MAMPORREROS SIN FRONTERAS

27 May

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Corría el año 2004 cuando en los cerca de doscientos medios de comunicación (entre periódicos, cadenas de radio y televisión: se dice pronto) controladas por el entonces todopoderoso magnate Rupert Murdoch no hubo ni uno solo de sus miles de “profesionales” en plantilla que osara criticar la desastrosa guerra auspiciada por los “tres de las Azores”. Un ejemplo escandaloso y reciente en el tiempo acerca de una de las muchas falacias de la que tanto presumen los muy paniaguados corifeos de nuestros deteriorados modelos liberal parlamentarios, la tan traída y llevada libertad de prensa.

      Al respecto, resulta harto evidente que desde que se implantaron las nefastas Escuelas de Periodismo, con sus libros de estilo inspirados en la hipócrita corrección política y sus clónicas hornadas de asépticos alumnos – nada que ver desde luego con los cronistas de raza y recios reporteros que antaño aprendían el oficio pateándose las calles y sin necesidad de pasar por ninguna universidad – con la misma iniciativa que un gorrino en agosto y desde que la “espectacularización” informativa (ahora la noticia es que “el hombre muerda al perro” y no al revés) se ha convertido en un paradigma asumido especialmente en el ecosistema catódico, todo ha ido de mal en peor en esta vieja y controvertida profesión.

      Sí, es cierto, pocos trabajos hoy día tan precarizados como éste, con sus miles de becarios en prácticas, contratos basura, horarios extenuantes pagados a sueldo de miseria y unas condiciones que en líneas generales penalizan cualquier atisbo de carácter, personalidad, espíritu crítico o criterio propio frente a la línea editorial oficial. Como también es obvio que eso de investigar para llegar a la verdad resulta duro, ingrato y hasta peligroso, pues el camino que conduce a aquélla aparece preñado de trabas y finaliza normalmente envuelto en desencanto. Por supuesto, resulta mucho más cómodo a la par que sencillo hacerle la rosca al director, escribir artículos al dictado de los redactores jefes, ser un instrumento (consciente o inconscientemente) de la propaganda de turno y pasarse el día sentados en el sillón pegados al ordenador de la redacción transcribiendo los teletipos que van llegando sin contrastar prácticamente nada.

      No obstante quiero pensar que, en medio de las lógicas preocupaciones por llegar a fin de mes, pagar el alquiler, comprase algún que otro trapito o planificar con el dinero sobrante escapadas low coast para presumir de fatuo cosmopolitismo ante los compis de la oficina, la “cosa” esa que llaman conciencia tenga que asomar en un momento determinado en las insulsas vidas de quienes habrían de desempeñar ese papel tan necesario para la sociedad civil como incómodo para el poder establecido – sea el que sea – que es el de informar y, cuando toque, analizar e incluso criticar, por qué no. Y no estoy hablando exactamente de objetividad, cuestión compleja y espinosa donde las haya, sino de honestidad profesional así como de respeto por la inteligencia de la gente.

      El poco edificante “periodismo de bufanda” (y a este paso, de camiseta, kleenex y tacón de aguja) al que últimamente asistimos en las tertulias deportivas y/o políticas y el menos aún de famoseo (sobrepasando el petardeo) en el de la farándula son dos buenos ejemplos (habría otros) del degradado corolario de un proceso que se lleva cociendo durante años en las cocinas de unos mass media que han hecho de “la audiencia justifica los medios” su lema inequívoco y de encadenarse a emporios financieros su fin irrenunciable.

      Siempre nos habían dicho que el verdadero periodismo debía ser todo menos militante y fanático a excepción de un solo aspecto: de la verdad, aunque ésta doliera. Pero como en la actualidad dicha premisa se antoja poco menos que una quimera, lo mejor es que cuando escuchemos o leamos al gacetillero de turno, nos curemos en salud preguntándonos: “¿y a éste quién le paga?”.

 

 

 

RICARDO HERRERAS

 

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