Archivo | febrero, 2019

EL DIKTAT FEMINISTA

9 Feb

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Hubo un tiempo en que el feminismo supuso una justa y necesaria reivindicación de las mujeres en cuanto a equiparación con el varón en derechos ciudadanos, si bien desde hace décadas su objetivo prioritario pasa por desencadenar una sui generis lucha de clases en versión de géneros (con uno opresor, el masculino, al que se culpa incluso del rol biológico por excelencia de la mujer, la maternidad, y otro presunta y secularmente oprimido, el femenino of course) biológicamente diferentes (se pongan como se pongan sus histéricos voceros, lo somos, como demuestra nuestra distinta conformación cerebral, capacidades físicas, etc.) cuyo resultado final (como el de todos los dolorosos “partos” marxistizantes que en la Historia han sido) sería el de alumbrar una utópica sociedad “perfecta” (por igualitarista) aún siendo contraria a todas las leyes de la naturaleza.

Un feminismo sectario, maniqueo, dogmático y excluyente que, en absoluto representativo de la mayoría femenina y ajeno al análisis ecuánime del contexto socioeconómico, la psicología humana e incluso el significado de la propia vida, ha envenenado el debate cultural del presente al centrarse en los postulados de la abominable ideología de género, lo que se traduce en una agresiva retórica donde, con tal de criminalizar al hombre y con la inestimable ayuda de la férrea censura de la corrección política, todo vale: desde falsear datos a manipular estadísticas, pasando por adoctrinar en las escuelas, proponer descabellados experimentos lingüísticos inclusivos o instaurar una lucrativa “industria” del maltrato para que las muy elitistas “adalidas” (las mujeres efectivamente oprimidas no están para “revoluciones”, bastante tienen con ir tirando) de los derechos de las maltratadas (a las que sospecho en el fondo les importan bien poco) consigan prebendas sin cuento.

       Porque lo verdaderamente grave aquí es que lo que bien podía haber sido otra estúpida tendencia social viene avalado a nivel oficial por gobiernos, leyes e incontables fondos estatales. Así, poco a poco, con la aquiescencia de numerosos representantes públicos y la dejadez de otros, este feminismo ultramontano (cómplice para más inri del neoliberalismo salvaje en su plan de pulverizar los últimos vestigios de tradición) ha ido endureciendo su postura y exigiendo legislaciones crecientemente inaceptables para la ciudadanía que, lejos de haber logrado disminuir las muertes de mujeres en los diferentes sucesos acaecidos de violencia doméstica, encima han propiciado el aumento de los suicidios en varones víctimas de frecuentes marrullerías legales en procesos de divorcio.

       Es el caso, en España, de la bochornosa Ley Integral contra la Violencia de Género la cual lo único que persigue es alterar los valores sociales en función de un sesgado planteamiento ideológico que presenta al varón como un maltratador en potencia y a la fémina como una víctima siempre (algo que la realidad, no la propaganda mediática, desmiente a diario) y cuya praxis está generando la vulneración de derechos fundamentales como la presunción de inocencia: ¿desde cuándo una hipotética injusticia se soluciona generando otra?

     Nadie discute, quede claro, que hombres y mujeres debamos ser iguales en dignidad y derechos. Otra cosa es que aquellos que reconocemos la dualidad natural hombre/mujer como una relación de igual con diferencia de dones y virtudes y no como una relación de superioridad-inferioridad tengamos que soportar día tras día que la actual demagogia feminista se nos imponga poco menos que por decreto ley.

      Argumentos desde luego hay de sobra para que este otrora digno movimiento rectifique la deriva totalitaria y antiantropológica en que se ha instalado, pero lo dudo, porque hace tiempo que el feminismo no defiende a las mujeres; solo defiende los sueldos y privilegios de los muchos paniaguados que, instrumentalizándolo, irresponsablemente nos esquilman y nos enfrentan.

 

 

 

RICARDO HERRERAS

 

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¿INFLUENCERS O ENGAÑABOBOS?

3 Feb

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¿INFLUENCERS O ENGAÑABOBOS?

A poco que ejercitemos las escasas neuronas críticas que conservamos para analizar el mundo que nos rodea, pronto llegaríamos a la conclusión de que en estos tiempos mediocres, volátiles y decadentes hay numerosas cosas que chirrían, por no decir que directamente se nos están yendo de las manos.

 

        Sin ir más lejos, cuando observamos cómo hoy día (casi) todo quisque mira como embelesado a esos ubicuos influencers (anglicismo que, al igual que la mayoría, quiere decir exactamente lo mismo que en castellano, si bien traducido a un idioma de supuesto “prestigio” con el objetivo de vender las motos de siempre al triple de caro, fórmula que continúa funcionando porque, con internet o sin internet, con teléfono móvil o sin teléfono móvil, en español o en inglés, seguimos siendo igual de incautos) que pululan por las redes sociales poco menos que pontificando acerca de materias tan diversas como moda, dietética, yoga, viajes, entrenamiento personal, etc., etc.

        Naturalmente estos sujetos (que diríase poseyeran la fórmula mágica para ser felices como lombrices y cuyos servicios, además, se rifan no pocas marcas de moda a fin de asociar su imagen a ellos) lo de la veracidad, el rigor o el separar opinión de información son aspectos que acostumbran a pasárselos por el forro de la entrepierna: aquí lo importante es la cantidad de gente que, retwitteando sus ocurrencias, les siga en el Facebook o en el Instagram, no el conocimiento ni mucho menos el criterio (con igual convencimiento te arreglan tu vida matrimonial que te explican los múltiples beneficios de salir a correr de madrugada con ropa hortera) que tengan a la hora de abordar un tema.

 

        Y es que, allí donde antes se alzaban los intelectuales, en líneas generales socialmente respetados por su seriedad, coherencia, compromiso y capacidad para hacernos reflexionar e incluso dudar en el buen sentido del término, ahora se elevan estos mindundis, los cuales no son sino una copia estúpida y banal de aquellos porque, guste a quien guste y pese a quien pese, no todas las opiniones valen igual. ¿O acaso no resulta absurdo que, llegado el caso y sobre determinados asuntos, pesen más las opiniones de una celebritie o de un youtuber que las emitidas por un pensador, un científico o un técnico que se han dedicado a estudiarlas con rigor y en profundidad durante años? Dese luego es ridículo, pero en esas estamos. 

        En cierto modo, ya los antiguos griegos se encontraron hace siglos con este dilema, sin duda connatural al muy deteriorado sistema “democrático” vigente en nuestros países occidentales, pues la tan cacareada igualdad política y/o jurídica bajo ningún concepto puede implicar que sobre un tema concreto y como si de por ciencia infusa se tratase todos pretendamos ser expertos, ni que la opinión de todo el mundo tenga el mismo valor cualitativo acerca de ciertas cuestiones de gran calado.

        Vayamos pues a lo verdaderamente sustancial, a lo mollar: a la muy necesaria educación crítica de las personas en todos y cada uno de los ámbitos de su vida para de esta forma puedan decidir de la mejor manera posible cuando inevitablemente éstas se vean sometidas a los dilemas sociales, políticos, morales, etc., con los que se encontrarán en algún momento de su existencia.

        De lo contrario, si ello no es así, ocurrirá lo que por desgracia está ocurriendo en la actualidad, que dichas personas sin criterio propio acaben convirtiéndose en seguidores zombificados de toda esa constelación de indocumentados, advenedizos, famosillos, diletantes y caraduras de turno que les dicen, por todo el morro, lo que han de pensar, hacer, comprar, comer, vestir…

 

RICARDO HERRERAS