RELATIVISMO

29 Abr

 RELATIVISMO INCOHERENTE

El relativismo se refiere a la tesis que afirma que todos los sistemas ético-morales son válidos por igual puesto que no existen estándares definitivos del bien y del mal al ser éstos un constructo social. Dicho brevemente, el relativismo proclama que no hay verdades ni valores objetivos y universales, que todo es del color de la lente con que se mire y, por tanto, todo vale lo mismo: la honestidad y la desfachatez, la sabiduría y la ignorancia, la virtud y el vicio, etc.

      No pocos sostienen que el relativismo es uno de los muchos efectos perversos y no deseados del liberalismo (solo hasta cierto punto: recordemos que los seguidores de la Ilustración combatieron los principios del absolutismo político y del dogmatismo religioso contraponiendo a su vez valores como la razón, la justicia o la ciencia, considerados por aquéllos como universales), aunque quizás sería más acertado decir que es hijo del feroz individualismo.

      Sea como fuere y por desgracia, esta “filosofía” tan grata a la intelligentsia postmoderna goza de una posición hegemónica (basta poner el oído a cualquier debate catódico o simple conversación informal para que enseguida salgan a relucir comentarios del jaez “esa es tu verdad, no la mía”, “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”, “mi vida solo me pertenece a mí”…¿les suenan?) en nuestra presente sociedad, la cual, queriendo evitar al precio que sea la idea de que existe un bien y un mal, está haciendo posible que, con el abandono de los absolutos morales, todo (o casi) llegue a justificarse bajo un tan atractivo como equívoco disfraz de libertad (libertinaje sería lo propio) y de la mano de conceptos tales que “pluralismo”, “tolerancia” y “aceptación”.

      Esto se evidencia desde en un sistema judicial que día a día se encuentra con arduos problemas para castigar a los autores de crímenes gravísimos hasta en una educación donde los alumnos se arrogan de la misma autoridad que los profesores pasando por unos medios de entretenimiento en los que se exalta a los vividores y sinvergüenzas a la vez que se hace escarnio de los que se esfuerzan y trabajan honradamente. 

      Y pobre de aquél que ose criticar el “todo vale”, el “buenismo” y el “buenrrollismo” que nos invaden, ipso facto será señalado como un fanático intolerante, un facha cavernícola y un reaccionario oscurantista, aunque ello eche por tierra incluso uno de los sacrosantos principios relativistas, el de que todos los puntos de vista son válidos, excepto claro está los puntos de vista contrarios a los pontificados por sus en el fondo dogmáticos acólitos, hasta ahí podíamos llegar (¿acaso hay algo que suene más absoluto por arrogante y osado que eso de que “la verdad no existe”?).

      Seamos serios y rigurosos. Ninguna sociedad ni cultura que se precien de tales están en condiciones de florecer ni tampoco de sobrevivir (salvo en la bestialidad de satisfacer los instintos más primarios) sin un fundamento común de verdad y de moral (no confundir con la hipócrita moralina), sin valores y principios, sin obligaciones y responsabilidades, en un ambiente donde todo aquello que hagamos sea justificado porque sí, porque nosotros lo valemos o porque simple y llanamente nos da la gana, ya que entonces dicha sociedad y cultura serán en extremo débiles y más temprano que tarde se quebrarán sin remedio.

      En el caso que nos atañe, las de la vieja Europa, cuyas vigas maestras están siendo carcomidas por la voraz termita del relativismo suicida, cuya acción corrosiva está inhibiendo la búsqueda de certezas ajustadas a la realidad, abandonando las referencias objetivas sobre las que construir la convivencia e introduciendo una nueva dictadura totalitaria, la del propio yo y sus incontenibles apetencias, erigiéndose en una calamidad tan nefasta como pudieron haberlo sido en el pasado cualquiera de las doctrinas políticas o religiosas autoproclamadas categóricas e indubitables.

                                                                                  RICARDO HERRERAS

 

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