EL SUEÑO DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA PRODUCE MONSTRUOS

24 Feb

190224 Ricardo

Nacida como una de las propuestas estrella de los popes (Derrida, Deleuze, Vattimo) del celebérrimo mayo parisino, la corrección política cobra fuerza – no sin grandes dosis de tolerancia impostada y sobre las fraudulentas bases de la defensa de las minorías frente a las presuntas imposiciones de la mayoría, identificada ésta como blanca, heterosexual y cristiana – en los años posteriores al estrepitoso desplome del bloque socialista en la Guerra Fría.

      Aun resultando al principio chocante y ridícula, para sorpresa de propios y extraños fue erigiéndose como el único criterio válido a la hora de establecer los parámetros morales del presente, al punto de haberse convertido hoy en uno de los credos más opresivos que en la Historia han sido, pues sus gregarios, mediocres y definitivamente atorrantes adláteres (en su mayor parte burócratas colocados a dedo con cargo a unos contribuyentes que, a la vez que exprimen, hacen la vida imposible) por carecer carecen hasta de las restricciones (la estupidez no conoce límites, ya se sabe) con las que en condiciones normales han contado los clérigos de esas religiones instauradas a través de códigos revelados.

      No publicar las nacionalidades de los delincuentes porque ello podría “ser mal interpretado” (sic), cuartos de baño “neutrales” para no ofender a los transgénero (¡!), utilización profusa del lenguaje inclusivo (pues ahora “todos” no son “todos” si faltan “todas”) para contentar a “bienpensantes y “bienpensantas”, listas de disfraces “no recomendables” (tal cual) para lucir en carnaval, obras clásicas donde de forma y manera inverosímil los protagonistas son encarnados por actores negros a fin de lograr una “correcta integración” (¿?)…son algunos de los “logros” de este McCarthysmo pseuducultural pseudoizquierdista que, sin embargo, cuenta con poderosísimos (desde los gigantes tecnológicos de Silicon Valley a la industria de Hollywood pasando por los principales emporios mediáticos, ninguno “comunista” precisamente) patrocinadores.

      Porque, sin duda, lo más curioso de este funesto sistema de creencias que impregna todos los aspectos de la política y la sociedad actuales dictaminando lo que puede ser discutido y lo que no por constituir un tabú es que, obrando en sus inicios como un pretendido instrumento de legitimación para los nostálgicos/epígonos del llamado “socialismo real” como uno de los muchos sucedáneos del mismo, a la larga a quienes ha beneficiado realmente han sido a los adalides de la globalización neoliberal en su objetivo de someter a los pueblos del mundo a sus abusivos y explotadores parámetros.

      Sea como fuere da la impresión que, tras décadas de hegemonía absoluta, y muy al contrario de otras calamidades que asolan nuestro tiempo, los anatemas (“fascista”, “inconstitucional”, “misógino”, “homófobo”, “xenófobo” o “racista”) con los que esta Gestapo del pensamiento condena al ostracismo a los díscolos de sus desquiciados dogmas han ido perdiendo su capacidad intimidatoria. Cada vez son más los ciudadanos de a pie que vuelven sus ojos a aquellos infinitamente más sensatos principios tradicionales con los que vivieron y progresaron antaño sus padres, igual que cada vez son más los intelectuales que la perciben como un solapado totalitarismo que, con la excusa de defender a los débiles y la imposición de una neolengua orwelliana, está socavando pilares fundamentales de eso que todavía llamamos Civilización Occidental.

      Sí, la gente se está hartando (y mucho) de que le obliguen a cogérsela con papel de fumar. Es el primer paso para acabar con semejante engendro. Si bien su derrota final solo llegará expulsando de los presupuestos públicos a los innumerables desaprensivos y sinvergüenzas que, cual redivivos inquisidores, alimentan al monstruo mientras continúan chupando del bote.

 

RICARDO HERRERAS

 

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