ENVIDIA COCHINA

18 Nov

            Chiste del niño envidioso

Definida como ese “sentimiento de tristeza o irritación causado indirectamente por quienes poseen algo que otros no tienen o desearían”, la envidia (“deporte” al que los celtíberos nos aplicamos con esmero) es sin duda el más inconfesable y hasta vergonzoso (al centrarse en el envidiado, ésta se lleva por dentro, en la intimidad subjetiva del envidioso de turno, pues su reconocimiento público supondría per se una auténtica declaración de inferioridad por parte de éste) de cuantos pecados existen.

     Pero dicho defecto capital no solo consiste en desear lo que es del prójimo, cosa hasta cierto punto entendible cuando uno posee poco y aquél mucho. Lo que mejor le caracteriza es el deseo enfermizo de que los demás no atesoren lo que tienen, dicho con otras palabras, de que no sea verdad que lo disfrutan.

     En esencia, es la rabia vengadora y nociva de los que prefieren volcar sus fuerzas en eliminar la competencia antes que en luchar por sus objetivos o metas, actuando como una especie de “defensa” sui generis  frente a la percepción de la propia inferioridad ante los otros, atacándolos para no tener que hacerlo contra las limitaciones que radican en uno mismo, ya que lo que corroe por dentro a los envidiosos es la imagen dichosa de los envidiados disfrutando de bienes materiales (dinero) o dones personales (belleza, éxito, amor, carisma, felicidad, etc., etc.) que aquéllos igualmente anhelan pero no pueden o no saben lograr.

     El envidioso es, por tanto, un inmaduro obsesionado con compararse con los demás, un ansioso que vive en perpetua competencia contra quienes considera puedan hacerle sombra, un insatisfecho crónico ofuscado con aparentar lo que no es que, en vez de aceptar sus carencias o esforzarse por materializar sus anhelos, intenta apropiarse de los logros ajenos, regocijándose de las desdichas del prójimo, odiando y destruyendo a aquellos que, como en un espejo, le recuerdan sus privaciones.

     La envidia – expresada en las formas más variopintas (desde murmuraciones, injurias y desdenes hasta represiones, burlas y rivalidades), ingrediente principal de tantos trastornos psicológicos (complejos, ansiedades, depresiones) y conflictos (personales, familiares) y cuya única cura consiste en saber madurar (las personas emocionalmente adultas y maduras no envidian a nadie: la vida es demasiado corta para perder el tiempo pensando en lo que los demás tienen y no dando valor a lo que uno tiene y consigue) a la par que afrontar las propias carencias – deja sentir también su nefasta influencia en no pocos aspectos en el ámbito sociopolítico.

     Así, la envidia territorial alimentaría los separatismos. La envidia profesional fomentaría la competitividad. La envidia entre ricos y poderosos azuzaría sus constantes luchas y ambiciones. La envidia económica animaría el consumismo, etc., etc.

     ¡Y cuántos no se refugian en argumentos de justicia o conciencia social (muy respetables y necesarios, que conste) para ocultar su resentimiento y codicia hacia quienes prosperan y sus posesiones!

     En ese sentido, conviene tener mucho cuidado con los envidiosos de toda índole y condición, especialmente aquellos que, aspirando en mayor o menor medida al poder, han sucumbido de manera previa a la pasión oculta de envidiar pues es casi seguro que, al haber perdido ya su libertad interior y en ausencia de buen juicio, se verán inexorablemente impulsados a actuar contra la libertad de los demás en el orden social.

     Porque, ¿acaso hay algo que podría satisfacer más a la envidia que la destrucción total de los bienes y/o dones envidiados? ¿Y qué mejor herramienta sino la arbitrariedad totalitaria otorgaría eso a tantos millones de fracasados, frustrados, amargados, rencorosos y mediocres en un momento determinado?

      RICARDO HERRERAS

 

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