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¿INFLUENCERS O ENGAÑABOBOS?

3 Feb

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¿INFLUENCERS O ENGAÑABOBOS?

A poco que ejercitemos las escasas neuronas críticas que conservamos para analizar el mundo que nos rodea, pronto llegaríamos a la conclusión de que en estos tiempos mediocres, volátiles y decadentes hay numerosas cosas que chirrían, por no decir que directamente se nos están yendo de las manos.

 

        Sin ir más lejos, cuando observamos cómo hoy día (casi) todo quisque mira como embelesado a esos ubicuos influencers (anglicismo que, al igual que la mayoría, quiere decir exactamente lo mismo que en castellano, si bien traducido a un idioma de supuesto “prestigio” con el objetivo de vender las motos de siempre al triple de caro, fórmula que continúa funcionando porque, con internet o sin internet, con teléfono móvil o sin teléfono móvil, en español o en inglés, seguimos siendo igual de incautos) que pululan por las redes sociales poco menos que pontificando acerca de materias tan diversas como moda, dietética, yoga, viajes, entrenamiento personal, etc., etc.

        Naturalmente estos sujetos (que diríase poseyeran la fórmula mágica para ser felices como lombrices y cuyos servicios, además, se rifan no pocas marcas de moda a fin de asociar su imagen a ellos) lo de la veracidad, el rigor o el separar opinión de información son aspectos que acostumbran a pasárselos por el forro de la entrepierna: aquí lo importante es la cantidad de gente que, retwitteando sus ocurrencias, les siga en el Facebook o en el Instagram, no el conocimiento ni mucho menos el criterio (con igual convencimiento te arreglan tu vida matrimonial que te explican los múltiples beneficios de salir a correr de madrugada con ropa hortera) que tengan a la hora de abordar un tema.

 

        Y es que, allí donde antes se alzaban los intelectuales, en líneas generales socialmente respetados por su seriedad, coherencia, compromiso y capacidad para hacernos reflexionar e incluso dudar en el buen sentido del término, ahora se elevan estos mindundis, los cuales no son sino una copia estúpida y banal de aquellos porque, guste a quien guste y pese a quien pese, no todas las opiniones valen igual. ¿O acaso no resulta absurdo que, llegado el caso y sobre determinados asuntos, pesen más las opiniones de una celebritie o de un youtuber que las emitidas por un pensador, un científico o un técnico que se han dedicado a estudiarlas con rigor y en profundidad durante años? Dese luego es ridículo, pero en esas estamos. 

        En cierto modo, ya los antiguos griegos se encontraron hace siglos con este dilema, sin duda connatural al muy deteriorado sistema “democrático” vigente en nuestros países occidentales, pues la tan cacareada igualdad política y/o jurídica bajo ningún concepto puede implicar que sobre un tema concreto y como si de por ciencia infusa se tratase todos pretendamos ser expertos, ni que la opinión de todo el mundo tenga el mismo valor cualitativo acerca de ciertas cuestiones de gran calado.

        Vayamos pues a lo verdaderamente sustancial, a lo mollar: a la muy necesaria educación crítica de las personas en todos y cada uno de los ámbitos de su vida para de esta forma puedan decidir de la mejor manera posible cuando inevitablemente éstas se vean sometidas a los dilemas sociales, políticos, morales, etc., con los que se encontrarán en algún momento de su existencia.

        De lo contrario, si ello no es así, ocurrirá lo que por desgracia está ocurriendo en la actualidad, que dichas personas sin criterio propio acaben convirtiéndose en seguidores zombificados de toda esa constelación de indocumentados, advenedizos, famosillos, diletantes y caraduras de turno que les dicen, por todo el morro, lo que han de pensar, hacer, comprar, comer, vestir…

 

RICARDO HERRERAS