DEBATES

23 Jul

DEbates

Resulta cada vez más irritante asistir como espectador a un debate televisivo. Lejos quedan desde luego programas tan entrañables como “La clave” – cuya contribución al desarrollo del pensamiento crítico, aprendizaje en la argumentación y respeto al otro fue extraordinaria en esos primeros y esperanzadores tiempos de la llamada Transición: allí se podían reunir falangistas, socialistas, liberales o comunistas sin que nadie fuera groseramente interrumpido durante sus intervenciones – en aquella muy meritoria televisión pública todavía en blanco y negro que se realizó entre fines de los años 70´ y muy primeros 80´ previa a la llegada aquí de unas cadenas privadas que, lejos de ampliar las libertades y subir el nivel por mor de la competencia, nos han traído por el contrario unos grados de cutrez, bochorno y embrutecimiento inenarrables.

En el caso concreto que nos ocupa, la inmensa mayoría de debates catódicos se han ido transformando con el tiempo en algarabías cuasi taberneras donde sus acalorados participantes llevan a cabo obscenas exhibiciones de ignorancia supina cuando no burdos ejercicios de manipulación. Unos participantes que, salvo honrosas excepciones, tienen mucha opinión (no olvidemos que la desinformación consiste básicamente en transmitir opinión disfrazada de información) pero casi nada original, profundo e interesante que decir al carecer de pensamiento propio propiamente dicho, valga la redundancia.

Así, dichos “opinadores” profesionales (autoproclamados intelectuales, en el fondo y salvo gloriosas excepciones no son otra cosa que sofistas de tercera categoría, mamporreros indocumentados, estómagos agradecidos, la “voz de su amo”, guardianes ideológicos del sistema que, encima, son casi siempre los mismos a tiempo completo) van de tertulia en tertulia (España debe ser el país con mayor número de tertulianos por metro cuadrado o cúbico del mundo) opinando sobre todo sin tener en la mayoría de las veces ni repajolera idea de nada. Normal, ya que el objetivo final no es ni mucho menos el intercambio riguroso de pareceres en pos de intentar una búsqueda conjunta de la verdad, sino imponer sus sectarias opiniones carentes del más mínimo aval intelectual a los demás, pues cada uno de ellos, en un ejercicio de impresentable narcisismo, cree ya estar en posesión de la misma. Al final, no importa lo que se dice, el contenido, sino quién lo dice, cómo y con qué torticera e interesada intención, lo cual no deja de constituir una gravísima falta de respeto tanto a la inteligencia de los espectadores como a la cosa en sí o al tema de turno sobre el que se esté debatiendo.

El resultado: falsos debates disfrazados de verdaderos bajo una apariencia de pluralidad, descaradamente pre-cocinados (administración de los tiempos, secuencia de las intervenciones, etc.) dentro de los límites de la conveniencia del mass media de turno y sus inconfesos intereses, cuyas conclusiones finales raras veces resisten ni el más mínimo de los análisis.

En efecto, al igual que el verdadero pensamiento no se construye mediante creencias, el genuino debate no se ha construido nunca ni se construye ni podrá construirse jamás sobre opiniones subjetivas (pues ya se sabe que éstas son, en memorables palabras de Clint Eastwood, “como los culos, pues cada uno tiene el suyo”), sino sobre argumentos, lo cual es muy diferente. Unos argumentos que deben ser expresados por medio de opiniones, por supuesto, pero sólidas, coherentes y basadas siempre en el conocimiento, la experiencia o la información, con honestidad y respeto. Ahí le duele. Y por favor, con calma, algo que no está reñido con la vehemencia y sí (mucho) con el ruido.

            Afortunadamente, Sócrates, Platón o Aristóteles no pueden ver a estos trileros de la palabra, que si no…

 

 

                                                                                              RICARDO HERRERAS

 

 

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