Archivo | abril, 2018

RELATIVISMO

29 Abr

 RELATIVISMO INCOHERENTE

El relativismo se refiere a la tesis que afirma que todos los sistemas ético-morales son válidos por igual puesto que no existen estándares definitivos del bien y del mal al ser éstos un constructo social. Dicho brevemente, el relativismo proclama que no hay verdades ni valores objetivos y universales, que todo es del color de la lente con que se mire y, por tanto, todo vale lo mismo: la honestidad y la desfachatez, la sabiduría y la ignorancia, la virtud y el vicio, etc.

      No pocos sostienen que el relativismo es uno de los muchos efectos perversos y no deseados del liberalismo (solo hasta cierto punto: recordemos que los seguidores de la Ilustración combatieron los principios del absolutismo político y del dogmatismo religioso contraponiendo a su vez valores como la razón, la justicia o la ciencia, considerados por aquéllos como universales), aunque quizás sería más acertado decir que es hijo del feroz individualismo.

      Sea como fuere y por desgracia, esta “filosofía” tan grata a la intelligentsia postmoderna goza de una posición hegemónica (basta poner el oído a cualquier debate catódico o simple conversación informal para que enseguida salgan a relucir comentarios del jaez “esa es tu verdad, no la mía”, “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”, “mi vida solo me pertenece a mí”…¿les suenan?) en nuestra presente sociedad, la cual, queriendo evitar al precio que sea la idea de que existe un bien y un mal, está haciendo posible que, con el abandono de los absolutos morales, todo (o casi) llegue a justificarse bajo un tan atractivo como equívoco disfraz de libertad (libertinaje sería lo propio) y de la mano de conceptos tales que “pluralismo”, “tolerancia” y “aceptación”.

      Esto se evidencia desde en un sistema judicial que día a día se encuentra con arduos problemas para castigar a los autores de crímenes gravísimos hasta en una educación donde los alumnos se arrogan de la misma autoridad que los profesores pasando por unos medios de entretenimiento en los que se exalta a los vividores y sinvergüenzas a la vez que se hace escarnio de los que se esfuerzan y trabajan honradamente. 

      Y pobre de aquél que ose criticar el “todo vale”, el “buenismo” y el “buenrrollismo” que nos invaden, ipso facto será señalado como un fanático intolerante, un facha cavernícola y un reaccionario oscurantista, aunque ello eche por tierra incluso uno de los sacrosantos principios relativistas, el de que todos los puntos de vista son válidos, excepto claro está los puntos de vista contrarios a los pontificados por sus en el fondo dogmáticos acólitos, hasta ahí podíamos llegar (¿acaso hay algo que suene más absoluto por arrogante y osado que eso de que “la verdad no existe”?).

      Seamos serios y rigurosos. Ninguna sociedad ni cultura que se precien de tales están en condiciones de florecer ni tampoco de sobrevivir (salvo en la bestialidad de satisfacer los instintos más primarios) sin un fundamento común de verdad y de moral (no confundir con la hipócrita moralina), sin valores y principios, sin obligaciones y responsabilidades, en un ambiente donde todo aquello que hagamos sea justificado porque sí, porque nosotros lo valemos o porque simple y llanamente nos da la gana, ya que entonces dicha sociedad y cultura serán en extremo débiles y más temprano que tarde se quebrarán sin remedio.

      En el caso que nos atañe, las de la vieja Europa, cuyas vigas maestras están siendo carcomidas por la voraz termita del relativismo suicida, cuya acción corrosiva está inhibiendo la búsqueda de certezas ajustadas a la realidad, abandonando las referencias objetivas sobre las que construir la convivencia e introduciendo una nueva dictadura totalitaria, la del propio yo y sus incontenibles apetencias, erigiéndose en una calamidad tan nefasta como pudieron haberlo sido en el pasado cualquiera de las doctrinas políticas o religiosas autoproclamadas categóricas e indubitables.

