LA TIRANÍA DE PROCUSTO

10 Mar

190310 LS

Según la mitología griega Procusto era un “peculiar” posadero del Ática que, obsesionado con igualar a todo el mundo, ataba las extremidades a las esquinas de la cama de aquellos despistados viajeros que llegaban hasta su albergue con intención de pernoctar. Si resultaba que el viajante era más grande que la cama, Procusto le cortaba las extremidades (cabeza, pies, brazos) para ajustarlo a las medidas del mueble. Si, por otro lado, era más pequeño, lo estiraba hasta descoyuntarlo a fin de adaptarlo al lecho (al parecer el susodicho tenía un truco para que nadie pudiese escapar a su afán igualador, y era utilizar dos camas, una grande y otra pequeña, asignando una u otra según las dimensiones del forastero). 

      Pues bien, cada día estoy más convencido de que vivimos hoy bajo el gobierno tiránico de una especie de trasunto de tan truculento personaje, cuya principal premisa (sospecho que en aras a una estandarización global de las personas a fin de hacerlas más manejables) es que nadie sobresalga ni destaque. Todos iguales a la fuerza, pero no por la excelencia, sino por la mediocridad. Todos iguales, todos mediocres: el sueño dorado del castrante igualitarismo progre, otra de las muchas pestes que nos azotan.

     Tamaño despropósito (que indefectiblemente conduce a la asfixia del mérito, algo que se ve clarísimo por ejemplo en nuestro infecundo modelo educativo, ése que en justicia permite que los beneficios de la educación se extiendan a las clases más necesitadas y luego rechaza la selección en función del esfuerzo, las capacidades y la brillantez de los alumnos) surge en el momento en que tantos y nefastos demagogos confunden igualitarismo con igualdad.

     Igualdad significa que todos los miembros de una sociedad, sin exclusión ni excepción, deben tener reconocidos sus derechos fundamentales, éstos necesarios primero para su desarrollo personal y después para el de la propia comunidad. Pero cuando esa igualdad se ideologiza (interpretándose como “igualar a los desiguales”) y se quiere imponer al resto en aras a una partidista y pretendidamente superior moral visión del mundo entonces degenera en despótico igualitarismo (recordemos que ya para Aristóteles tan deleznable era tratar desigual a los iguales como igual a los desiguales).

      Porque una cosa es querer que todos sean tratados en condiciones de igualdad y otra bien distinta es querer que todos sean iguales. El reconocimiento de que todas las personas tienen los mismos derechos no implica que vayan a obtener, y mucho menos desear, los mismos resultados. Pretender que una sociedad cuyos miembros son (somos) por naturaleza desiguales en esfuerzo y capacidades (sí, la naturaleza es aristocrática, es lo que hay) trate a todos por igual es, además de absurdo, profundamente injusto. El talento y la vulgaridad nunca pueden situarse al mismo nivel, lo mismo que no se pueden uniformar resultados como pretenden determinados gobernantes buenistas cuyas arbitrarias medidas solo provocan una mayor frustración y fomento de la envidia entre los ciudadanos sujetos a tales.

      En puridad, la única igualdad que debemos proclamar es la igualdad ante la ley (a ver si me explican por qué si un hombre asesina con premeditación y alevosía a una mujer es peor que si una mujer asesina a un hombre con premeditación y alevosía) y la única igualdad que debemos procurar (con las ayudas pertinentes en reciprocidad al esfuerzo) es la de oportunidades (sigo esperando que alguien me diga qué pecado ha cometido quien trabajando y esforzándose más ha podido luego, llegado el caso, prosperar).

      Sí, por tanto, a la igualdad de derecho y de oportunidades, ambas expresiones de genuina libertad y aún de justicia social; y, en consecuencia, no rotundo al igualitarismo, nueva y envilecedora forma de servidumbre que, disolviendo las indispensables jerarquías, niega toda posibilidad de crecimiento personal en tanto nos mantiene ignorantes de nuestras virtudes.

 

 

RICARDO HERRERAS

 

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