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VEGANAZIS

17 Feb

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Tras décadas de acomodamiento continuado que parecen haber alumbrado generaciones enteras de sujetos mentalmente atrofiados, temperamentalmente pusilánimes y emocionalmente sensibleros, la muy irracional y relativista sociedad actual resulta en verdad propicia para que proliferen aberraciones de toda índole y condición.

      Ejemplo de ello es el veganismo, corriente marginal en sus orígenes si bien hoy al alza merced a la tontuna y buenismo generalizados el cual promueve básicamente una alimentación en la que se prescinde de todos los productos (en especial carne) que impliquen la muerte de seres vivos animales.

      Si aquí quedara el asunto, no pasaría nada: a fin de cuentas cada uno hace con su vida lo que mejor le parezca y está claro que tiene que haber de todo (también memos) en este mundo. Ocurre que, haciendo gala del victimismo propio de esas minorías a las que se da el brazo y toman el pie, los desaforados adeptos de esta estrafalaria doctrina suelen adoptar una actitud especialmente agresiva contra aquellos que no siguen sus en el fondo supremacistas (como se sabe, los veganos son individuos superiores al resto pues no sienten ira, envidia o rencor), intolerantes (quienes incluyen la carne en su dieta alimenticia son los “criminales” y “asesinos” culpables de todos los males habidos y por haber, claro), absurdos (si los animales se matan es por imitación de la especie humana dominante, ahí queda eso) y fantasiosos (en un planeta vegano no habría guerras, muertes, dolor ni sufrimiento ya que todas las especies cooperarían entre sí, casi fijo) postulados, desencadenando de paso en ellos mismos no pocos comportamientos que, rayando lo enfermizo, estarían más relacionados con ciertos trastornos de la conducta alimentaria y problemas de socialización que con ética ninguna.

      Aun cuando resulta evidente que los seres humanos somos consumidores naturales de carne (no en vano en la boca tenemos cuatro piezas destinadas precisamente a desgarrarla y nuestro sistema digestivo está perfectamente preparado para digerirla), lo cierto es que el argumento principal de estos papanatas parte de una gigantesca falacia. El hecho de no comer carne no supone en absoluto que no se maten animales. ¿O acaso un simple plato de arroz o un simple pedazo de pan no implican también la eliminación de muchos de ellos, teniendo en cuenta que los cultivos masivos acarrean la mayoría de las veces la desaparición de grandes espacios forestales así como defender las propias cosechas (recurriendo incluso a los venenos) de la presencia misma de especies silvestres? Sino, hagan la prueba: visiten un campo ganadero y otro agrícola de idéntica zona y a continuación comparen la diversidad (registrando la presencia de insectos, aves, anfibios, reptiles, peces, mamíferos) que ven en cada uno de ellos…

      Es decir, aunque los veganos no ocasionen la muerte directa de animales, lo que comen sí implica una serie de procesos en los cultivos en donde aquellos terminan siendo afectados de diferentes maneras. Que no lo vean, no lo sepan o prefieran ignorarlo (igual que los que comemos carne no solemos reparar en cómo se sacrifican corderos de manera industrial en un matadero) es otro tema. Lo único cierto es que la muerte está presente de un modo inevitable en el desarrollo humano. No existe el impacto (ambiental o animal) cero, pues para que nosotros podamos vivir muchas formas de vida deben morir, igual que tampoco hay especie animal que se alimente sin segar la existencia de otros animales, directa o indirectamente.

      Esta afirmación sonará sin duda dura y hasta cruel a tanto atiborrado con películas de Disney, pero es una de las verdades más obvias que encierra la inexorable ley de la naturaleza. Ciertamente, a mí también me gustaría vivir en el mejor de los mundos posibles, pero la realidad es muy otra. ¡Asco de vida carnívora!

                                                                                  RICARDO HERRERAS

 

Leyes de corrupción y la lucha por la ejemplaridad pública

17 Feb

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de  https://DELAJUSTICIA.COM/2019/02/16/leyes-de-corrupcion-y-la-lucha-por-la-ejemplaridad-publica/

Con el resultado de las inminentes elecciones se producirá el reenganche así como la renovación de los políticos a los mandos de los gobiernos estatal y autonómicos. Se pondrá a prueba no solo su capacidad de liderar y dirigir la cosa pública sino también su honradez ante los ciudadanos porque no olvidemos como nos recuerda una conocida película que “La corrupción nunca duerme”.

