TURISMO SALVAJE

5 Jul

 

Magaluf

            El turismo moderno remonta su origen al “Grand Tour”, un viaje por Europa que realizaban jóvenes europeos de clase media y alta, aristócratas británicos principalmente, como parte de su educación, para aprender lenguas extranjeras. Apareció a fines del siglo XVII, e influyó en diversos artistas y escritores del periodo, que conocieron el arte clásico, durante sus visitas a Pompeya, Atenas, y otras ciudades monumentales, de las que se llevaron multitud de recuerdos, como los frisos del Partenón; el 52% de los cuales, se hayan repartidos por varios museos europeos, el 38% en el Museo Británico. Un ”grand tour” podía llevar desde varios meses a varios años, dependiendo del presupuesto. Un mayor presupuesto también facilitaba el saqueo de obras de arte, como el realizado por Thomas Bruce, conde de Elgin, en la Acrópolis. La publicación de guías de viaje hizo que a partir de 1730 la costumbre de realizar un ”grand tour” formativo estuviera plenamente arraigada entre las clases altas inglesas, y se extendiera en otras naciones de Europa, cuyos museos también recibieron obras procedentes de los expolios arqueológicos realizados por los jóvenes “ilustrados” europeos.

            Desde fines del siglo XIX, las mejoras y el abaratamiento en el transporte de pasajeros permitieron el turismo moderno y masivo. En la España franquista, este turismo masivo,en su variante de sol y playa, fue -junto con la venta de mano de obra barata a Europa- la principal baza para crear empleo y, de paso, blanquear mediante las inversiones inmobiliarias, el dinero negro que los acólitos de la dictadura habían ganado en el mercado negro durante los años del hambre y del estraperlo. Tan bien funcionó esta receta económica de los ministros tecnócratas del Opus Dei, que aún hoy sigue considerándose una especie de panacea  para salvar la economía, aunque sea a costa de malgastar nuestros recursos naturales, y crear empleo temporal y mal pagado, por no hablar de hundir la ya pésima reputación de nuestra piel de toro.

            De hecho, el turismo de sol y playa, lleva años dando síntomas de agotamiento: ¿porqué van a seguir viniendo los turistas alemanes a Ibiza, cuando la oferta hotelera de la costa Croata -impulsada por inversores alemanes tras esa gran oportunidad de negocio que fue la Guerra civil yugoslava- ofrece mayor calidad y diversidad al mismo precio o menos? ¿Cómo se pretende que China, el país que mas ha crecido en gastos turísticos durante la última década, nos envíe remesas de turistas, si sólo ofrecemos buen tiempo y playas saturadas, cuando pueden disfrutar de playas casi vírgenes en la costa sur de su propio país? 

            Las respuestas a este desafío han sido dos principalmente:

  • El turismo cultural, del que pretenden beneficiarse ciudades de gran carga histórica como León u otras similares, aunque paradójicamente las actuales autoridades opinan que destrozar una de las últimas plazas con suelo de canto en España, o sepultar un valioso yacimiento arqueológico bajo una autovía innecesaria, paralela a una carretera nacional, es útil para fomentar ese tipo de turismo. Éso sí: los promotores-saqueadores inmobiliarios obtendrán pingües beneficios, tras sobornar al edil de turno para que su compañía reciba el contrato; y el propio ayuntamiento cobrará jugosas tasas por permitir la instalación de cafeterías y terrazas sobre las aceras de hormigón con que han destrozado nuestro patrimonio cultural.

  • El turismo de borrachera, en que destacan las Baleares, dónde miles de jóvenes europeos, sobre todo británicos y alemanes, rememoran las hazañas de sus precursores del “Grand tour”, no ya saqueando yacimientos arqueológicos, sino adornando localidades enteras como Magaluf con basura, orines y vómitos; así como animando el ambiente con espectáculos esperpénticos, trifulcas, e insultos a las mujeres españolas-convertidas en blanco de absurdos “juegos” programados por las propias empresas turísticas-, ante los que la policía está desbordada. Una modalidad turística que ha llegado también a León, de la mano de las despedidas de soltero, y de otros jóvenes “ilustrados” que realizan su “Grand tour”: los Erasmus, mayoritariamente procedentes-que nadie se engañe- de familias pudientes y universidades privadas extranjeras, como cierta estudiante alemana y ciertos estudiantes yanquis, que hace ya cinco años se divertían de lo lindo por el Húmedo, apuñalando gente.

            Veremos de aquí a unos años, qué modelo de turismo se consolida en nuestro país, y en nuestra antaño provinciana, bucólica y ordenada ciudad. Lo que está claro es que los actuales gobiernos -desde locales hasta el nacional-, con su política de destruir monumentos; elevar las tasas de nuestras universidades hasta el punto de que solamente los ricos y los extranjeros puedan matricularse en ellas; fomentar una educación mediocre destinada a producir camareros, cocineros y limpiadores en serie -con todo el respeto a esos oficios-, en lugar de traductores, restauradores de arte y técnicos en turismo; y establecer una legislación que favorece, gracias al Espacio Schengen, la llegada sin control a nuestro país de toda la morralla de Europa, no están por la labor de que sea el modelo de turismo cultural.

 

AQUILINO SANTAMARTA

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