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EL  EJEMPLAR AGUANTE Y LA PASIVIDAD DE LOS LEONESES ANTE LOS SILENCIOS, OCULTACIONES Y PROMESAS INCUMPLIDAS  EN EL ASUNTO  DE LA INTEGRACIÓN DE LA LÍNEA DE VÍA ESTRECHA DE FEVE EN LEÓN.

25 Mar

Interesante artículo del ex delegado del colegio de ingenieros industriales  en León Manuel María Urueña Cuadrado publicado hoy 25/03/2018 en la  Nueva Crónica de León sobre

EL  EJEMPLAR AGUANTE Y LA PASIVIDAD DE LOS LEONESES ANTE LOS SILENCIOS, OCULTACIONES Y PROMESAS INCUMPLIDAS  EN EL ASUNTO  DE LA INTEGRACIÓN DE LA LÍNEA DE VÍA ESTRECHA DE FEVE EN LEÓN. En la línea de  lo tratado en la brillante charla que impartió el  22 de marzo en el colegio de ingenieros industriales de León

de https://www.LANUEVACRONICA.COM/saben-indignarse-los-leoneses

 

TRIBUNA DE OPINIÓN

Manuel M. Urueña Cuadrado | 25/03/2018

¿Saben indignarse los leoneses?

Es ejemplar el aguante y la pasividad de los leoneses ante algunos silencios, ocultaciones y promesas incumplidas de altos cargos de la Administración, del Estado, provincial y local.

Veamos, por ejemplo qué sucede desde hace seis años en la línea de vía estrecha de Feve. Recordemos algunas de las manifestaciones públicas de la anterior ministra de Fomento:

A la prensa de León en octubre de 2014, después de varios años de silencio: “…se espera tener terminada esta obra en el primer trimestre del año próximo.…”. En marzo 2016 al alcalde de León: “…hay dinero para terminar la obra de integración de Feve este año”. “En el primer trimestre de 2017, la apertura de la línea hasta la estación”. En varias ocasiones en 2016 y 2017: «solo falta resolver una cuestión técnica» y “las obras pendientes durarían unos diez meses”.

– El presidente de Adif, Sr. Ferre, al alcalde de León en junio 2016: “Las obras arrancarán la próxima semana y estarán concluidas en el plazo de seis meses”.

Visto lo sucedido en estos últimos seis años, muy largos para los viajeros de este tren, cabe la duda de si quienes así declaraban sabían más o lo contrario de lo que decían.

En 2010 se informó públicamente por primera vez del plan de las obras tan mal llamadas de “integración” de ese tren en León. Después de más de siete años, la desintegración progresiva de la línea es lo que los viajeros han visto suceder. Las obras se pararon en 2011 y en 2017 se continuaron a un ritmo muy bajo; actualmente están de nuevo paradas, aunque queda muy poco que hacer.

Que el tren no llegue aún a León lo justifican el Sr. Ministro y Renfe diciendo que no hay una «normativa» de funcionamiento para este tren; un parto difícil, que está durando ya siete años….. Y tampoco tiene Renfe aún los trenes adecuados para el funcionamiento como ‘tren-tran’. Lo dicen sin siquiera despeinarse. Y los leoneses no se indignan ante esa gestión tan decepcionante de lo público.

El funcionamiento de este tren desde 2011 es tan desastroso que entre 2010 y ese año el número de usuarios descendió un 30 %. Como tren de cercanías había sido abandonado por el 40% de los viajeros hasta 2015, pero como tren de media distancia solo por un 11%, a pesar del pésimo servicio, lo que prueba lo necesario que es para esos viajeros esta línea que llega hasta el extremo Nordeste de la provincia.

Las declaraciones mencionadas y otras, junto con el pésimo servicio dado desde 2011, la frecuencia de averías por falta de mantenimiento, la escasez de maquinistas y de revisores además de la ausencia total de información sobre los planes de obras a lo largo de los últimos seis años demuestran una realidad nunca confesada: la intención del Ministerio de Fomento, de Renfe, era cerrar esta línea de tren cuando en 2011 se pararon las obras. Se esperaba a que el número de viajeros disminuyese hasta un valor que justificara el cierre definitivo.

