BÁRBAROS

4 Mar

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Ahí andábamos adoptando medidas – algunas no demasiado compatibles con la legislación internacional sobre la materia – para espantar a esos refugiados sirios, afganos o subsaharianos que huyen de la miseria, la guerra o la tiranía con el pretexto de no introducir el caos y la barbarie en nuestras tan opulentas como desiguales sociedades, cuando la “vieja, culta y refinada” Europa ha vuelto a enseñar una de sus peores caras: la del vandalismo en el fútbol.

      La muerte por infarto el pasado jueves día 22 de febrero de un agente de la Ertzaitza en medio del bochornoso y lamentable enfrentamiento entre aficionados ultras del Athletic y del Spartak de Moscú en Bilbao nos refrescaron las estremecedoras imágenes de la Eurocopa de 2016, donde las multitudinarias batallas campales entre hooligans rusos e ingleses acaecidas en Marsella constituyeron el mayor repunte de violencia dentro del llamado “deporte rey” desde el dramático episodio ocurrido en el estadio Heysel de Bruselas en el lejano 1985.

      Allí, en el puerto galo, se contemplaron con estupor grupos de hasta 40 o 50 individuos en formación de ataque que actuaban con la coordinación y el dinamismo (he aquí el salto “cualitativo”) propios de los tristemente célebres comandos paramilitares, muchos de los cuales se habían ganado billete al evento en salvajes peleas organizadas en los inhóspitos bosques eslavos, grabadas y compartidas luego sin ningún pudor en las redes sociales, como si fueran una competición en la que los más bestias eran finalmente los elegidos para acudir a la guerra final.

      De todos modos, la violencia futbolera no es una peste que tengamos que atribuir de forma exclusiva a Rusia, país que parece estar ahora en el ojo del huracán. Ni mucho menos. Sin ir más lejos en España las hemerotecas enumeran una indeseable lista de víctimas mortales en torno a unos partidos que empiezan a calentarse desde días antes en esos foros de internet manejados por los seguidores más radicales de los diferentes equipos, esos que campan a sus anchas en estadios y aledaños con símbolos abiertamente belicosos, lanzan proclamas racistas, insultan a la afición rival como parte de la propia puesta en escena y acceden a los recintos deportivos con elevadas dosis de alcohol en el cuerpo ante las mismísimas narices de los clubes, a quienes debería obligarse de una vez a correr con los ingentes gastos que conlleva el controlar a estos energúmenos.

      Tampoco cometamos el error de identificar el fútbol con la violencia. Cada vez que se producen episodios tan deplorables, no son precisamente pocos lo que intentan construir la teoría de que el fútbol es per se fomentador de comportamientos violentos. Pero al igual que éste y el resto de los deportes no son por sí mismos generadores de valores éticos (es cierto que el deporte puede ser una buena herramienta para educar, pero es solo eso, una herramienta) como proclaman algunos primaveras, tampoco lo son para generar racismo o xenofobia. En puridad son, lamentablemente, un síntoma más de hasta qué punto nuestra sociedad está en decadencia, poniendo de relieve que, por desgracia, dar rienda suelta al odio es la única capacidad de respuesta ante la frustración para no poca gente.

      Desde luego, viendo las vergonzosas imágenes de estos individuos atizándose hasta casi la muerte mientras lo arrasan todo a su paso por calles y plazas diríase que los bárbaros no proceden de fuera, sino que ya están aquí o, mejor dicho, siempre estuvieron aquí también, en la pretendida cuna de la civilización.

      Sí, cuando toca, los europeos somos tan salvajes como cualquiera. No nos equivoquemos. No nos creamos diferentes. Porque en realidad el fanatismo irracional de cualquier índole adopta la forma de todas las razas, habla distintos idiomas, se esconde detrás de múltiples banderas y venera los credos más diversos.

 

                                                                                  RICARDO HERRERAS

 

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