LA SOLUCIÓN ¿FINAL?

9 Jul

      productividad y codicia                   

Con cada aniversario del fin de la II Guerra Mundial, los muchos escritos aparecidos en prensa acerca del horror nazi ganarían en honestidad si pusieran un mayor énfasis en analizar los verdaderos factores – ideológicos, económicos y sociales – que condujeron al paroxismo de la “solución final”, máxime cuando los mismos no han desaparecido del todo. Al contrario, siguen palpitando aún hoy día en los pozos negros del despiadado neoliberalismo vigente.

Leyendo estos días uno de los libros de Primo Levi sobre los infaustos lager levantados por el III Reich, enseguida vinieron a mi mente algunas de las políticas austericidas de la Troika, cuyas concomitancias incluso desde el punto de vista semántico (eufemismos mediante) resultan en verdad asombrosas.

Porque en realidad esos campos de concentración no fueron tanto lugares de exterminio (por lo menos, no solo, con la única excepción quizás de Treblinka) puro y duro como una especie de “espacios industriales” gestionadas con “criterios especiales” por una versión criminal de los hoy famosos “Departamentos de Recursos Humanos” donde (antes de proceder a la eliminación física cuando ya no podían más o no resultaba “rentable” su manutención) se utilizaban a millones de trabajadores como “mano de obra” esclava. De algún modo, la eliminación de “costes” improductivos en los mismos garantizaba el “máximo beneficio” tanto para los jerarcas nazis como para el gran capital alemán (los Krupp, Thyssen, Bayern…), ambos aliados durante doce interminables años.

El llamado Holocausto no fue, desde luego, consecuencia única y exclusiva de la “banalidad del mal”, la a estas alturas un tanto cansina cita de Hannah Arendt. El mal – entendido al estilo kantiano, esto es, como “ausencia del bien”- existió, existe y por desgracia existirá siempre, acomodándose en las fronteras más oscuras de la condición humana. Pero al final Auschwitz (y Sobibor, Bergen Belsen, Mauthausen y demás) hubiera sido inconcebible sin la aplicación de conceptos tan familiares como “planificación industrial”, “productividad”, “máximo rendimiento”, “eficiencia”, “burocratización”, etc., etc. En otras palabras: Auschwitz fue el colofón a la vez exacerbado y terminal del liberalismo capitalista del siglo XIX, de su pragmatismo amoral, alienación salvaje, explotación laboral, socialdarwinismo feroz y colonialismo racista. Guste a quien guste y pese a quien pese.

No quisiera caer en la demagogia ni mucho menos pretendo hacerlo en el tremendismo. Nada podrá ser equiparable a aquel horror, eso está claro. Además, la metodología es diferente. Pero si se piensa con detenimiento, los burócratas nazis y los que trabajan en Bruselas para la UE han perseguido con sus decisiones el objetivo común de minimizar los costes de producción a costa de reducir los gastos de mantener a los trabajadores. La diferencia es que los acólitos de Hitler usaban directamente las cámaras de gas y los neoliberales se inclinan por la progresiva supresión de las bases que desde la postguerra han sustentado el estado de bienestar. Repito, no se trata del mismo método, pero en el fondo lo que se busca es muy similar: exprimir al trabajador y negar cualquier atisbo de valor humano a su trabajo.

Si la Historia debe servir (entre otras muchas cosas) para entender el presente actualizando el pasado, entonces, a la vista de lo que está ocurriendo en el continente, ¿hasta cuándo vamos a seguir pensando la Unión Europea solo como un gigantesco espacio económico ordenado por criterios de “competitividad”, “crecimiento exponencial” o “rentabilidad” olvidando a quienes realmente importan, es decir, a las personas? ¿No es hora ya de una Europa sin los Juncker, Dijsselbloem, Draghi, Tusk y demás adláteres de “los mercados”?

 

 

RICARDO HERRERAS

 

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