En ese escenario, acaba de publicarse un libro de ensayo ameno, sencillo y esperanzador, titulado Leyes de la Corrupción y Ejemplaridad Pública (Ed.Amarante, 2019) obra del erudito académico y doctor José Antonio Fernández Asenjo, prologada por Ricardo Rivero Ortega, Rector de la Universidad de Salamanca y Catedrático de Derecho administrativo.

La obra acomete una visión del fenómeno de la corrupción pública bajo la única perspectiva que creo podrá ser acorralada, la de los valores y la conciencia de las personas. Un paseo magnífico por una realidad incómoda. Veamos

El autor,  que actúa como un atento guía por el museo de la corrupción pública, tras indicarnos su origen y efectos, nos muestra los valores que deben cultivarse: la cultura de limpiezaen la administración persiguiendo el buen hacer y buena imagen institucional; la lealtad institucional entre administraciones para evitar que los desaprensivos aprovechen los flancos abiertos; la austeridad o gasto dentro las posibilidades reales; y recuperar la ética institucional en lugar de la ciega parcelación de cometidos técnicos entre los múltiples órganos de control (Tribunal de Cuentas, Defensor del Pueblo, Abogacía del Estado, Inspección de Hacienda, Consejo de Estado…).

También se ocupa de los modelos de la buena y mala autoridad, del buen y mal funcionario, sin perder el optimismo y sin dejar de rendir tributo al funcionario discreto y servicial en un contexto que no ayuda a serlo.

El texto está anclado en casos reales, desde los remotos (Filesa, Fondos, Roldán,etc) hasta los recientes (Palau,Gürtel, ERE,etc). Tampoco faltan las anécdotas, por ejemplo, la queja de Miguel de Unamuno de haberse visto postergado para una plaza pese a su apabullante curriculum,derrotado por la mera fe de bautismo de su competidor.

Y como no, infinidad de oportunísimas citas; por ejemplo, la aguda percepción del historiador Polibio: “no hay testigo tan terrible ni acusador tan potente como la conciencia que mora en el seno de cada hombre”, o la lúcida de Barak Obama, “en democracia, el cargo mas importante es el de ciudadano”)

La moraleja, que deberíamos interiorizar todos, y particularmente los políticos, es que las bombas de racimo con leyes, coacciones y castigos que se anuncian como males del infierno para los infractores poseen poca fuerza disuasoria para los profesionales de la corrupción, debiendo actuarse mejor sobre la conciencia de las personas que sobre su libertad o bienes; mejor incidir en su mentalidad y educación para promover la ejemplaridad natural. Cita el autor el caso de Finlandia donde no se ha acudido a la hiperregulación legislativa y cuyas normas antifraude no han sido reformadas en casi un siglo, pero se ha puesto el acento en la profesionalización de la burocracia, en el consenso político y una administración abierta y participativa.

En esta línea me viene a la mente el diagnóstico del sociólogo francés Michel Crozier y expresado lúcidamente en el título de su obra “No se cambia la sociedad por decreto” (1984).

Una gran obra, como es de esperar en quien obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado con su monumental tesis “Aspectos jurídicos y económicos de la corrupción” además de Premio del Tribunal de Cuentas Europeo para la investigación en auditoría del Sector Público 2010.

Ahora nos ofrece esta versión ligera, bajo la perspectiva ética del fenómeno de la corrupción, con edición de calidad y formato cuidado, que consigue que el lector lleve una lectura pausada y esperanzadora.

En suma, un ameno, razonado y riguroso alegato para combatir la corrupción desde la defensa de valores en toda la extensión, con ideas finales o retos, en torno a recomendar que los gobiernos recuperen la costumbre de decir la verdad, que el legislativo aplique la tolerancia cero contra la huida del Derecho administrativo, que administraciones y funcionarios luchen por la dignidad de su alta función, y que la sociedad civil salude con orgullo las buenas prácticas, la buen administración y la transparencia. Una buena lectura con buenas ideas en tiempos no tan buenos.