                                                                                  RICARDO HERRERAS

 

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TRAMPAS

22 Abr

Académica-de-la-vida

Hay quienes se preguntan estos días qué necesidad tenía la actual presidenta de la comunidad madrileña de falsear un título académico, cuando la realidad es que entre los tan apoltronados como vanidosos miembros de la partitocracia gobernante lo de adulterar el currículum e incluso inventar biografías de “prestigio” viene siendo, por desgracia, una práctica de lo más habitual incluso desde los primeros tiempos (con aquello de haber “corrido delante de los grises” para fingir un supuesto pasado democrático) de la Transición.

      Máxime cuando difícilmente se encontrará otra nación en el orbe entero donde los políticos tramposos se resistan tanto a la dimisión (la estrategia que los susodichos ponen en marcha al ser pillados con “las manos en el carrito” consiste en aguantar la tormenta cueste lo que cueste, la cual durará en torno a un mes y, aferrándose con uñas y dientes a su querido sillón, esperar a que escampen las críticas a ver si entretanto salta otro escándalo y el suyo se olvida) y luego, si finalmente la misma llegara a producirse, se van tan de rositas como en ésta.

      Y es que con el timo de los currículos fraudulentos – del que por cierto las facultades lo mismo públicas que privadas, en una nueva y penosa muestra de su acusado servilismo y mendicidad intelectual, tienen buena parte de culpa: recordemos que antes iba a la Universidad un número reducido de alumnos hasta que ésta se masificó, gozando hoy de un prestigio tal vez exagerado si se mide en relación con su escasa conexión con la sociedad real y, especialmente, con la verdadera utilidad de muchos de sus títulos emitidos, incluidos los carísimos “masters” tan de actualidad ahora – me temo que aquí pasa lo mismo que con la corrupción política, que como es estructural y ha afectado a prácticamente todo el arco parlamentario ya la hemos interiorizado como algo propio, intrínseco, consustancial.

      En mi opinión lo malo no es que alguien, abusando de sus prerrogativas e influencias, obtenga un certificado universitario o de otro tipo sin siquiera asistir a las clases correspondientes y exigidas para lograrlo. Lo peor es que ese “alguien” se crea tan soberbio (pensemos cómo se sentirán quienes en verdad estudian, hacen mil sacrificios y ven que a otros por el mero hecho de desempeñar el puesto que ocupan les dan todas las facilidades para obtenerlo mientras ellos engrosan las filas del paro o, en el mejor de los casos, subsisten con sueldos de mileuristas) para hacer algo tan grave, lo cual dice mucho (y poco) de la impunidad y el nepotismo en los que se manejan las élites nacionales y que, cual epidemia, contamina a una parte importante de nuestra ya de por sí muy enferma sociedad.

      No en vano vivir del cuento, aparentar al precio que sea y dártelas de lo que no eres (acá los pobres aspiran a ejercer de nuevos ricos, las morenas quieren ser rubias y viceversa, los que no saben hacer ni la o con un canuto pretenden pontificar sobre cualquier cosa, etc.) constituyen algunos de los vicios patrios de toda la vida.

      Es verdad que el pez empieza a pudrirse desde la cabeza. La desfachatez de nuestros politicastros no tiene nombre, eso es claro. Pero por una vez tratemos de ver el bosque y atajemos así el fuego, pues en puridad Cifuentes o quien sea es solo un árbol de un problema muchísimo mayor: las costuras que se le ven a un país en el que, entre otras muchas lacras, la titulitis ha arrinconado a la meritocracia, en el que el esfuerzo y el trabajo han sido sustituidos por el esnobismo más superfluo y carente de criterio.

       Porque hasta en España, donde con los servidores públicos embusteros, cuentistas, troleros, engañamundos, chanchulleros e impostores que hemos padecido se podría confeccionar una gigantesca orla, la mentira, la desfachatez y la desvergüenza deberían tener límites que no se pueden traspasar. Nunca. Por el bien de todos.

