ECOS DEL PASADO

2 Jul

170702

Coincidiendo casi en el tiempo con los tres primeros años de su reinado tras la chapucera abdicación exprés de su padre, arropado por ex presidentes de gobierno, viejas glorias y demás prebostes del régimen del 78, Felipe VI (quien, a fuer de repetirlo mañana, tarde y noche, tantos tiralevitas parece quieren que pase a la posteridad con el sobrenombre de “el Preparado”) pronunció este pasado jueves en el Hemiciclo del Congreso de los Diputados y durante la sesión solemne de las Cortes Generales con motivo del 40º aniversario de las elecciones del 15 de junio de 1977 un discurso cuyo objetivo último ha vuelto a ser glorificar (por enésima vez) la sacrosanta Transición. Un discurso al que, como no podía ser de otra forma, los “coros y danzas” mediáticos y “cronistas oficiales” (caso de la ubicua Victoria Prego) del Reino les ha faltado tiempo para inflar de encendidos elogios.

Y es que algunos, inasequibles al desaliento, siguen sin darse cuenta de que los tiempos en los cuales se podía (pre)fabricar una “historia oficial” y ésta era admitida sin más por (casi) todo el mundo han pasado a mejor vida, máxime cuando buena parte de la población española (empezando por la que, de uno y otro lado, de buena fe y con generosidad, respeto e ilusión en su momento apostó claramente por la reconciliación y convivencia) se siente hoy (y no creo equivocarme al respecto) materialmente estafada y moralmente desencantada por tantas “cosas” que han sucedido aquí desde finales de los 70´ y que todos tenemos en mente.

Porque, si hoy los partidos han prostituido el sistema; si la gente tiene trabajo precario o una vida material lejos de ser aceptable; si la justicia ni está ni se la espera; si la unidad territorial se encuentra en entredicho; si las diferencias sociales y económicas se agudizan día a día; si la corrupción es un mal endémico al que nadie es capaz de poner freno…¿cabe tanta congratulación y autocomplacencia?

Ya echando la vista atrás, si se repasan los mass media del período en cuestión, uno se dará cuenta enseguida de que aquél machacón discurso con ínfulas historiográficas resultaba harto triunfalista e incluso, a ratos, fantasioso. Salvo claro está para los oportunistas de siempre, interesados en legitimar cuanto antes al nuevo régimen, el cual ha sido bien “administrado” por una partitocracia altamente corrupta al servicio exclusivo de una oligarquía entonces definitivamente liberada del corsé a la que le sometía el franquismo e impedía en puridad acaparar el inmenso poder que hoy ostenta  en este desquiciado país de primaveras, ladrones y sinvergüenzas que ni es centralista ni federal, sino autonómico y ahora resulta que “plurinacional”, o sea, todo lo contrario.

Porque los hagiográficos documentales de la señora Prego podrán vendernos muchas motos, pero lo cierto es que, en la distancia y con sentido crítico, la Transición – época en la que transitamos de los códigos del desarrollismo a las poco edificantes conductas del capitalismo avanzado, mutación cuasi antropológica que trajo también consigo el acomodo generalizado a la falsedad, la traición a los viejos ideales, el relativismo por bandera, el empacho consumista, el conformismo mal entendido y la arrogancia del lujo zafio encadenados al imperio de lo efímero, finiquitando así las bases para un futuro solidario como se ha visto luego –  se asemeja bastante a una especie de guateque con pase VIP al que en verdad estuvieron invitadas muy pocas personas.

Por supuesto no el conjunto del pueblo español, al que de forma deliberada y un tanto artera se dejó de lado en lo referente a las decisiones más importantes de aquél proceso quizás por temor a que aquí se produjesen cambios profundos y de verdad democráticos que lo beneficiasen realmente, en otro ejemplo histórico de que cualquier transición política (aquí y en todas partes, que conste: véase Portugal, Sudáfrica, la URSS, etc., etc.) tiene siempre mucho de impostura.

Si bien hay algo curioso en todo esto: cada vez tengo más la impresión de que, en el fondo, la mayoría del mismo nunca acabó de creérselo. Ocurre que, mientras había dinero, aunque fuese de forma artificial por mor de la tan traída y llevada “burbuja” inmobiliaria, la gente se dedicó a mirar para otro lado mientras disfrutaba de su nuevo y (a la postre) efímero estatus de nuevo rico, aun teniendo que taparse las narices ante el hedor desprendido por los omnipresentes casos de corrupción habidos a lo largo y ancho de nuestra bendita piel de toro.

Así, el rabioso eslogan erigido desde 2011 en desenmascarador de este gigantesco castillo de naipes – “Lo llaman democracia y no lo es” – y que todavía puede oírse en no pocos lugares de la geografía cada vez que se convocan manifestaciones, proviene del grito de guerra con el que el polémico grupo La Polla Records se arrancaba antes de entonar “Ellos dicen mierda, nosotros amén”, una canción de aquellos años. ¿Serán acaso los ecos del pasado actuando sobre el inconsciente colectivo patrio?

RICARDO HERRERAS

 

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