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    MITCH

3 Dic

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Cuando lo vi por vez primera en una peli que echaban por aquella TV en blanco y negro de los 70´ supe de inmediato que sería mi actor favorito. Entonces me llamó la atención su particular y cansada forma de andar (él decía que para “meter tripa”), a la manera de un ganso, que luego yo en vano remedaba al pasar ante las chicas a las que quería impresionar, sin darme cuenta todavía de que a los grandes de verdad no se les puede imitar.

            La suya fue una existencia de leyenda, repleta de alcohol, escándalos (incluido el de su detención y posterior encarcelamiento por posesión de marihuana), amoríos con guapísimas compañeras de profesión (caso de Ava Gardner o Shirley MacLaine, y eso a pesar de estar casado durante toda su vida con la misma mujer), conflictos con directores/productores y boutades (las cuales, por sí solas, llenarían un libro entero) soltadas a la cara de los despistados gacetilleros que, en vano, tantas veces trataron de entrevistarle con un mínimo de seriedad. Su infancia y juventud transcurrieron ya de un modo muy poco convencional: adolescente vagabundo, polizonte del ferrocarril en la época de la Gran Depresión, boxeador amateur, pequeño delincuente…todo ello antes de encontrar su primer trabajo en la llamada Meca del Cine a comienzos de los 40´ al que siguieron muchos otros en cinco décadas de notoria actividad.

            Los “ingredientes” naturales con los que contaba este icono de la gran pantalla – masculinidad poderosa, humor cáustico e indiferencia existencial – le hicieron acreedor a ser uno de los primeros antihéroes modernos e inventor casi absoluto del cool cinematográfico. No hay que olvidar que Mitchum forjó su talento dentro de los parámetros del noir clásico interpretando a perdedores contumazmente perseguidos por la fatalidad. Pero bajo su imagen de tipo duro y descreído, bajo su pétrea máscara de lacónico cinismo e ironía sutil, tras esa somnolienta y socarrona mirada del “viva la Virgen” que ya lo ha visto todo y está de vuelta, tras esa actitud indolente y despreocupada de quien no se toma nada demasiado en serio, el bueno de Bob escondía un hombre culto que jugaba a no parecerlo y un sentimental en toda regla al que la fama jamás se le subió a la cabeza. Un hombre extraño y complejo, desde luego.

            Así, sin necesidad de pasar por el Actor’s Studio (ni falta que le hizo: le bastó con su anguloso careto de hurón, su cuerpo enorme, su sobria gestualidad, en definitiva, con su carisma y magnetismo frente a la cámara), Mitch se dedicó durante casi medio siglo a pulir con paciencia y sin aparente esfuerzo el arquetipo del romántico outsider en inolvidables personajes de cowboys crepusculares, aventureros desengañados, detectives enamoradizos, predicadores enloquecidos, ex convictos altamente peligrosos o heroicos soldados a su pesar. Unas “vidas” de película que componen el espectacular currículum del chico más salvaje (con permiso de Sam Peckinpah) y provocador de aquel Hollywood dorado.

            En realidad, Robert Mitchum era (como Bogart, Cagney, Wayne y toda esa pléyade de irrepetibles intérpretes de raza, hechos a sí mismos) puro estilo, una manera de beber y de fumar (el sempiterno cigarrillo que llevaba en la boca parecía estar siempre en perfecta simetría con su particular rostro asimétrico coronado por esos característicos ojos tristes y descabalgados suyos), una inconfundible forma de ser y de estar, todo un tío en resumen, de los que ahora no quedan ni en el celuloide ni en la vida real.

            El pasado julio se cumplieron diez años en que no está con nosotros, pero sus películas continúan ahí, y ése es en definitiva el mayor legado de quien hoy es considerado unánimemente como uno de los reyes de las salas oscuras, devolviéndonos cada vez que lo vemos de nuevo en acción en las mismas la extraña belleza que encierra el desencanto.

                                                                                               RICARDO HERRERAS