 

 

RICARDO HERRERAS

 

Doblegar al Estado

21 Abr

de https://ELPAIS.COM/elpais/2018/04/13/opinion/1523620994_139801.html?id_externo_rsoc=FB_CC

Lo ocurrido en Cataluña entre septiembre y octubre no habría sucedido si los nacionalistas no hubieran tenido durante décadas poder y recursos públicos para organizar la sedición y alzarse contra el Estado al que debían su poder y su lealtad

SANTOS JULIÁ

Doblegar al Estado
EDUARDO ESTRADA

Hubo una vez en España una generación, de la que aún quedan (quedamos) algunos supervivientes, que por haber nacido poco antes, durante o poco después de la Guerra Civil fue bautizada como la de los niños, luego hijos, de la guerra. Algunos hermanos mayores de esa generación, los nacidos entre 1930 y 1939, cuando llegaron a la edad de la razón política, se presentaron en la escena pública dispuestos a clausurar la guerra de sus padres y abuelos calificándola, en un manifiesto elaborado en Barcelona, de “inútil matanza fratricida”. Lo hicieron reclamando no una nación verdadera, formada por un solo pueblo, sino un Estado democrático, garante de las libertades que con la victoria de los rebeldes habían quedado destrozadas.

Fue, por esa razón, y contando desde principios del siglo XIX, la primera generación de españoles más preocupada por el Estado que por la nación, quizá porque la identificada como nación española única y verdadera había sido secuestrada por los vencedores; o tal vez porque la libertad importaba más, infinitamente más, en los años cincuenta o sesenta que la identidad española o que el sentimiento de pertenencia a cualquiera de las posibles Españas.

No hay más que leer los manifiestos con que fueron sembrando su paso por la política y la sociedad de aquellos años para percibir que a esa generación, o a sus miembros políticamente más activos, les traía mayormente sin cuidado la nación española, que para nada aparecía en sus protestas y reivindicaciones.

Esa generación, al ir alcanzado lo que Ortega llamó la mitad del camino de la vida, los treinta años más o menos, encontró en Cataluña el espejo en que mirarse, pues fue allí donde más avanzado iba el proyecto de Estado al que aspiraba. En Cataluña era, en efecto, desde finales de los años sesenta, donde las mesas redondas en las que se sentaban desde comunistas hasta católicos, pasando por nacionalistas de izquierda y derecha e incluyendo a socialistas y liberales, marcaban el camino hacia un encuentro de todas las fuerzas políticas que pudiera plasmarse en un programa de acción firmado por partidos y sindicatos de todo tipo y procedencia.

Allí fue donde germinó y donde más adelantada estaba la convicción de que a la dictadura solo podría sustituirla un pacto entre demócratas, al modo en que surgió la Assemblea de Catalunya. Cataluña y pacto con vistas a la construcción de un Estado español democrático que garantizara las libertades individuales y colectivas y la autonomía de todos los pueblos, regiones o nacionalidades de España eran, a nuestra mirada, una y la misma cosa.

Es dramático que unos jueces alemanes no vean un delito equivalente a la alta traición

Este fue el proyecto que acabó triunfando en los duros años de lo que, con toda razón y basado en lo que ya era una larga tradición, llamamos transición a la democracia. Fue un pacto en el que los catalanes —comunistas, socialistas, nacionalistas, democristianos, liberales— desempeñaron un papel fundamental. Las voces de Jordi Pujol, Jordi Solé Tura, Joan Reventós, Miquel Roca o Anton Cañellas, y hasta Heribert Barrera, además de sostener ese pacto, fueron las de sus más fervientes —pues algo de fervor había en sus discursos— defensores. Por un momento, pareció como si la ya vieja aspiración de Pere Bosch Gimpera, la de concebir España como una comunidad de pueblos en la que catalanes, vascos y gallegos, pero también castellanos, andaluces, manchegos y todos los demás aparecieran fraternalmente unidos, estuviera a punto de convertirse en realidad.

