LA “PENÚLTIMA”

10 Dic

factotum_dillon

Estoy en uno de los pubs más antiguos de la ciudad. Una gran barra en forma de “ele”, unas pocas mesitas y unos sofás discretamente iluminados para que las parejas puedan darse besos de tornillo y magrearse un poco a partir de determinadas horas. No faltan los cuadritos con marcas de ginebra y cerveza, la diana para jugar a los dardos, la macro pantalla televisiva para ver los partidos del Real Madrid-Barça o la inefable máquina tragaperras.

      Cerca de mí, una pelirroja con un vestido negro ajustadísimo – tanto, que no sabría decir si ella está fuera y trata de meterse dentro de él o bien ella está dentro e intenta salirse fuera del mismo – me ha lanzado una de esas miradas que a uno le harían desear ser más joven, guapo y, por qué no decirlo, tener la cartera repleta de billetes de cincuenta euros, pero a la vez te recuerdan que no es así. Lástima.

      Miro el reloj. Momento de regresar a casa, no sin antes cumplir con el rito de tomar la “penúltima” en el bar de uno de mis mejores amigos. Es verdad que C…hace ya un buen rato que ha apagado todas las luces de su coqueto local salvo las que se proyectan sobre el limpio y recogido mostrador. Por suerte éste es un tío majo y me permite apurar, con parsimonia y delectación, dicha copa, mientras él termina de hacer sus cuentas en un rincón y quién sabe si también de rellenar la quiniela.

      Cuando, a altas horas de la mañana, la luz artificial colorea de ámbar las sombras de la noche, los taxis cruzan las avenidas vacías en medio del asfalto humedecido por la bruma y la leve e inevitable melancolía se apodera de casi todos nosotros, resulta agradable estar ahí solo (es mejor beber acompañado, lo sé, pero en buena compañía, claro) en silencio, retrepado en la silla, con la bebida entre las manos como quién reza una oración y la grandísima suerte de contemplar con nitidez lo que tanto nos cuesta distinguir en condiciones digamos “normales”, esto es, la vida; en concreto, esa clase de vida que hace que todavía tengamos esperanzas aun cuando en el fondo sepamos con certeza que existen muy pocas posibilidades de éxito porque ya empezamos a acumular demasiadas “penúltimas” cosas en ella.

      Pero para vislumbrar tal imagen de la existencia a través de un pequeño objeto de vidrio lleno de licor, además de cierto estilo, se requiere sensibilidad. Porque, al contrario de lo que se piensa, beber no conlleva necesariamente tener que emborracharse hasta caer de culo. Si se hace, suele aflorar a la superficie el lado oscuro de nuestro carácter y nos acabamos transformando en unos pelmazos y groseros de cuidado.

      Lo ideal, en cambio, es alcanzar esa plácida sensación de ver doble cuando todo alrededor se torna como de otra luz. Dicho con otras palabras: no llegar a estar tan borrachos como para no darnos cuenta de que empezamos a estar borrachos. Es más, pienso que quienes no saben beber, mejor sería que no lo hiciesen, so pena de mostrarse luego demasiado efusivos con las farolas o acabar tirando piedras a los escaparates de las tiendas.

      Un “buen” bebedor no compite ni discute. Tampoco es aconsejable beber para olvidar: como diría Breton, primero hay que olvidar y luego beber. Es cierto que el alcohol te aleja de la triste realidad durante un rato, pero no es menos cierto que luego te devuelve a ella por un camino sembrado de minas. ¿O no?

     En medio de tanta reflexión “alcohólica” propiciada a buen seguro por el agradable sopor que provocan los vapores etílicos, dejo el vaso en la barra, me despido de mi paciente amigo y salgo a la calle de madrugada – la cuál siempre huele a pan tierno y sueños infantiles – esta vez sí camino de casa, instante que aprovecho para prometerme a mí mismo que ese Dry Martini es el último que tomo en el próximo y pasado siglo…

                                                                                  RICARDO HERRERAS

 

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