Por mi parte, aprovecho para comentar que tuve oportunidad de hablar el pasado jueves en la Universidad de Salamanca sobre Corrupción y Transparencia, tema que siempre me preocupa del que me ocupé en anterior post, en el III Congreso Internacional para combatir la corrupción y por el control público, donde aproveché para ofrecer mi visión de las luces y sombras del fenómeno y donde concluía con la licencia humorística de esta viñeta:

4 COMMENTS ON “LEYES DE CORRUPCIÓN Y LA LUCHA POR LA EJEMPLARIDAD PÚBLICA”

  1. Francisco Cacharro

    Interesante reseña, habrá que leer ese ensayo. Aunque, de entrada, mi opinión es que la educación, la apelación a la conciencia y los códigos éticos no sirven de gran cosa: no dudo de que la mayoría de ciudadanos, políticos y funcionarios que no se corrompen obedezcan a su conciencia, pero siempre habrá una minoría (con frecuencia inmensa, y en todo caso más que suficiente) refractaria a esos valores y con la conciencia lo bastante elástica como para corromperse a la menor oportunidad.
    Por otra parte, tampoco creo que el Código Penal sea la solución: sospecho que esa norma sólo la cumplen, mayormente, los que no necesitarían de su existencia. El ser humano tiene una enorme capacidad para asumir riesgos (en gran medida, fruto de nuestra capacidad de autoengaño), y el corrupto asume el riesgo penal sin vacilar, por duras que sean las sanciones. Ni que decir tiene, hay que sancionar ciertas conductas. Pero no creo que ello evite que tales conductas se produzcan.
    La solución, en mi opinión, está más en el Derecho dministrativo que en ninguna otra parte. Tenemos un sistema que, en gran medida, es una coladera para las malas prácticas: leyes infestadas de conceptos jurídicos indeterminados, que reconocen al poder político la capacidad discrecional de tomar decisiones de enorme impacto económico (váse el urbanismo y la legislación medioambiental), irregularidades varias que se consienten sin consecuencias jurídicas reales (véas el silencio administrativo) procedimientos mal diseñados que no garantizan nada, y, en el caso de la Administración local, una politización absurda de decisiones burocráticas… Creo que un diseño más riguroso de los procedimientos, una reducción drástica de la discrecionalidad admiistrativa y de la indeterminación de ciertos conceptos jurídicos y una reducción igualmente drástica del poder de inmisión de las administraciones en las actividades económicas harían más contra la corrupción que los códigos éticos y penales…
    Pero, ya digo: habrá que leer el ensayo del profesor Fernández Asenjo para opinar con mayor fundamento.

    • Fernando

      Usted dice: “…una reducción drástica del poder de ‘inmisión (¿intromisión?) de las administraciones en las actividades económicas harían más contra la corrupción que los códigos éticos y penales…”.
      No sé si se refiere concretamente a la Administración de Justicia u a otras excluyendo a ésta. En todo caso si no hubiese un control de las actividades económicas y de las empresas, sociedades, etcétera por aquélla y otras instituciones, organismos y entidades públicas me temo que esto sería ‘Sodoma y Gomorra’. El poder económico, en la sombra o a la luz, y sus grupos de presión o ‘lobbies’ poderosos harían y desharían a su total antojo.
      El problema de la corrupción tiene un origen sociocultural con unas raíces profundas que en ciertas Civilizaciones y Culturas se remontan a muchos siglos o incluso a su origen. Entonces acabar con ella es extremadamente difícil especialmente cuando quienes las perpetran no reciben su castigo, yéndose de rositas, lo reciben de forma ocasional y aleatoria o bien reciben una sanción muy mermada o de escaso peso disuasorio. Esto consigue que el corrupto reincida con frecuencia confiando en salir nuevamente impune y airoso, y por ello servirá de ejemplo para otros y/o conseguirá que se le unan otros pues no haber recibido castigo o haberlo recibido en una cantidad asimilable o simplemente haciendo creer que recibirlo es cuestión de suerte, mala, es todo ello una invitación a la corrupción y a corromper a otros.
      Así esforzarse en educar en valores es primordial pero debe acompañarse de instituciones con medios humanos, materiales y recursos suficientes con los que puedan luchar contra la corrupción y los corruptos de manera eficiente, eficaz impidiendo cualquier ‘vía de escape’ e imponiendo, siguiendo la ley, sanciones o penas proporcionales y proporcionadas pero suficientemente disuasorias.
      Por último, los controles y quienes están facultados para llevarlos a cabo también a su vez deben ser vigilados o supervisados y eventualmente sancionados, de modo que el ‘circulo’ de control y lucha contra la corrupción se cierre.

  2. elSumario, Andreu Roselló

    Por si no lo hubiera visto le citan a usted Sr. Chavez en el Confidencial. Se trata de un artículo “quien pierde paga, cada vez menos gente litiga contra la administración”.
    Para quien lo quiera leer:
    https://www.elconfidencial.com/espana/2019-02-16/costas-judiciales-contencioso-administrativo_1828498/