Agua pasada no mueve molinos, se podrá decir. Y así es. Pero tampoco tiene por qué bloquearlos ni destruirlos. Los molinos allí pueden quedar, señalando parte del camino que hemos recorrido hasta llegar…, hasta llegar ¿adónde? A unos aciagos días de septiembre y octubre, 40 años después, cuando en un Parlamento en el que habían alcanzado una escueta mayoría de escaños sostenidos en una minoría de votos, los nacionalistas catalanes quebrantaron gravemente el pacto que habían sellado, rompiendo con su propio pasado, que era el pasado de todos, y siguiendo la peor tradición política española, se pronunciaron por la independencia violando la Constitución que habían sellado y el Estatuto de Autonomía que les había permitido gobernar legítimamente durante 40 años.

Pues un pronunciamiento civil fue lo que denominaron Declaración Unilateral de Independencia. Hasta entonces, en España, quienes se pronunciaban eran militares, un poder del Estado siempre dispuesto a quebrantar el curso de la política hasta su esperpento final, un día de febrero de 1981. Porque era una exclusiva militar, pronunciamiento significa, en el DRAE, “alzamiento militar contra el Gobierno”, pero desde octubre de 2017 habrá de significar también la liturgia civil seguida por los nacionalistas catalanes que, como titulares legítimos de un poder de Estado, se alzaron no ya contra el Gobierno, sino contra el Estado cuyo poder ostentaban.

El Parlamento catalán añadió a la figura del pronunciamiento un carácter civil

Lo ocurrido en Cataluña nunca habría sucedido si los nacionalistas no hubieran dispuesto durante décadas de un poder de Estado y de abundantes recursos públicos para organizar la sedición y alzarse contra el mismo Estado al que debían su poder y su lealtad.

Es absolutamente risible, si no fuera dramático, que unos jueces de un land de Alemania no encuentren en el pronunciamiento catalán un delito equivalente a la alta traición porque los presuntos rebeldes no doblegaron al Estado. Pues claro que no lo doblegaron; si lo hubieran conseguido, como fue el caso del general Primo de Rivera en 1923, serían ellos los que someterían a juicio o a destierro a quienes se hubieran resistido a sus pretensiones. Fracasaron en su empeño, como ocurrió con el general Sanjurjo en 1932, hecho prisionero y sometido a consejo de guerra por la República contra la que se pronunció, como serán también sometidos a consejo de guerra por una democracia todavía frágil los generales Armada y Milans del Bosch y los secuaces que protagonizaron el último intento de pronunciamiento militar.

Último hasta que otro poder del Estado, el Parlamento catalán, añadió a la figura del pronunciamiento un carácter civil. Esta es la alta traición al Estado, a su propia historia y a más de la mitad del pueblo catalán, al que dicen representar, por la que habrán de ser juzgados por un tribunal civil los nacionalistas catalanes que la cometieron y no consiguieron con su acción doblegar al Estado.

 

Santos Juliá es historiador.

 

YO ME AUTOAYUDO, TÚ TE AUTOAYUDAS…

15 Abr

autoayuda

Cuando en 1936 un tal Dale Carnegie publicaba Cómo ganar amigos e influir a las personas, poco podía imaginar este empresario de Missouri que estaba creando un subgénero literario que arrasaría en las últimas décadas: los libros de autoayuda, cuya pretensión es la de mejorar la siempre compleja vida personal y/o profesional de la gente aplicando recomendaciones de una sencillez casi sonrojante.

      Pensar en positivo, confiar en una hipotética voz interior, encontrarnos a nosotros mismos, vivir el momento…son algunos de los mantras con los que hoy nos bombardean dichos textos. Claro que, si echamos un vistazo alrededor, éstos no parecen hacer más felices ni más prósperos a sus muchos e incautos lectores. Al contrario, diríase que están contribuyendo a crear adultos infantiloides con la imperiosa necesidad de seguir sus instintos y emociones sin pensar en las consecuencias, individuos frustrados para los que ese presunto crecimiento interior se ha convertido en el cuento de nunca acabar, sujetos tan egoístas como pusilánimes en pos de un éxito rápido que luego se estresan y deprimen a las primeras de cambio, adictos a terapeutas, coaches y telepredicadores varios de la nueva religión del yo que, al igual que los falsos amigos, te dicen únicamente aquello que quieres escuchar, minipsicópatas en potencia con marcadas tendencias antisociales en resumen.

