OUT OF THE PAST

21 May

 

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Revolviendo viejos cajones en nuestra casa familiar del pueblo encontré hace días una foto donde me veo a mí mismo bastante joven y, a la manera de un auténtico y relamido panoli, vistiendo el uniforme de la última empresa de seguridad en la que trabajé tiempo atrás. Al instante, los recuerdos acudieron desde el sótano más gris de mi vida.

Aún no sé cómo demonios ni el momento exacto que empecé a trabajar allí pues los años ya se me van difuminando en la memoria, pero cuando entré en aquella oficina a buscar curro era un día de primavera tardío y caluroso, eso sí lo recuerdo bien, de esos en los que el calor empieza a ser tan pegajoso como el jarabe. El jefe del chiringuito era el clásico patrón (sería inexacto llamarle “empresario”) de por aquí: una mezcla de negrero provinciano y grosero destripaterrones venido a más gracias a inconfesados favores desde las alturas, explotador (no dejaba de recordarte viniera o no a cuento que poco menos le debías el oxígeno que respirabas) e inculto (sin ningún pudor, se jactaba ante nosotros de haber leído en su vida únicamente el código de circulación), muy capaz de comerse un kilo de mierda antes de dirigirte una sola palabra amable.

De esta forma, de un día para otro, entré como un autómata en una vorágine de cuadrantes demenciales cargados de horarios nocturnos extenuantes en los servicios más estrafalarios, absurdos y algunos de ellos, por qué no decirlo, incluso peligrosos que conllevaron los esperados trastornos en los ritmos circadianos (ausencia de sueño, pérdida de apetito, cansancio crónico) a los que habría que añadir la apatía e inevitable aislamiento social, ambos antesala de la tan temida depresión.

Así durante casi tres años en los que solo hacía que acostarme temprano…para no poder dormir. Porque lo peor era ese insomnio crónico – un estado de perpetua duermevela, donde las cosas se distancian como si las mirases a través de una lente deformada y todo pareciera una mala fotocopia de otra mala fotocopia – que me convertía en un jodido zombie sonámbulo. ¡Y qué decir de la inacción! Horas y horas enteras estando ahí, sin hacer nada salvo ver crecer la hierba o pensar en el sexo de los ángeles, mientras me sentía solo como un grano de arena en medio del desierto del olvido…

No obstante, algo positivo tuvo trabajar en la noche: mostrarme el otro lado de la vida, el menos luminoso, el que revela la auténtica naturaleza de tantas personas (y ahora no me estoy refiriendo a lo que coloquialmente entendemos por “farra”, fachada erótico-festiva en apariencia luminosa y en el fondo falsa;  hablo de otra cosa) y algún que otro “personaje” con los cuales entonces viví momentos buenos y otros no tanto, pero siempre singulares e incluso los hay que todavía hoy los considero amigos.

Al fin, un buen día reaccioné y salí de todo aquello, no sin antes mandar a tomar por culo al susodicho sátrapa. Lo malo es que después di con mis huesos a un conocido Call Center local rodeado de business managers con más vanidad que cerebro, de team leaders que no habrían desentonado de guardianas en los campos de concentración nazis y de un montón de individuos – sin duda, mucho más rastreros que los que me encontré en el “lado oscuro” de la noche – frustrados que, mientras quemaban sus vidas conformándose con ser parte de un engranaje diabólico que los abocaba a la hipertensión, la úlcera de estómago, el infarto de miocardio o la pérdida progresiva de neuronas, por vender un miserable seguro al día bien podrían haber vendido a la vez también a su señora madre.

Pero como diría Rudyard Kypling, “esa ya es otra historia”, una que a lo mejor me da por contar en otro momento, si bien que sospecho no será demasiado diferente a la de tantos jóvenes cualificados que, para vergüenza de nuestros gobernantes y durante demasiado tiempo, han sido condenados a encadenar un trabajo basura tras otro en este extraño país llamado España.

 

 

 

                                                                                     RICARDO HERRERAS

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