Pero ha ocurrido que después del descenso brusco de viajeros hasta 2011, en los años siguientes ese descenso se paralizó. La razón es que la mayoría de los viajeros habituales lo usan por necesidad. Otros, menos, lo utilizan porque prefieren el transporte público y pueden permitirse perder mucho tiempo. Muy pocos habitantes entre León y Matallana usan ya este tren; el motivo se comprenderá sabiendo que por ejemplo el trayecto de 9 km entre San Feliz y León dura normalmente, con suerte 30 minutos y sin suerte 50 o más. En 2010 duraba 14 minutos y era seguro y puntual. Hay que preguntarse cómo es que en esas condiciones alguien utiliza aún esta línea de tren. La respuesta es clara: quienes lo hacen es por estricta necesidad. Este tren es necesario para muchas personas y volvería a recuperar y sobrepasar rápidamente los usuarios perdidos si volviese a dar un servicio como el que daba antes de 2011.

El número de viajeros no ha descendido tanto que facilite tomar la decisión de cerrar la línea; ha sido la necesidad de los habitantes de los pueblos por donde pasa el tren la que ha conseguido que Renfe no se atreva a eliminar esta línea. A esos usuarios habituales deben los leoneses que este tren siga funcionando.

El Sr. Ministro de Fomento dijo en el verano de 2017: “…de momento no hay ninguna intención de supresión de la línea, ni nada encima de la mesa, ni en nuestra agenda que nos permita decir que no va a continuar el servicio”. No parece esta frase una promesa firme de que esta línea no se suprimirá. Con lo fácil que habría sido decirlo claramente. Nos gustaría mucho ver lo que realmente hay sobre la mesa del Sr. Ministro; pero los planes de esa empresa pública son secretos.

Ha sido patente y triste la insensibilidad y el silencio de partidos políticos (roto solo alguna vez, tímidamente, para que no se diga) y autoridades locales y provinciales en los últimos seis años; nadie entre ellos hizo una verdadera presión en favor de este tren, nadie dijo, por ejemplo, que dimitiría si las obras se paraban; no criticaron las declaraciones de los ministros y responsables de Renfe; nunca protestaron por el infame servicio de este tren, solo mitigado por la amabilidad con la que los empleados soportan las quejas diarias de los viajeros; ellos también tienen que soportar los incidentes tan habituales; nadie con responsabilidad política protestó por las promesas públicas reiteradamente incumplidas. Los viajeros de este tren no han tenido quien les defienda en seis años de un servicio impresentable.

Hoy, nadie conoce el plan de lo poco que falta por hacer para que el tren llegue a la estación de León. Se trata de una obra pública secreta; no lo saben el presidente de la Diputación de León ni el alcalde de la ciudad que a lo largo de los últimos seis años nunca exigieron una copia de los planes de las obras pendientes para informar a los leoneses… o es que sabían que no existían. Renfe no ha informado sobre cuándo dispondrá de los trenes necesarios (los tren-tran especiales (para una línea sin tranvías; original e inexplicable proyecto) ni de cuándo, estarán redactadas las normas de funcionamiento. Nadie se lo exige.

¿Hasta cuándo los viajeros tendrán que seguir soportando un servicio vergonzoso que es un desprecio prolongado infligido por una empresa pública?

Llegarán las elecciones autonómicas próximas y los leoneses de los pueblos por donde pasa este tren podrán votar; deben hacerlo, pero con una respuesta indignada adecuada a este prolongado desprecio; por ejemplo, votando en blanco.

Si esa línea desaparece la despoblación del Nordeste de nuestra provincia se acelerará. ¿A nadie le importa? Da la casualidad de que esa zona de la provincia tiene también unos pésimos servicios de internet y nulos de gas natural. Se está diciendo a sus habitantes que se vayan.