            Normal si tenemos en cuenta que en ellos se enseñan cosas tales que solo nosotros podemos erigirnos en los artífices de nuestro destino obviando las circunstancias que nos rodean o el contexto socioeconómico en el que vivimos, que somos igual que pequeños reyes o dioses con derecho a decidir sobre lo que es bueno y malo sin importar nada ni nadie o que todas nuestras dificultades vitales pueden solucionarse siguiendo unos simples consejos (extraídos de un recetario de lugares comunes) que nos conducirán, además, a una mayor felicidad y oportunidades, por lo que, si no lo logramos, seremos los únicos responsables de nuestro fracaso.

            Claro que, para ser justos, dichos libros no son el inconveniente, sino el síntoma (otro más) de una grave enfermedad: la “cultura” de la aceleración en la que – en estos tiempos líquidos caracterizados por una alarmante ausencia de espíritu crítico y donde, en medio de una crisis estructural, a los poderes fácticos parece interesarles individualizar y hasta privatizar los muy profundos problemas que como sociedad padecemos – estamos atrapados.

            Hablemos claro. Debajo del arcoíris no existen ollas a rebosar de autoestima, dedicar los fines de semana a buscar tréboles de cuatro hojas no va acabar con esa “manía” nuestra de tener empleos precarios ni recitar frases tan evanescentes como un anuncio de compresas va a impedir que este mundo sea a fin de cuentas un valle de lágrimas por mucho que Paulo Coelho, Eduard Punset o Jorge Bucay se empeñen en decir lo contrario.

      Para empezar, es imposible que, sin que nos conozcan de nada, un tercero escriba algo con el propósito de ayudarnos. Es decir, que para que una obra sea de auto-ayuda (en puridad, éstas solo “auto-ayudan” a quienes las escriben como churros para forrarse con ellas) deberíamos redactarla nosotros mismos en base a nuestra formación y, sobre todo, experiencia, la verdadera madre de la ciencia. A partir de aquí la falacia es total. Y es total porque mejorar la calidad de nuestra existencia no depende de las  fórmulas mágicas de gurú alguno, sino que requiere de mucha voluntad, espíritu, sabiduría, esfuerzo y paciencia.

      Ya puestos, antes que nos tomen por imbéciles (¿con el “auto” no estarán insinuando que somos incapaces de gobernar nuestra propia vida?), sería casi preferible abrazar el pensamiento negativo. Tampoco seríamos más felices y probablemente nuestros allegados pensarían en abandonarnos un buen día en el campo como a un perro por vacaciones. Pero al menos no tendríamos que aguantar las soplapolleces de ningún vendedor de crecepelo.

 

 

RICARDO HERRERAS

 

 

Surrealismo en la administración electrónica

10 Abr

España única

 

de https://DELAJUSTICIA.COM/2018/04/09/surrealismo-en-la-administracion-electronica/

downloadCreo que la administración electrónica es necesaria e imparable. También sé que me ha tocado sufrir la etapa de transición y que no será fácil reciclarme para estar a la altura. Funcionarios, autoridades y jueces tendrán que cambiar de forma de trabajar y de forma de considerar el funcionamiento de la administración.

El 2 de Octubre de 2018 de la Disposición Transitoria Cuarta de la Ley 39/2015, de 1 de Octubre de Procedimiento Administrativo Común, vence el plazo de plazos para que todas las administraciones públicas adapten sus sedes, portales y reglamentaciones, y para que todos los procedimientos que gestionen faciliten el derecho o la obligación de relacionarse electrónicamente, de manera que desde la cuna hasta la sepultura de la decisión administrativa, esto es, desde el Registro hasta el Archivo, pasando por la instrucción y gestión todo se canalice por datos electrónicos. O sea, el procedimiento invisible.

