“VAQUERITO”

1 Abr

180401 vaquerito

Por estas fechas – en las que el olor a incienso y el aroma a rosquillas de anís lo impregnan todo – no puedo por menos de acordarme de “Vaquerito”, peculiar transeúnte de paso fugaz por la capital y que conocí de forma un tanto rocambolesca cuando trabajaba de vigilante nocturno, período nada boyante de mi vida laboral en el que como un autómata me acostaba temprano y vivía casi de noche.

      Mediaba la cincuentena, pero para ser sinceros aparentaba bastantes más. Según me relató tantas veces el propio protagonista de esta crónica, había sido un destacado “cantaor” de flamenco en la convulsa Barcelona de los años 70´. Al parecer (y digo “al parecer” porque ya se sabe que cuando uno repite la misma historia una y otra vez acaba dudando hasta de sí mismo, porque las palabras dejan de tener sentido) en esa época la vida le ofrecía un camino alfombrado de dinero, mujeres y triunfos. Lástima que solo fuese un espejismo, pues todo aquello se fue al garete justo en el fatídico momento en que la bebida se cruzó en su camino. Desde entonces, ya nunca dejó de sentirse como un juguete roto en manos del destino cruel.

        Como tantos otros antes que han digerido mal el empacho de éxito, “Vaquerito” resbaló y el no estar rodeado de buenas compañías le hizo ir a parar al fondo de una botella en la que quedó atrapado cual mosca en una tela de araña. A partir de ahí su existencia se transformó en un chiste mal contado que redujo a polvo cualquier perspectiva de futuro. Mientras me explicaba todas esas cosas, me lo imaginaba con la cabeza gacha y las manos apoyadas sobre el vidrio observando desde la soledad de las barras de un sinfín de bares de mala muerte a un mundo hipócrita y muy posiblemente deformado por el alcohol que un día creyó tener bien agarrado por las pelotas y que ahora solo le devolvía olvido e indiferencia en su caída.

        Pero en aquella lejana madrugada de Jueves Santo volvió a ser un tío grande. Próximo a un cruce de calles dentro del Barrio Húmedo, “Vaquerito” entró en uno de esos locales de moda de la ciudad donde aún hoy continúan agolpándose como ganado horteras de todo pelaje y condición (“gentes sin alma”, que acertadamente diría mi buen amigo y colega Alberto Flecha) en busca de farra, los cuales iban a ser testigos involuntarios y en cierto modo privilegiados de una cita que se había retrasado demasiado. La cita, obviamente, no era otra que consigo mismo, con su amor propio.

        Tras atravesar el umbral de la puerta dando la espalda a los típicos aspirantes a tipos duros de siempre (aunque lo más duro que cualquiera de ellos habría pasado era la gripe y a buen seguro que por las malas no hubieran impedido la entrada al susodicho garito ni a un Teleñeco cabreado), dirigirse a la barra, pedir a un copazo a una camarera que lo miró como si le hubiese pedido que le enseñara las bragas, encender un cigarrillo (sí, todavía se podía fumar) y guiñar el ojo a una chica a la que no había visto nunca antes pero que era exactamente igual a cientos de otras chicas que pierden el culo por arrimarse allí donde huelen pasta pensando que la proximidad con ésta por sí sola presupone clase, de súbito, de repente, de su muy castigada garganta salió un “quejío” desgarrador, estremecedor…¡y se puso a cantar!

        Creo que se lo pueden imaginar. El gentío, estupefacto, enmudeció al punto. A un servidor se le puso la piel de gallina. Es verdad que no faltaron algunas risotadas estúpidas. Pero él no veía a nadie, todo le daba igual. Y por eso solo cantó por soleares. Como en los viejos tiempos. Con un par. Al final, se quedó ahí, de pie, orgulloso y digno como una estatua griega, saludando al “respetable” con chulesca apostura.

        Ignoro si aquél impagable gesto torero fue el final de su viaje con destino a ninguna parte y el inicio de su redención personal tras una peripecia vital trufada de autoengaños destructivos, oportunidades perdidas e ilusiones frustradas. Quiero pensar que sí. Ojalá.

       Sea como fuere, no volví a verlo. A quienes sigo viendo – por desgracia – es a todos esos horteras (¿dónde se han metido las personas con las que puedas mantener una conversación mínimamente inteligente?) las escasas veces que me da por salir a tomar algo los fines de semana. De ellos no hay quien se libre.

 

 

RICARDO HERRERAS

 

 

 

 

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