Los leoneses deberían saber indignarse contra la actuación oculta, indignante y vergonzosa de Renfe y el Ministerio de Fomento en las obras de Feve; también contra la ineficacia y la pasividad, por no decir más, de sus representantes políticos; por los seis años de un transporte público indigno; más el tiempo aún dure.

180325 Art. Publicado. La N. Crónica 25.3.18

 

REDES

25 Mar

redes

En un momento donde el progreso tecnológico se desarrolla a pasos agigantados, la alienación crece también exponencialmente. El ser humano como ser social (o sociable) tiende a desaparecer o, mejor dicho, su “socialización” pasa en la actualidad casi por el aro de las omnipresentes plataformas digitales mientras la realidad, con sus lógicas imperfecciones, va quedando poco a poco solapada bajo una gruesa capa de maquillaje virtual. Pero cuidado porque la misma – y ello a pesar de que nuestro vacío personal y miseria emocional son burdamente disimulados colgando cientos de fotos retocadas en las que posamos felices para que los demás nos vean como triunfadores y no como lo que mayormente somos, unos frustrados que en la vida real infundimos bastante más lastima de la que intentamos enmascarar – está siempre ahí, agazapada y presta a saltar sobre nosotros a la manera de un tigre cuando menos se espera.

        Al hilo de ello, me viene a la memoria un suceso ocurrido hace unos pocos años en Galicia, cuando moría en absoluta soledad un hombre prácticamente enterrado entre una montaña formada por su propia basura. No tenía a nadie. “Solo” tres mil quinientos “amigos” en el famoso Caralibro, de los que ni uno solo acudió a su funeral por supuesto. ¿Cómo es posible que ninguno de ellos supo nada del problema de este señor? Y si alguien lo supo, ¿por qué ninguno llegó a dar parte a las autoridades?

            Desde luego, se puede trazar un paralelismo asombroso entre quien sufre el síndrome de Diógenes almacenando cosas inservibles y quien, sufriendo el mismo síndrome en versión digital, acumula en la red desde amigos (una nueva tendencia psicopatológica al alza) que no lo son porque ni siquiera se conocen en persona a contenidos de todo tipo (películas, series, música, etc.) que luego rara vez se disfrutan.

       ¿No será que lo que comúnmente llamamos “redes sociales” (ese ente amorfo surgido casi de la nada) es lo más antisocial (o asocial) que existe? Porque en un mundo hiperconectado como el nuestro es probable que nunca hayamos estado tan desconectados (por solos y atomizados) como ahora. Es verdad que las nuevas tecnologías nos permiten mantener miles de contactos, algunos de ellos incluso muy lejanos geográficamente, pero convendría no confundir “contactos” con “relaciones”.

            Dicha confusión implica que hoy estemos dedicando demasiado tiempo a los contactos virtuales y demasiado poco a las relaciones reales, de las de cara a cara de toda la vida, de esas que no vale con dar al botón de desconexión si nos aburrimos de ellas, las cuáles todos sabemos en el fondo que siempre fueron, son y serán pocas. Y sino, a ver cuántos de nosotros podemos decir que tenemos más amigos verdaderos que dedos de una mano.

       Lo que hay que plantearse es por qué cada vez hay más incomunicación, individualismo y aislamiento. Más personas solas en casa sin un motivo por el que levantarse cada mañana y sin alguien por quien luchar; paseando solas por calles, parques y centros comerciales sin que nadie se acerque a ellas para ver qué les sucede o cómo se sienten; pegadas todo el santo día al teléfono móvil (los llamados “nomófobos”) como babosas a una pared húmeda sin levantar la cabeza ni para saludar…Eso es lo preocupante.

        Y es que, apostando por simular en vez de actuar y por parecer en lugar de ser, poco a poco se nos ha ido olvidando sentir y querer con el corazón, comportarnos como seres humanos (la auténtica peste negra de nuestros días es que la mayoría de la gente está muerta por dentro) en definitiva. Es lo que pasa cuando la vida ya no se vive, se tuitea, instagramea o facebookea a través de una pantalla de seis por trece milímetros.

 

 

RICARDO HERRERAS