Se ha avanzado mucho y muchas administraciones han hecho los deberes, aunque otras se quedan rezagadas, de igual modo que entre los ciudadanos los hay avanzados y otros digitalmente desconfiados. Asistimos al cambio de paradigma de la administración: otra visión de la eficacia (la automatización de datos supone inmediatez de la información para decidir, instruir y resolver); la tramitación en formatos electrónicos ( registro, archivo e impulso); modificación de la faz de la persona jurídica pública (sede electrónica, portal, panel de acceso); y cambio de piel de los institutos jurídico-administrativos tradicionales (representación, notificaciones, forma electrónica de los actos, etc).  Se avanza sin parar hacia esa meta de la electronificación de la gestión pública.

avanzaOtra cosa es que el ajuste entre la generación de administrativistas que hemos sido formados en papel y el nuevo escenario electrónico propio de ciberadministrativistas producirá en la gestión de la cosa pública un efecto similar al choque de placas tectónicas cuyas fricciones de fuerzas generan montañas, valles, terremotos y volcanes.

Hablando sobre esto con un amigo letrado que se veía perdido sobre la vigencia de la administración electrónica, la falta de medios en algunas administraciones y la desconfianza del ciudadano hacia la misma, calificó la situación de “Surrealista”, lo que me provocó la idea ofrecer una visión de esta administración electrónica bajo perspectiva surrealista por aquello de una imagen vale mas que mil palabras y si la imagen es sorprendente mucho más.

Aquí está. Y no se olviden de pasar el “ratón” sobre cada foto, o el dedo en la pantalla de su smartphone para ver la breve leyenda explicativa de cada imagen… Pasen y vean…
PARECE QUE HA LLEGADO LA HORA DE LA METAMORFOSIS

 

SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS AGUARDAN

 

TODOS LOS PROTAGONISTAS EN FRENÉTICO ZAFARRANCHO

 

 

PERO NADA ES GRATIS

Lo que cuesta la AE

ESO SÍ, HAY COSAS QUE NUNCA CAMBIARÁN

              NEOLIBERALISMO

8 Abr

neoliberalismo_20131022201135            

Ahora que se está debatiendo tanto sobre fundamentalismos, se está dejando de lado a propósito uno de los más feroces: el neoliberalismo. A comienzos de los años 70´ del pasado siglo, el keynesianismo (propuesto por John Maynard Keynes como respuesta a la Gran Depresión de 1929 y centrado en dotar a las instituciones de los mecanismos necesarios para estimular la economía, dando lugar al período más próspero y estable del capitalismo de 1945 a 1975, no por casualidad cuando éste estuvo sometido a eficaces medidas de control) entró en barrena por la saturación de los mercados y la crisis del petróleo.

      Las élites, contra las cuerdas entonces por los movimientos emancipadores en la periferia del sistema o en campo propio, retomaron la ofensiva para romper el pacto social posterior a la II Guerra Mundial y socavar progresivamente los derechos y libertades conseguidos tras años de lucha por parte de la clase trabajadora. La ideología que legitimará dicha ofensiva se denomina neoliberalismo, fase globalizada del capitalismo –  auspiciada por economistas como Milton Friedman (1912-2006), llevada a la práctica en sus comienzos por Ronald Reagan (1911-2004) y Margaret Thatcher (1925-2013) y coincidente en el tiempo con la decadencia de la URSS y la revolución tecnológica de las comunicaciones – caracterizada porque el centro económico de gravedad se va a desplazar de la fábrica (lugar por excelencia de la creación del valor durante décadas) a los mercados bursátiles (donde todo depende ya de la especulación de los inversores sobre la rentabilidad futura).

     Pero, ¿qué pretende realmente el neoliberalismo? En última estancia, subordinar el conjunto total de la vida social (leyes de la naturaleza incluidas) a la férrea y arbitraria lógica de “los mercados”. Para ello se vale tanto del ideario neocon como de corrientes pseudoculturales rupturistas solo en la forma pero extremadamente conservadoras en el fondo, caso del postmodernismo, o de atractivas campañas de propaganda a cargo de los mass media controlados por la todopoderosa oligarquía financiera.

