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EL DIKTAT FEMINISTA

9 Feb

      190209_meme_otros_igualdad_para_todos          

Hubo un tiempo en que el feminismo supuso una justa y necesaria reivindicación de las mujeres en cuanto a equiparación con el varón en derechos ciudadanos, si bien desde hace décadas su objetivo prioritario pasa por desencadenar una sui generis lucha de clases en versión de géneros (con uno opresor, el masculino, al que se culpa incluso del rol biológico por excelencia de la mujer, la maternidad, y otro presunta y secularmente oprimido, el femenino of course) biológicamente diferentes (se pongan como se pongan sus histéricos voceros, lo somos, como demuestra nuestra distinta conformación cerebral, capacidades físicas, etc.) cuyo resultado final (como el de todos los dolorosos “partos” marxistizantes que en la Historia han sido) sería el de alumbrar una utópica sociedad “perfecta” (por igualitarista) aún siendo contraria a todas las leyes de la naturaleza.

Un feminismo sectario, maniqueo, dogmático y excluyente que, en absoluto representativo de la mayoría femenina y ajeno al análisis ecuánime del contexto socioeconómico, la psicología humana e incluso el significado de la propia vida, ha envenenado el debate cultural del presente al centrarse en los postulados de la abominable ideología de género, lo que se traduce en una agresiva retórica donde, con tal de criminalizar al hombre y con la inestimable ayuda de la férrea censura de la corrección política, todo vale: desde falsear datos a manipular estadísticas, pasando por adoctrinar en las escuelas, proponer descabellados experimentos lingüísticos inclusivos o instaurar una lucrativa “industria” del maltrato para que las muy elitistas “adalidas” (las mujeres efectivamente oprimidas no están para “revoluciones”, bastante tienen con ir tirando) de los derechos de las maltratadas (a las que sospecho en el fondo les importan bien poco) consigan prebendas sin cuento.

       Porque lo verdaderamente grave aquí es que lo que bien podía haber sido otra estúpida tendencia social viene avalado a nivel oficial por gobiernos, leyes e incontables fondos estatales. Así, poco a poco, con la aquiescencia de numerosos representantes públicos y la dejadez de otros, este feminismo ultramontano (cómplice para más inri del neoliberalismo salvaje en su plan de pulverizar los últimos vestigios de tradición) ha ido endureciendo su postura y exigiendo legislaciones crecientemente inaceptables para la ciudadanía que, lejos de haber logrado disminuir las muertes de mujeres en los diferentes sucesos acaecidos de violencia doméstica, encima han propiciado el aumento de los suicidios en varones víctimas de frecuentes marrullerías legales en procesos de divorcio.

       Es el caso, en España, de la bochornosa Ley Integral contra la Violencia de Género la cual lo único que persigue es alterar los valores sociales en función de un sesgado planteamiento ideológico que presenta al varón como un maltratador en potencia y a la fémina como una víctima siempre (algo que la realidad, no la propaganda mediática, desmiente a diario) y cuya praxis está generando la vulneración de derechos fundamentales como la presunción de inocencia: ¿desde cuándo una hipotética injusticia se soluciona generando otra?

     Nadie discute, quede claro, que hombres y mujeres debamos ser iguales en dignidad y derechos. Otra cosa es que aquellos que reconocemos la dualidad natural hombre/mujer como una relación de igual con diferencia de dones y virtudes y no como una relación de superioridad-inferioridad tengamos que soportar día tras día que la actual demagogia feminista se nos imponga poco menos que por decreto ley.

      Argumentos desde luego hay de sobra para que este otrora digno movimiento rectifique la deriva totalitaria y antiantropológica en que se ha instalado, pero lo dudo, porque hace tiempo que el feminismo no defiende a las mujeres; solo defiende los sueldos y privilegios de los muchos paniaguados que, instrumentalizándolo, irresponsablemente nos esquilman y nos enfrentan.

 

 

 

RICARDO HERRERAS

 

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