¿DE QUÉ VAS, DON DeLILLO?

11 Jun

170611 RH

Corría el año 1984 y al gran Sergio Leone le cupo el honor de inaugurar el festival de Cannes con el que sería, a la postre, su testamento cinematográfico: “Érase una vez en América”, sin duda (por motivos que no vienen al caso) la película de mi vida. Al acabar la proyección su colega y compatriota Antonioni se le acerca y le dice “Hombre, Sergio, podrías haberla acortado un poco”. Éste, sin inmutarse, le espeta “Mira, la diferencia es que mientas yo hago películas de cuatro horas que parece que duran dos, tú haces películas de dos horas que parece que duran cuatro”. ¡Toma ya!

Tan deliciosa anécdota siempre me viene a la memoria cuando pasando las páginas de algún que otro escrito postmoderno me siento como si estuviera avanzando por la pantanosa jungla del Vietnam. No obstante, antes de declararme definitivamente alérgico al mismo, quería darle una nueva oportunidad a dicho movimiento.

Intento fallido. Después de casi tres meses y no sin dificultad, acabo de terminar “Punto Omega” (2010), corta (apenas 160 páginas) novela (si es que se la puede llamar así) del que pasa por ser uno de los más reputados escritores norteamericanos vivos, Don DeLillo, y sigo dándole vueltas para encontrar un sentido a lo que he leído. Veamos: la obertura y cierre son imágenes al ralentí de video-art inspiradas en la genial “Psicosis” de Alfred Hitchcock en el MoMA, nada menos. Los espectadores de tan estrafalaria creación artística aparecen entre sombras, aún no sé si dentro o fuera de la ficción, reales, imaginarios o virtuales. Por cierto, que el Anthony Perkins sale por ahí ejerciendo de detective privado, como lo oyen. En el intermedio (¿del vídeo o de la novela?) un joven director de cine convence a un asesor del Pentágono que ha participado en la guerra de Irak y que casualmente pasaba por allí para hacer un documental sobre él mismo (mismamente a sí mismo) sin tomas (¿!) ni nada que se le parezca. Las esotéricas conversaciones entre ambos (mezcla de pseudofilosofía New Age y delirium tremens agudo) se producen en medio del desierto, imagino que para darle un poco de trascendencia a tanta nimiedad. En esto, la hija del asesor (que no del cineasta, aunque a estas alturas a uno ya le da igual que lo fuese de G. W. Bush o del mismísimo Julio Iglesias) aparece por el lugar, sin saberse muy bien ni cómo ni por qué y, lo que es peor, para qué, pues la moza pinta menos en la ya plúmbea y soporífera trama que la Tomasa en los títeres…

Entretanto, los aspectos típicos y tópicos de todo artefacto literario “postmo” que se precie – metaficción, intertextualidad, collage, pastiche, deconstrucción, narrador poco/nada fiable, juegos temporales, cuestionamiento de los conceptos de realidad e individualidad, preeminencia de la fragmentación sobre la totalidad, ruptura de la linealidad temporal, debilitamiento de las barreras entre géneros, subjetivismo, potenciación del escepticismo y del relativismo ético-moral – sazonan el relato por doquier, pero lo que se dice pasar, no pasa nada de nada. Al menos, nada que merezca la pena reseñar.

            No podía ser de otra manera tratándose como se trata de un auténtico ejercicio de onanismo intelectual solo apto para quienes deseen entrar en una depresión irreversible a base de migrañas de caballo, aspiren a engrosar las filas de alguna secta apocalíptica o no vean el momento de solicitar el ingreso en el frenopático más cercano.

            Aunque, para ser sinceros, sí que se atisba algo positivo en medio de tanto despropósito: los psicótropos que se ha debido meter pal body el muy cachondo de DeLilllo a la hora pergeñar semejante coitus interruptus narrativo; desde luego, en relación a lo plasmado en papel, sus efectos alucinógeno-psicodélicos serán difícilmente superables. ¡Rafael Chirbes nos asista!

 

 

                                                                                              RICARDO HERRERAS

 

 

 

 

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