       Del viejo liberalismo decimonónico solo conserva la defensa del libre comercio, poniendo ahora en práctica un neocolonialismo agresivo, rapaz y belicista creador de espacios de caos para mayor lucro de las multinacionales y siendo mucho más proclive al autoritarismo, a la manipulación/desinformación amén de favorable al control y vigilancia de los individuos. Porque si algo refuerza el neoliberalismo es sin duda la asimetría del poder. Por ejemplo, el Estado (al contrario de lo que muchos piensan) no desaparece, solo cambia de función. Abandonado el intervencionismo económico al estilo New Deal que desembocó en el hoy casi desmantelado Welfare State de postguerra, el capitalismo neoliberal se dota de instituciones (FMI, Banco Mundial, Banco Central Europeo) supranacionales que la ciudadanía no ha elegido para preservar y multiplicar las rentas empresariales aplicando nocivas recetas de austeridad, privatización de servicios públicos o garantizar el statu quo de los paraísos fiscales. Es decir, que el Estado regula la economía, pero no para repartir la riqueza más equitativamente entre el pueblo, sino en beneficio de los más ricos.

      Esta forma salvaje y desquiciada de capitalismo es muy fácil de entender: lo que los plutócratas ganaban antes en 15 años bajo el keynesianismo, ahora lo ganan en uno solo de la mano del neoliberalismo. El cómo, comportándose como auténticos corsarios de las finanzas y cuatreros de lo público, a fin de lograr lo que David Harvey llama “acumulación por desposesión”; esto es, que los ricos lo sean cada vez más a costa de la inversa y proporcional depauperación de los pobres. Un pequeño dato: se espera que en 2016, el 1% de la población mundial haya acaparado para sí el 50% de la riqueza del planeta. ¿Alguien puede poner en duda que las megaempresas (multinacionales, trusts, cárteles y oligopolios varios) estarían actuando tal que ladrones organizados a escala planetaria a fin de acumular riqueza y poder, torpedeando la labor de los gobiernos a la hora de definir el interés general?

       Desde luego, la actual crisis (estructural, que no coyuntural) ha dejado al descubierto la verdadera naturaleza de un modelo corrompido hasta la médula cuyo único valor es el vil metal – sobre el que pretende, además, fundamentar todas las manifestaciones de la existencia – y la insaciable codicia de sus acólitos, que para más inri se están yendo de rositas. Porque su demagógico y triunfalista discurso choca con la tozuda realidad de un feroz socialdarwinismo que está deteriorando la naturaleza de forma irreversible, convirtiendo la vida en una jungla regida por poderes orwellianos, dinamitando cualquier tipo de certidumbre además de explotando, alienando, disgregando y atomizando sin piedad a los individuos, cuando todos sabemos que necesitamos de los espacios comunes para poder desarrollarnos como personas y vivir en armonía.  

      Paradójicamente, el neoliberalismo no solo ha herido de muerte a la democracia, sino también a la propia actividad económica en su obsesión de especular para hacer dinero a partir del dinero, dejando fuera de la ecuación la actividad productiva, el factor trabajo y el comercio de bienes. Ya Aristóteles definía la economía como la “administración razonable de los bienes que se necesitan para la propia vida”, oponiendo a ella la deleznable “crematística”, el “arte de enriquecerse sin límites”. Pues bien, nuestra crisis es también la agonía de la “crematística”, solo que ésta parece dispuesta (con la aplicación de nuevas medidas encaminadas a bajar sueldos, congelar pensiones y abaratar despidos) a morir matando.

       Sí, en los años finales del siglo XX se abrió la caja de Pandora. La pregunta es si ahora tendremos la capacidad de revertir la situación o en aquel momento soltamos un monstruo que acabará devorándonos a todos. 

 

RICARDO HERRERAS

 

“VAQUERITO”

1 Abr

180401 vaquerito

Por estas fechas – en las que el olor a incienso y el aroma a rosquillas de anís lo impregnan todo – no puedo por menos de acordarme de “Vaquerito”, peculiar transeúnte de paso fugaz por la capital y que conocí de forma un tanto rocambolesca cuando trabajaba de vigilante nocturno, período nada boyante de mi vida laboral en el que como un autómata me acostaba temprano y vivía casi de noche.

