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LA ESCOPETA DE PERDIGÓN

18 Feb

     escopeta

Cae una lluvia densa y fría, tan densa y fría que parece sólida cuando golpea en los cristales. Día desapacible en el pueblo, de los de estar tranquilos en casa al calor de la lumbre, cocinar sin receta, (re)leer un buen libro, revisar fotos familiares en blanco y negro…o limpiar la vieja escopeta de perdigón, esto último algo que confieso no hacía desde hace bastante tiempo.

      Es tomar el arma – de la mítica marca GAMO – en mis manos y, en cuestión de pocos segundos, como esos insectos que se arremolinan en torno a la luz de una farola, acudir a mi mente un montón de imágenes del pasado.

      La verdad es que mi hermano y un servidor sudamos la gota gorda para poder comprarla, allá por los primeros 80´, época en que todos los chicos (hoy, por eso de la corrección política, ningún progenitor que presuma de “moderno” se le ocurriría regalarle una a unos hijos que, sin embargo, oh contradicción de contradicciones, luego se pasan horas enteras ante el ordenador consumiendo sin medida los muchos contenidos violentos habidos en los adictivos y alienantes videojuegos) tenían una para cazar los entonces abundantes pardales, tordos y demás pájaros considerados dañinos por los agricultores. Más de un año juntando nuestras propinas domingueras, ni cromos, ni pastelitos, ni helados ni nada. Habíamos hecho una especie de pacto y si uno de los dos lo rompía, el otro se quedaría con el dinero acumulado hasta ese momento. Podíamos haberlo incumplido, resultaba harto tentador ya lo creo que sí, pero lo cierto es que ninguno lo hicimos. Seguramente por aquello del orgullo masculino y la fidelidad a la palabra dada, algo que todavía por esos años se llevaba a rajatabla en los pueblos que configuran la singular comarca de Tierra de Campos.

      Luego, cuando por fin la adquirimos en una ferretería de Mansilla de las Mulas, seguimos sudando, esta vez por temor a que nuestro padre (el cual, gran aficionado a la tradicional caza de la liebre con galgos, nos había dejado muy claro que no quería ningún tipo de fusil en casa) nos la descubriera y partiera en dos de un solo golpe en uno de esos habituales enfados suyos en los que era del todo imposible discutir con él. Por eso teníamos que sacarla a escondidas en las excursiones que hacíamos en bici al campo acompañados de la susodicha carabina, no sacándola de la bolsa hasta que no nos encontrábamos lo suficientemente alejados del hogar.

      Prácticamente íbamos a todas partes con ella. Es curioso: recuerdo que cuando la llevaba quien escribe estas líneas el minutero del reloj parecía volar y cuando le tocaba portarla a mi hermano era al contrario, se eternizaba. ¡Qué cosas!

      Nuestro paraje preferido era el valle, al que había que llegar tras un largo trayecto de varios kilómetros, si bien merecía la pena. Allí, a lo largo de las interminables hileras de chopos, ambos caminábamos contra el viento mientras nos escondíamos entre los matorrales para acechar (normalmente con poca suerte, hay que decirlo) a alguna taimada pega o ruidoso grajo antes de darnos un buen baño en el reguero y luego merendar sobre la hierba una rica tortilla de patatas preparada por nuestra madre. A fin de cuentas, se podría decir que lo de menos era la caza; lo importante era pasar la tarde disfrutando de la naturaleza.

      Aquellos fueron sin duda algunos de los mejores momentos de mi infancia, solos, mi hermano y yo, disparando a la nada bajo ese característico cielo azul de la meseta casi siempre surcado de cirros vaporosos semejantes a bolas de algodón deshilachadas…

      Al volver en mí, veo que ahí fuera la lluvia ha cesado y un mortecino sol invernal asoma a duras penas para pintar de colores mojados árboles y casas. ¿Y si vivir no fuese otra cosa que coleccionar recuerdos?

 

RICARDO HERRERAS

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