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08:15 A.M.

6 Ago

 

reloj

Hacía rato que había amanecido, pero justo a esa temprana hora de la mañana el día se convirtió en noche para los confiados habitantes de Hiroshima, ciudad en la que literalmente el tiempo se detuvo para desatarse a continuación el infierno hoy hace ya 70 años.

En nuestros días, la extendida durante largo tiempo opinión de que el bárbaro, atroz e inenarrable acto de lanzar las bombas nucleares (la segunda, sobre Nagasaki el 9 de agosto) motivaron la rendición de Japón solo unas pocas semanas después evitando así un elevadísimo número de bajas norteamericanas parece ya más un mito alentado por la propaganda para justificar una decisión del todo injustificable que una realidad objetiva. De hecho, los estudios más serios de las últimas décadas basados en documentos desclasificados del Alto Estado Mayor Imperial concluyen dos cosas: que las autoridades niponas llevaban tiempo buscando una salida negociada y honrosa al conflicto, la cual contemplaba principalmente que a su divinizado Emperador no se le juzgara por crímenes de guerra como así pretendía el gobierno estadounidense; y que fue en realidad la simultánea declaración de guerra de la URSS arrebatando de un plumazo Manchuria al Imperio del Sol Naciente lo que dio la puntilla a éste. En puridad, las principales ciudades japonesas llevaban muchos meses siendo devastadas por los B-29. Pero lo que hizo al gobierno del primer ministro Suzuki tirar la toalla fue ver cómo sus siempre aguerridos soldados (la flor y nata de su ejército de tierra, no lo olvidemos, se encontraba en dicho territorio chino) se derrumbaban sin apenas resistencia ante el empuje del entonces incontenible ejército rojo.

Parece claro, por el contrario, que el principal objetivo que buscaban los USA borrando de la faz de la tierra dos ciudades sin ningún valor estratégico-militar era en verdad intimidar a la Unión Soviética, mostrando a Stalin su capacidad destructiva y su total falta de escrúpulos para aplicarla contra poblaciones civiles indefensas. Era la forma de decirle al mundo que, tras la Segunda Guerra Mundial, Norteamérica se había convertido en el nuevo amo y que nada ni nadie debía oponerse en su camino. Cosa que, dicho sea de paso, no consiguió del todo. A corto plazo, es cierto que evitó no solo que la URSS estuviera en el primer plano de la célebre foto de la capitulación japonesa sobre la cubierta del USS Missouri en la Bahía de Tokyo el 2 de septiembre de 1945, sino que la alejó del Pacífico, el Mare Nostrum estadounidense. Pero el Padrecito no era de los que se amedrentaban con facilidad y, para pasmo de Truman, a finales de los años 40´ ya había conseguido fabricar su propio artefacto atómico, inaugurando el “equilibrio del terror” que marcaría los más de 40 años de Guerra Fría posteriores.

El precio de todos aquellos juegos geoestratégicos de salón, más de 250.000 víctimas que, a diferencia de lo que sucediera con las pilas de cadáveres de Mauthausen o Auschwitz, no dejaron apenas imagen ni conciencia del horror, solo papeles y más papeles con los nombres de miles de víctimas, convertidas en una cifra escalofriante a la que nadie parece haber puesto cara todavía. Es la ignominia de un crimen descomunal por el que nadie ha pagado aún.

La macabra paradoja es que si realmente era Hiro Hito el principal problema para la firma de la rendición, este monarca de Derecho Divino quien al parecer tampoco se enteraba de nada (sí, como los alemanes con el Holocausto) y por cuya causa murió de la manera más estúpida que imaginarse pueda lo mejor de la juventud nipona al histérico grito de “¡Banzai!” continuó en el trono después por muchos, muchos años. De ser así, quizás hubiese sido mejor haber tirado dichas bombas justo encima de su opulento palacio imperial y no sobre su pueblo…pero lo cierto es que siempre hubo clases.

RICARDO HERRERAS