72 AÑOS

28 May

72 años

Sí, el último día de abril se cumplieron todos esos años – para estos tiempos volátiles, una eternidad; para el discurrir de la Historia, casi un suspiro – desde la muerte oficial en 1945 del autoproclamado führer del III Reich, Adolf Hitler. Y digo “oficial” porque lo ocurrido realmente en aquellos caóticos y confusos días en el búnker berlinés vuelve a ser objeto de especulaciones varias: que si no se suicidó, que si consiguió escapar, que si vivió escondido en algún lugar remoto de Sudamérica junto a otros criminales de guerra nazis…Más allá del evidente gusto por la conspiranoia (no pocas veces justificado, la verdad sea dicha) que nos invade, parece evidente que el maligno influjo del autócrata de origen austriaco tardará mucho tiempo en evaporarse de nuestra psique colectiva.

Lo cierto es que en pleno 2017 y a pesar de los ríos de tinta vertidos, continúa siendo un desafío acertar a definir qué rasgo o rasgos de la personalidad permitieron a un oscuro e insignificante cabo de la Gran Guerra convertirse en el todopoderoso líder de Alemania primero y arrastrar al mundo a la mayor carnicería bélica conocida después.

            Racionalmente hablando, ya solo su aspecto (bigote chaplinesco, elegancia impostada, pedantería bravucona, verborrea incontinente) físico y discursos incendiarios (plagados de mesiánicas fantasías y amenazas sanguinarias) en los cuales entraba casi como en trance con su gesticulación desenfrenada y ademanes de epiléptico, deberían haber provocado la aversión de cualquier ciudadano medianamente sensato. Pero lo que debió ser rechazo (su apelación extrema a los instintos más bárbaros y primitivos de la condición humana) se trocó en irracional e irresistible fascinación para unas masas enloquecidas hasta el delirio (Erich Fromm acuñó “neurastenia colectiva” refiriéndose a las poblaciones contagiadas de los delirios criminales de un individuo psicopático).

Quizás en la singularidad de esos extraños y fríos ojos azul pálido, de esa mirada a medio camino entre un médium enloquecido e hipnotizador profesional de la que emanaba una voluntad fanática impregnada de un magnetismo diabólico y cruel, esté la clave a esta cuestión; menor sin duda, pero nada baladí, al ser puesta de manifiesto por todos aquellos que lo trataron de una u otra forma.

A mi juicio, para ahondar en los aspectos más reveladores (la difícil coyuntura de postguerra; la cobardía/complicidad de la vieja clase política en el ascenso de los “camisas pardas”; el papel desempeñado por la oligarquía industrial, la aristocracia militar prusiana y los terratenientes bávaros en su financiación; la rígida moral luterana de la pureza y el orden; el racismo intrínseco y exaltación del Estado en la construcción nacional de Alemania por parte de los discípulos de Hegel; el deslizamiento hacia el irracionalismo en la filosofía germana sobre todo a partir de Nietzsche; etc., etc.) de Hitler y el nazismo, la pregunta habría de ser formulada al revés, ¿por qué la inmensa mayoría del pueblo alemán abrazó sus ideas y le siguió de forma ciega hasta el último suspiro? Desde luego, su respuesta resultará mucho más clarificadora.

Otra cosa es que la misma impida algún día la repetición de tal ignominia en un país donde, en los últimos tiempos, y con tal de mantener su siempre ansiada hegemonía continental, se han trocado los Panzers por las agencias de rating y el discurso abiertamente racista de la superioridad de la raza aria por la palabrería pseudocientífica de los economistas neoliberales. Al fin y al cabo, existió un componente oportunista (y materialista) en lo que sucedió entonces, cuando tantos alemanes miraron para otro lado mientras vivían relativamente bien gracias a las campañas de saqueo de la Whermach, algo en el fondo no demasiado diferente a lo que está sucediendo ahora, cuándo sólo ellos mantienen una capacidad adquisitiva óptima casi a base de sojuzgar a los países periféricos de la UE con su diktat de ajuste fiscal.

En última instancia, también resuenan las palabras de Sófocles: “Hay en la naturaleza muchas cosas inquietantes; pero nada hay más inquietante como el hombre”. Tal cual.

 

                                                                                              RICARDO HERRERAS

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