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           EL MAR

18 Mar

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                                                          “El mar es una movible eternidad, una lágrima desmedida. Por eso tiene sal.” (Manuel Alcántara).

Bajo el cielo espectral de marzo el Cantábrico se extiende más allá del horizonte, agitándose como oprimido, enviando olas coléricas y escalonadas del color del plomo a chocar contra los acantilados. Mientras, el tenue sol se derrama a modo de alfombra dorada sobre un grupo de pequeñas barcas de colores que se inclinan sobre sus mástiles humildes al ritmo furioso de la corriente. Desde la orilla, apenas puedo apartar la mirada de esta hermosa panorámica, imposible de hacer justicia con cámara fotográfica alguna y me temo que tampoco con palabras.

         En efecto, me encuentro ante la enigmática, poliédrica e inescrutable faz del mar. Desde un punto de vista pictórico, ese gigantesco lienzo de tonalidades neutras en el que apenas distinguimos la línea divisoria entre el líquido elemento y la bóveda celeste donde reposan nuestros secretos más inconfesables. Desde un punto de vista físico, ese espacio colosal teñido de lirismo que infecta nuestra alma de tristeza cuya contemplación nos enmudece e invita a pensar de inmediato, como si su esquivo misterio nos atrapase formulándonos cientos de preguntas sin respuesta. 

        El “gran azul” se parece también a un gigantesco espejo en el cual nos miramos con la esperanza de disolver en su inmensidad nuestra angustia existencial. Asimismo, éste nos devuelve la mirada, contemplándonos como los seres insignificantes que somos, los cuales, en algún momento no demasiado lejano, dejaremos de estar aquí mientras él permanecerá por siempre.

            El piélago es también el escenario donde se reflejan los rostros de todos los soñadores, el paraje donde la imaginación se desborda en forma de ondulaciones cantarinas y susurrantes, el rincón donde se abren mil sonrisas de coral y madreperla, el lugar donde la luz se esconde para observarnos de perfil y echarnos traviesas ojeadas desde los abismos de las tempestades.

        Testigo mudo de tantos días grises, atento, firme y leal amigo, admito que me encanta abandonarme en su compañía a esos pensamientos que casi nadie hoy ya verbaliza o comparte (como si la rigidez de nuestros parámetros vitales nos hiciera olvidar una y otra vez lo esencial), olfatear su salobre brisa con aroma a pescado, pasear al atardecer o al amanecer por sus playas para alejar de mi mente los pensamientos ansiosos, inquietos y negativos, admirar durante horas y en silencio el hipnótico movimiento de sus mareas, redimir mi solitario corazón en sus muy profundas y oscuras aguas…

        Sí, definitivamente la belleza de un paisaje estriba en su capacidad para generar melancolía. Quizás por eso contemplar el mar continúa provocándome una extraña sensación de asombro, al ser el escenario más antiguo y sobrecogedor de cuantos existen en el planeta tierra, además de el que mejor refleja nuestra más absoluta contingencia.

        A lo lejos, un nubarrón surgido como de la nada ha oscurecido el sol. Al punto suena una lánguida melodía tocada a modo de acto dramático de nostalgia y abandono por un acordeón, ese instrumento entrañable y popular que parece oler a puerto mismo. Las olas rizadas, rezumando espuma y enrollándose sobre sí mismas, siguen batiendo la playa con un ruido atronador…Lo eterno, lo infinito. Soledad.

                                                                                                 (Santander, marzo de 2018)

 

RICARDO HERRERAS