LA VICTORIA DE LOS NIÑATOS

10 Jun

 180610 victoria de los niñatos    

A medio siglo vista, la efeméride del pasado mayo se antoja algo así como una kermesse más o menos violenta de unos revoltosos hijos de papá que despreciaban los valores de la generación anterior, la cual había vivido los grandes dramas de la primera mitad del siglo XX y que, desde la postguerra, había propiciado con su esfuerzo y sacrificio el crecimiento económico, la paz social y el estado del bienestar en el Occidente europeo.

            El caso es que dichos mozalbetes, alojados a cuerpo de rey en Nanterre/París X – la novísima ciudad universitaria creada por la Quinta República en la que éstos tenían a su disposición unas espectaculares instalaciones deportivas, aulas modernas y grandes bibliotecas – se sentían “oprimidos” (¡?) porque sus responsables no les permitían el acceso a las residencias femeninas para practicar la coyunda libre… ¡y entonces se armó el Belén en la rue!

      Pero tras las algaradas callejeras y las citas del Libro Rojo (sí, a fines de los 60´ la izquierda amarilleaba) la imaginación no llegó precisamente al poder, como reclamó Sartre, ni tampoco las guerras dejaron paso al amor, como se leía en las pancartas más populares de los estudiantes, ni mucho menos se colectivizaron las fábricas, como exigían los nuevos soviets barbilampiños. A decir verdad, ninguna relación de poder fue subvertida en la tormenta en el vaso de agua (hablar de revolución me parece harto exagerado) que se desató en aquella agitada primavera.

      Si bien ni la economía ni la política interesaban realmente a unos bullangueros soixanthuitards que lo único que querían era “cambiar la vida”. Y ésta sin duda cambió, pues sus “valores” liberacionistas se convirtieron de facto en el nuevo código moral de nuestra líquida y caótica sociedad del presente, bien a través de la legislación (en la que se ha ido introduciendo desde el divorcio, el aborto y el acceso a los anticonceptivos hasta el cambio de sexo o el matrimonio homosexual) bien a través de la progresiva secularización de las costumbres (sexo prematrimonial).

      En ese sentido, el auténtico legado y verdadero éxito de los niñatos de la Sorbona ha sido la progresiva “deconstrucción” de una serie de instituciones (familia, autoridad, pueblo, nación) en aras de un nihilismo ácrata preñado de relativismo (culto a los deseos del yo frente a cualesquiera normas morales) e individualismo feroz (exaltación de la autonomía personal absoluta y el placer) que, bajo un engañoso lenguaje revolucionario, ha actuado como inequívoco tonto útil del capitalismo (recordemos que fue poco después de los disturbios parisinos cuando éste empezó a mutar de un sistema basado en la producción, la industria y el ahorro al que ahora padecemos fundado en el consumo desaforado, el auge del sector servicios y la especulación financiera) más salvaje dando lugar al desquiciado ultraliberalismo anarcoide-hedonista que se vive hoy día.

      O sea, que los que eran ruidosos antisistema en 1968 se convirtieron paulatinamente en los grandes popes (culturales sobre todo, pero también políticos) del establishment realizando una impagable labor de zapa (ligándose al postmodernismo, al multiculturalismo o a las teorías de género a la vez que ejercían de ulemas de la corrección política) allanando el camino para que los postulados de aquél se impusiesen sin apenas dificultad.

      Y si no, que se lo digan al famoso Cohn-Bendit, ése que se rio en la cara de la policía de De Gaulle (que no en la de su por esa época admirado Mao) y luego no ha dejado de pisar moqueta oficial en los últimos cuarenta años, “casualmente” los mismos en los que en los países de nuestro entorno las condiciones de la clase trabajadora se han deteriorado hasta límites intolerables y las desigualdades sociales han alcanzado índices ignominiosos mientras se repartían por doquier “derechos de bragueta” (de Prada dixit).

 

RICARDO HERRERAS

 

 

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