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SOS HUMANIDADES

11 Feb

humanidades

 

A estas alturas de la película, no me cabe la más mínima duda de que los que hemos estudiado cualquiera de las ramas que conforman el gran árbol de las Humanidades nos caracterizamos (entre otras cosas) por una mayor capacidad para estructurar el pensamiento, lo cual se refleja desde en una superior comprensión lectora o habilidad a la hora de redactar hasta una mejor actitud para afrontar los problemas cotidianos; por un mayor espíritu crítico (que no “criticón”) y autocrítico, ambos muy sanos; por una mayor apertura mental, empatía, inteligencia emocional y generosidad tanto en la forma de trabajar como de relacionarnos con los demás; amén de una mayor capacidad para comprendernos a nosotros mismos, el contexto en el que desarrollamos nuestras acciones y, por ende, el complejo mundo que nos ha tocado vivir.

             Precisamente por eso, la actual, sistemática y nociva postergación de las asignaturas de letras, que llega incluso al desprecio de las enseñanzas que contienen y de quienes las imparten, está muy cerca de convertirse en la más eficaz por sibilina de todas las limitaciones del pensamiento que se llevan a cabo en nuestros días. Dicho con otras palabras, lo que sucede cuando no se ha aprendido (porque previamente no se ha enseñado) a pensar.

           Sí, parece que la literatura, la historia o la filosofía estorban. Y los que las estudiamos y practicamos somos un incordio. Seguramente por eso los de arriba las han ido desterrando poco a poco al rincón más polvoriento y oscuro de la vida laboral. Es sabido que en el momento presente todo lo que no produce dividendos inmediatos no interesa. Pero en el fondo hay algo mucho más preocupante: nos quieren estúpidos y manejables.

           Desde luego, si la marginación de los saberes humanísticos a la que hemos asistido en los últimos 30-40 años tenía como principal objetivo el formar trabajadores especializados, eficaces y resolutivos, esta crisis ha demostrado la falacia de tal premisa.

         Como muestra, un botón. Ahí están los tecnócratas de cuello blanco del FMI, el Banco Mundial o la Organización Mundial del Comercio, empecinados en aplicar con verdadera terquedad sus programas de ajuste económico sobre una realidad que, más allá de las engañosas cifras macro, les contradice un día sí y otro también y que, si no fuera por el infinito sufrimiento causado entre la población por su banal ejercicio de la maldad, bien podrían ser calificados de gilipollas solo aptos para ser sustituidos cada cierto tiempo – cual robots clónicos – por otros nuevos tecnócratas igual de gilipollas.

        Al parecer nadie se ha dado cuenta (lo digo con ironía: en realidad los poderes fácticos no han querido ni quieren darse cuenta, lo cual es muy diferente) de que los auténticos valores únicamente podrán recuperarse de la mano de las hoy denostadas Humanidades. Sin ellas, jamás podremos salir de esta crónica depresión mundial, pues lo que está en juego no es solo una cuestión de reactivación económica, sino algo tan crucial como qué concepto de humanidad queremos para el futuro. Casi nada al aparato.

         Incluso a un nivel eminentemente práctico, ¿es imaginable llevar a buen puerto (por poner un ejemplo) las infraestructuras de un país sin saber al menos algo de la historia o cultura del mismo?

         Por eso, en vez de formar autómatas para nutrir al mal llamado mercado laboral como se hace ahora, sería básico que los alumnos actuales aprendiesen desde muy temprana edad a pensar y a expresar sus ideas en voz alta. ¿Cómo? Fomentado el esencial binomio reflexión-conocimiento. No hay otra forma.

          De lo contrario, de seguir por estos derroteros, llegará un momento en que vivamos una terrible distopía donde pensar sea delito. Muy bien, ¡pues a mí que me den cadena perpetua!

 

 

RICARDO HERRERAS

 

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