      Mediaba la cincuentena, pero para ser sinceros aparentaba bastantes más. Según me relató tantas veces el propio protagonista de esta crónica, había sido un destacado “cantaor” de flamenco en la convulsa Barcelona de los años 70´. Al parecer (y digo “al parecer” porque ya se sabe que cuando uno repite la misma historia una y otra vez acaba dudando hasta de sí mismo, porque las palabras dejan de tener sentido) en esa época la vida le ofrecía un camino alfombrado de dinero, mujeres y triunfos. Lástima que solo fuese un espejismo, pues todo aquello se fue al garete justo en el fatídico momento en que la bebida se cruzó en su camino. Desde entonces, ya nunca dejó de sentirse como un juguete roto en manos del destino cruel.

        Como tantos otros antes que han digerido mal el empacho de éxito, “Vaquerito” resbaló y el no estar rodeado de buenas compañías le hizo ir a parar al fondo de una botella en la que quedó atrapado cual mosca en una tela de araña. A partir de ahí su existencia se transformó en un chiste mal contado que redujo a polvo cualquier perspectiva de futuro. Mientras me explicaba todas esas cosas, me lo imaginaba con la cabeza gacha y las manos apoyadas sobre el vidrio observando desde la soledad de las barras de un sinfín de bares de mala muerte a un mundo hipócrita y muy posiblemente deformado por el alcohol que un día creyó tener bien agarrado por las pelotas y que ahora solo le devolvía olvido e indiferencia en su caída.

        Pero en aquella lejana madrugada de Jueves Santo volvió a ser un tío grande. Próximo a un cruce de calles dentro del Barrio Húmedo, “Vaquerito” entró en uno de esos locales de moda de la ciudad donde aún hoy continúan agolpándose como ganado horteras de todo pelaje y condición (“gentes sin alma”, que acertadamente diría mi buen amigo y colega Alberto Flecha) en busca de farra, los cuales iban a ser testigos involuntarios y en cierto modo privilegiados de una cita que se había retrasado demasiado. La cita, obviamente, no era otra que consigo mismo, con su amor propio.

        Tras atravesar el umbral de la puerta dando la espalda a los típicos aspirantes a tipos duros de siempre (aunque lo más duro que cualquiera de ellos habría pasado era la gripe y a buen seguro que por las malas no hubieran impedido la entrada al susodicho garito ni a un Teleñeco cabreado), dirigirse a la barra, pedir a un copazo a una camarera que lo miró como si le hubiese pedido que le enseñara las bragas, encender un cigarrillo (sí, todavía se podía fumar) y guiñar el ojo a una chica a la que no había visto nunca antes pero que era exactamente igual a cientos de otras chicas que pierden el culo por arrimarse allí donde huelen pasta pensando que la proximidad con ésta por sí sola presupone clase, de súbito, de repente, de su muy castigada garganta salió un “quejío” desgarrador, estremecedor…¡y se puso a cantar!

        Creo que se lo pueden imaginar. El gentío, estupefacto, enmudeció al punto. A un servidor se le puso la piel de gallina. Es verdad que no faltaron algunas risotadas estúpidas. Pero él no veía a nadie, todo le daba igual. Y por eso solo cantó por soleares. Como en los viejos tiempos. Con un par. Al final, se quedó ahí, de pie, orgulloso y digno como una estatua griega, saludando al “respetable” con chulesca apostura.

        Ignoro si aquél impagable gesto torero fue el final de su viaje con destino a ninguna parte y el inicio de su redención personal tras una peripecia vital trufada de autoengaños destructivos, oportunidades perdidas e ilusiones frustradas. Quiero pensar que sí. Ojalá.

       Sea como fuere, no volví a verlo. A quienes sigo viendo – por desgracia – es a todos esos horteras (¿dónde se han metido las personas con las que puedas mantener una conversación mínimamente inteligente?) las escasas veces que me da por salir a tomar algo los fines de semana. De ellos no hay quien se libre.

 

 

RICARDO HERRERAS