TRAVESÍAS DE PESIMISMO Y DESAZÓN

17 Dic

Sin título

Estoy convencido que esto de escribir algo de verdadero mérito va inevitablemente asociado a la violencia de espíritu. Sí, he dicho bien. Me explicaré: no pocos autores contemporáneos publican hoy un tipo de literatura harto insípida que refleja o bien una personalidad demasiado “amable” o bien un desmedido respeto hacia la ominosa dictadura de la corrección política o bien no inquietar en exceso las autocomplacientes conciencias de un público cada vez más confinado en burbujas de irrealidad. ¿Dónde fueron a parar, pues, la rabia, el desasosiego y la mala uva? En realidad, la literatura (como el resto de manifestaciones artísticas) con mayúsculas casi nunca ha sido ni amable ni simpática, pues todo autor que se precie de tal suele estar en perpetua guerra civil consigo mismo, boxeando con sus fantasmas particulares, a medio camino entre la amargura y la locura.

      Digo esto a propósito de que en estas pasadas semanas he vuelto a releer una de esas novelas que sí se puede decir te cambian la manera de ver la vida. La que, en mi adolescencia, me dejó a la vez atónito, seducido y fascinado por su atroz desesperación e incómoda negrura. La que, en definitiva, me enseñó que hay que estar dotado de mil demonios internos y una dolorosa lucidez para escribir algo realmente perdurable y que merezca la pena: Viaje al fin de la noche.

      Escrita en el ya lejano 1932 y a través de su alter ego Ferdinand Bardamu, el polémico, genial e influyente escritor francés Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) transita en ella por algunas de las experiencias vitales más extremas de principios del pasado siglo XX (como la locura homicida de la Gran Guerra, la supervivencia en unas colonias africanas convertidas en auténtico “corazón de las tinieblas” o la durísima vida como inmigrante en una América kafkiana, tres espeluznantes reflejos del lado oscuro del Occidente capitalista), a las que habría que sumar la estancia en un sombrío manicomio para huir de dicha carnicería bélica, la asistencia como médico a pacientes terminales de los barrios bajos parisinos o el amor imposible hacia una prostituta. 

      Pero lo que hace único por perturbador a este libro es el modo en que Bardamu va a emprender esa odisea infernal, dejando de lado cualquier atisbo de heroísmo y esperanza, vomitando un sarcástico, brutal y cínico desprecio contra todo y contra todos a través de una prosa tensa, quebradiza y mordaz que a ratos roza directamente la insolencia y acaba por provocar un extraño efecto de pegajosa sordidez en el lector, destacando su marcado gusto por encadenar sentencias lapidarias (a ver quien es el guapo que se aplicaría la mítica “En la vida hay que elegir, mentir o morir” en unos tiempos donde nuestras muchas miserias cotidianas se dan de bruces con las infinitas chorradas buenrrollistas que colgamos en las redes sociales) que, una tras otra, van resonando en nuestro cerebro como auténticos cañonazos de dinamita verbal.

      Con el paso de los años, y a pesar de mi particular bagaje de heridas en el corazón y cicatrices en el alma, sigo sin poder justificar el proceder de su atribulado protagonista y muchísimo menos el trasfondo ideológico que de algún modo explicaría la ubicación política de su muy controvertido autor (virulento antisemita, misántropo recalcitrante, filofascista declarado, colaboracionista bajo el régimen de Vichy) tiempo después tras el pacifismo anarcoide de su juventud. Admito eso sí que, de acuerdo a lo que veo a diario, cada vez entiendo más al torturado Bardamu, su nula creencia en la bondad y la honradez, su nihilismo, su desencanto, su escepticismo. Porque su particular viaje al fin de la noche constituye una de las más sobrecogedoras rutas por los abismos y pesadillas de la condición humana, desde la mezquindad de quienes desde arriba manejan el cotarro a la zafiedad de un pueblo demasiadas veces convertido en chusma y/o populacho.

      Cima literaria universal, obra maestra absoluta, redonda, total, definitiva, de lectura imprescindible y relectura periódica. Ahí queda eso.

 

RICARDO HERRERAS   

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