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APOCALIPSIS SELFIE

6 May

    180505 apocalipsis                                             

El selfie (neologismo que define a una autofoto realizada por uno mismo con un dispositivo digital y normalmente para ser compartida en las redes sociales) es otra de las plagas que nos ha traído esa especie de tiranía existencial contemporánea que nos obliga a ir con el celular (cacharrito que, menos sacarte el cerumen de las orejas y rascarte los perendengues, parece que hace cualquier cosa) a todas partes, dejar al contertulio de turno con la palabra en la boca a fin de mirar el whatsapp cada minuto, llamar al primero que se nos ocurra en cuanto estamos un ratito sin saber qué hacer y sufrir un incurable síndrome de abstinencia si por casualidad lo olvidamos en casa o no nos funciona.

            Es claro que el concepto en sí es tan antiguo como las cámaras fotográficas y que, en cierto modo, se emparenta con el autorretrato, muy presente a lo largo de la Historia del Arte. Pero si la fotografía tradicional tenía un inequívoco afán de perdurabilidad y, por poner un ejemplo, Rembrandt o Van Gogh fueron grandes maestros a la hora de pintarse a sí mismos sin perder nunca ese sano espíritu autocrítico que caracteriza a todo artista que se precie, ahora el omnipresente smartphone (si dices “teléfono móvil” te pueden llamar anticuado) nos está empujando en la trivial tarea (¿o habría que decir “tara”?) de auto-documentar de manera compulsiva hasta el más insignificante instante vital para gritarle al mundo (convertido éste ya en mero decorado de nuestros impúdicos chutes de narcisismo) que “Yo estuve ahí”, bien sea marcando músculo con unas mancuernas en un vulgar gimnasio o bien poniendo a la cámara morritos y sonrisa Profidén en medio de un bodorrio.

        Así las cosas, hoy día no eres nadie sino te haces un selfie mientras te emborrachas en una despedida de soltero o te bañas en pelotas en una fuente pública cuando tu equipo ha conquistado la Liga. El acto es lo de menos. Lo único importante es que se sepa que estuviste allí, enseñárselo al universo entero y de paso sacar pecho con el objetivo último de suscitar esa pelusilla que tan bien sienta a los que la provocan de forma constante.

            Ocurre que, en una época dominada por la imagen donde además fantaseamos a todas horas con la idea de tener miles de seguidores ávidos de levantarnos el pulgar cada vez que llenamos la red de poses absurdas y gestos ridículos que confunden espontaneidad con extravagancia, el selfie, lejos de potenciar nuestra autoestima, fortalecer la percepción de nuestra apariencia física y ayudar a estrechar nuestras relaciones personales, nos delata al mostrar nuestro crónico tedio, nuestra falsa alegría, nuestra obscena ostentación, nuestra supina estupidez (sí, la estupidez también puede ser “democrática”) en definitiva.

      Y ojo, porque este tipo de actitudes en apariencia tontorronas e inofensivas, en el fondo irracionales en grado sumo, pueden acabar por convertirse en gravísimas patologías colectivas en la medida en que – dentro de la vacua cultura del espectáculo y del rapaz modelo socioeconómico que padecemos, en los que estética y ocio (ambos no lo olvidemos un lucrativo negocio para las grandes compañías) constituyen elementos axiales de la perniciosa dinámica consumo/alienación – detraigan la identidad genuina del individuo dejándola expuesta a un tan falso como fugaz escaparate de aceptación social en las siempre engañosas plataformas digitales.

      Ni que decir tiene que nadie está a salvo de caer en su trampa. Y  tampoco hay que ser un lunático ni un conspiranoico para darse cuenta de que esto se nos están yendo de las manos. Por eso, en medio esta dictadura (una de las muchas que existen hoy solapadas) del aquí y ahora cibernético, del exhibicionismo incontrolado retroalimentado de voyeurismo barato, nos convendría hacer una seria reflexión y un esfuerzo notable para no convertirnos definitiva e irremediablemente en unos gregarios aborregados de la gilipollez.

 

RICARDO HERRERAS

 

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