EL INFIERNO MULTICULTURAL

3 Mar

190303 RH

Derrumbado el socialismo bajo el peso de unas contradicciones y realidades que no conocen de dogmas ni fantasías, en el muy relativista, materialista y huérfano de espíritu Occidente continúan gestándose utopías que, pregonando la felicidad universal, solo concitan nuevas pesadillas.

      Una de tales quimeras (enarbolada por la recalcitrante progresía sin que haya sido apenas rebatida por el miope conservadurismo, no en vano ambos hoy fieles y egoístas vasallos del apátrida globalismo financiero patrocinado por los Soros y compañía cuyo inequívoco propósito es diluir la soberanía de los países y desestructurar sus sociedades a fin de potenciar un gobierno mundial controlado por la plutocracia) es sin lugar a dudas el multiculturalismo, el cual propugna básicamente que todas las culturas, tradiciones y creencias son iguales e intercambiables.

      En efecto, en las últimas décadas, gozando del blindaje de la inefable corrección política y utilizando la tolerancia como coartada, se han exaltado como el sumun las diferencias culturales que se dan en nuestras indiscutiblemente diversas sociedades contemporáneas. Porque, a ver, nadie con dos dedos de frente va a negar la existencia de dichas diferencias, el gran inconveniente surge cuando en nombre de las mismas se erosionan valores que se supone están en la base de nuestro modelo de convivencia y que precisamente por ello deberían ser innegociables en el sentido que ninguna cultura o religión (y menos las foráneas) puedan ignorarlas en nombre de esa pretendida diversidad.

      Los resultados a la vista están: el multiculturalismo (o su corolario real, la inmigración descontrolada) lejos de lograr la integración en pos de una muy deseable cohesión social e independientemente de los beneficios (si a alguien beneficia de verdad es al insaciable gran capital, que nadie se engañe) generados, lo cierto es que ha terminado fomentando la creación de infinidad de invivibles “Londonistanes” sociales que, para más inri, se aborrecen entre sí, convirtiéndonos de paso al resto en “ciudadanos” cada vez más atomizados y, por ende, infinitamente más manipulables.

      Así, obviando algo tan importante como que cada uno de nosotros construimos nuestra propia identidad en base a las muchas características que nos hacen singulares y a la vez nos sitúan dentro de un grupo amplio en el que reconocemos a otros ciudadanos afines, quienes (por la buena marcha de las cosas) hemos de ser portadores de una voluntad común, leales a un interés general y sentirnos vinculados a una nación (recordemos que las naciones, una realidad producida por el devenir de los siglos, cumplen funciones tan esenciales como proteger y defender a sus comunidades), este absurdo credo laico pretende de buenas a primeras que todos seamos “multiculturales”, o mejor dicho, que nadie sea nacional de ningún Estado, lo cual nos aboca a ser “multinacionales” en ingobernables “multisociedades” con distintas culturas.

      Hablemos claro: cuando estos burdos mixtificadores dicen “multiculturalismo”, lo que a la postre están proclamando es ir “contra la cultura nacional”, sin darse cuenta que lo que une a un país y lo que le diferencia de otros es justamente su cultura en sentido amplio y antropológico, esto es, cómo viven las personas de una comunidad dada, junto con sus mitos y creencias, fruto de la Historia y de su adaptación al medio.

     No se lo tomen, por tanto, en absoluto a broma, pues el triunfo en algún momento de este suicida embeleco no sería simplemente el de una ideología nefasta (que puede combatirse) o el de un régimen cualquiera (que puede derrocarse), supondría irremediablemente la suplantación por submersión de unos pueblos por otros. O sea, un cuasi genocidio por sustitución.

 

RICARDO HERRERAS

 

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