLUYENTES

17 Mar

            190317 LS   

Hace tiempo que la progresía (dentro de la cual el absurdo está tanto o más extendido que la ignorancia) nos viene dando la brasa con la “necesidad” (el caso es inventar problemas ficticios o defender causas que atañen solo a minorías muy minoritarias para disimular su complicidad con los excesos del gran capital) de cambiar las palabras que utilizamos en aras a limpiar el castellano del presunto machismo que lo impregna haciéndolo así más “igualitario” y “justo”.

          A esta desquiciada forma de hablar arbitrariamente impuesta desde el poder la denominan “lenguaje inclusivo” o “lenguaje no sexista”, desatino – el idioma español no es ni “justo” ni “injusto”, ni “igual” ni “desigual”: ninguno lo es –  basado en la creencia irracional de que es el lenguaje el que impone la realidad y no, como sería menester, que el mismo se va transformando a lo largo de los siglos según las necesidades de hablantes y escribientes.

      Cierto es que las lenguas cambian, evolucionan. Pero no, o al menos no usualmente, por decreto ley: que sea la burocracia estatal quien defina la consolidación del lenguaje (no olvidemos que éste constituye la primera manifestación de nuestro pensamiento y aquél que lo controlase tendría la puerta abierta para dominar nuestras mentes) ya supone en cierto modo una circunstancia coercitiva. Cualquier lengua, por tanto, que se pretenda imponer desde arriba está lejos de ser inclusiva; al contrario, es profundamente exclusiva por autoritaria. Si hablamos como hablamos se debe básicamente a que hemos construido juntos un idioma a lo largo de muchos años. Todo intento, pues, de retorcer y desvirtuar esa rica, diversa, creativa e inspiradora herramienta de la comunicación humana en aras a una premisa ideológica supone una aberración.

      Lo del “lenguaje inclusivo” se enmarcaría (cual cortina de humo con la que distraer a las maltrechas clases trabajadoras de su acuciante y precaria situación) en esa búsqueda incesante de inéditos, ideologizados y muy rentables electoralmente frentes de batalla, en este caso concreto para convencer a las mujeres de que sufren una opresión (a manos de los hombres, por supuesto) sistémica. Poco importa que, como es normal, la inmensa mayoría de ellas no se ofendan por llamar “hijos” a sus “hijos” e “hijas” o, como mandan los cánones gramáticos y dicta el sentido común, por usar de modo habitual el masculino genérico en las más variopintas expresiones. Pero que esas féminas se sientan “sojuzgadas” es fundamental para que tantos ideólogos de género enquistados en las administraciones públicas no se queden sin lo que se ha convertido en una lucrativa bicoca que mueve suculentas subvenciones no precisamente en beneficio de las mujeres que de verdad las precisan.

      Porque, para los millones de hombres y mujeres que han transitado juntos a lo largo de la Historia, ¿cuándo el lenguaje fue un obstáculo? ¿No ha sido siempre un puente de comunicación, integración y complementación de lo diferente? ¿En qué momento la libertad de expresión se volvió “machista” y “opresora”? Desde luego, anular diferencias funcionales (convertidas en disfuncionales la mayoría de las veces por la propia cultura) forzando igualdades caprichosas si de algo sirve es para demostrar que el autoritarismo y la estupidez no tienen género.  

     Sea como fuere, esperemos que, recuperada la cordura, de aquí a unos pocos años los “linguoinclusivismos” o bien se esfumen por sí solos ahogados en su propio ridículo o bien terminen recluidos en el seno de las sectas donde nacieron y de donde nunca debieron salir. Lo contrario, la creciente coacción de estos censores a sueldo del puritanismo políticamente correcto, nos condenará algún día a llevar una rediviva estrella de David anudada al brazo por algo tan simple como hablar la lengua normal de toda la vida, que no es otra que la que aprendimos de nuestras propias madres.

 

RICARDO HERRERAS