NEOLIBERALISMO

8 Abr

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Ahora que se está debatiendo tanto sobre fundamentalismos, se está dejando de lado a propósito uno de los más feroces: el neoliberalismo. A comienzos de los años 70´ del pasado siglo, el keynesianismo (propuesto por John Maynard Keynes como respuesta a la Gran Depresión de 1929 y centrado en dotar a las instituciones de los mecanismos necesarios para estimular la economía, dando lugar al período más próspero y estable del capitalismo de 1945 a 1975, no por casualidad cuando éste estuvo sometido a eficaces medidas de control) entró en barrena por la saturación de los mercados y la crisis del petróleo.

      Las élites, contra las cuerdas entonces por los movimientos emancipadores en la periferia del sistema o en campo propio, retomaron la ofensiva para romper el pacto social posterior a la II Guerra Mundial y socavar progresivamente los derechos y libertades conseguidos tras años de lucha por parte de la clase trabajadora. La ideología que legitimará dicha ofensiva se denomina neoliberalismo, fase globalizada del capitalismo –  auspiciada por economistas como Milton Friedman (1912-2006), llevada a la práctica en sus comienzos por Ronald Reagan (1911-2004) y Margaret Thatcher (1925-2013) y coincidente en el tiempo con la decadencia de la URSS y la revolución tecnológica de las comunicaciones – caracterizada porque el centro económico de gravedad se va a desplazar de la fábrica (lugar por excelencia de la creación del valor durante décadas) a los mercados bursátiles (donde todo depende ya de la especulación de los inversores sobre la rentabilidad futura).

     Pero, ¿qué pretende realmente el neoliberalismo? En última estancia, subordinar el conjunto total de la vida social (leyes de la naturaleza incluidas) a la férrea y arbitraria lógica de “los mercados”. Para ello se vale tanto del ideario neocon como de corrientes pseudoculturales rupturistas solo en la forma pero extremadamente conservadoras en el fondo, caso del postmodernismo, o de atractivas campañas de propaganda a cargo de los mass media controlados por la todopoderosa oligarquía financiera.

       Del viejo liberalismo decimonónico solo conserva la defensa del libre comercio, poniendo ahora en práctica un neocolonialismo agresivo, rapaz y belicista creador de espacios de caos para mayor lucro de las multinacionales y siendo mucho más proclive al autoritarismo, a la manipulación/desinformación amén de favorable al control y vigilancia de los individuos. Porque si algo refuerza el neoliberalismo es sin duda la asimetría del poder. Por ejemplo, el Estado (al contrario de lo que muchos piensan) no desaparece, solo cambia de función. Abandonado el intervencionismo económico al estilo New Deal que desembocó en el hoy casi desmantelado Welfare State de postguerra, el capitalismo neoliberal se dota de instituciones (FMI, Banco Mundial, Banco Central Europeo) supranacionales que la ciudadanía no ha elegido para preservar y multiplicar las rentas empresariales aplicando nocivas recetas de austeridad, privatización de servicios públicos o garantizar el statu quo de los paraísos fiscales. Es decir, que el Estado regula la economía, pero no para repartir la riqueza más equitativamente entre el pueblo, sino en beneficio de los más ricos.

      Esta forma salvaje y desquiciada de capitalismo es muy fácil de entender: lo que los plutócratas ganaban antes en 15 años bajo el keynesianismo, ahora lo ganan en uno solo de la mano del neoliberalismo. El cómo, comportándose como auténticos corsarios de las finanzas y cuatreros de lo público, a fin de lograr lo que David Harvey llama “acumulación por desposesión”; esto es, que los ricos lo sean cada vez más a costa de la inversa y proporcional depauperación de los pobres. Un pequeño dato: se espera que en 2016, el 1% de la población mundial haya acaparado para sí el 50% de la riqueza del planeta. ¿Alguien puede poner en duda que las megaempresas (multinacionales, trusts, cárteles y oligopolios varios) estarían actuando tal que ladrones organizados a escala planetaria a fin de acumular riqueza y poder, torpedeando la labor de los gobiernos a la hora de definir el interés general?

       Desde luego, la actual crisis (estructural, que no coyuntural) ha dejado al descubierto la verdadera naturaleza de un modelo corrompido hasta la médula cuyo único valor es el vil metal – sobre el que pretende, además, fundamentar todas las manifestaciones de la existencia – y la insaciable codicia de sus acólitos, que para más inri se están yendo de rositas. Porque su demagógico y triunfalista discurso choca con la tozuda realidad de un feroz socialdarwinismo que está deteriorando la naturaleza de forma irreversible, convirtiendo la vida en una jungla regida por poderes orwellianos, dinamitando cualquier tipo de certidumbre además de explotando, alienando, disgregando y atomizando sin piedad a los individuos, cuando todos sabemos que necesitamos de los espacios comunes para poder desarrollarnos como personas y vivir en armonía.  

      Paradójicamente, el neoliberalismo no solo ha herido de muerte a la democracia, sino también a la propia actividad económica en su obsesión de especular para hacer dinero a partir del dinero, dejando fuera de la ecuación la actividad productiva, el factor trabajo y el comercio de bienes. Ya Aristóteles definía la economía como la “administración razonable de los bienes que se necesitan para la propia vida”, oponiendo a ella la deleznable “crematística”, el “arte de enriquecerse sin límites”. Pues bien, nuestra crisis es también la agonía de la “crematística”, solo que ésta parece dispuesta (con la aplicación de nuevas medidas encaminadas a bajar sueldos, congelar pensiones y abaratar despidos) a morir matando.

       Sí, en los años finales del siglo XX se abrió la caja de Pandora. La pregunta es si ahora tendremos la capacidad de revertir la situación o en aquel momento soltamos un monstruo que acabará devorándonos a todos. 

 

RICARDO HERRERAS

 

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