“FRIKISMO” Y POSTMODERNIDAD

23 Abr

 

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En pleno ocaso del postmodernismo y ruina económico-moral del mundo presente, se produce un curioso fenómeno: el inusitado auge del llamado “frikismo”. La palabra “friki” proviene del inglés freak y vendría a significar en el idioma druídico de los vástagos sajones “extraño, extravagante”. Por tanto, un “friki” sería algo así como una persona excéntrica para los cánones convencionales que se construye, con sus aficiones, manías, obsesiones, paranoias y, sobre todo, pajas mentales, un mundo digamos autónomo que, paradójicamente, lejos de salvaguardarlo en su intimidad, lo publicita a los cuatro vientos por sentirse orgulloso de su digamos “frikidad”. La llamada “cultura friki” (sic) contemplaría los temas – ya saben eso de “cada loco con su tema” – más variados, siendo preponderantes la ciencia ficción y todo lo relacionado con la fantasía, videojuegos, cómics, animación, etc. 

De algún modo, el “frikismo” sería en los albores del siglo XXI la versión remozada de las tribus urbanas ochenteras (punks, mods, heavies, etc.), cuasi entrañables creaciones del sistema capitalista para encuadrar/reconducir/controlar entonces la rebeldía juvenil con llamativas estéticas de impostado inconformismo y aparente radicalidad antisistema. Ahora, de aquellas poses contraculturales reflejo de la postmodernidad triunfante solo quedan de entre los escombros de la misma subproductos que ésta, ya agotada, hastiada y cansada de sí misma, intenta seguir ofreciendo como un nuevo reclamo consumista para la juventud. 

Y es precisamente en este contexto donde hay que ubicar a los “frikis”, hijos del sinsentido, el escepticismo intelectual, el relativismo moral, el consumismo desaprensivo y el hedonismo nihilista que, frente a la lógica y comprensible salida de fomentar el espíritu crítico para poder entender el mundo circundante o de canalizar la rabia contenida ante tanta desigualdad e injusticia en forma de protesta social para intentar cambiar las cosas, prefieren encauzar su malestar deleitándose (enclaustrados entre las cuatro paredes de su habitación observando el mundo como si fuera otro videoclip más de su ordenador/televisor/móvil de turno) con superhéroes galácticos o erigiendo universos ficticios, intertextuales, contemplativos y autocomplacientes que, en el fondo, los acaban anestesiando, alienando y atomizando sin remedio mientras todas las certidumbres y seguridades (trabajo estable y digno, vivienda asequible, sanidad y educación universales y de calidad) se derrumban a su alrededor en la cruda, pura y dura realidad. 

A lo mejor estoy siendo reduccionista e injusto con ellos. Al fin y al cabo, ¿quién no es un poco “friki”? Tampoco se puede decir que hagan daño a nadie: mejor que les de por ahí que no por evadirse con interminables noches regadas de drogas y música infernal. Hasta se les podría reconocer que al menos tengan alguna que otra inquietud, por estrafalaria que sea. Aunque mucho me temo que ese onanismo intelectualoide e inocuo que los caracteriza hace que estemos ante la enésima victoria del modelo socioeconómico vigente, el cual aún en su senectud sigue mostrando una extraordinaria capacidad tanto para el reciclaje como para anular a sus hijos más díscolos alimentándolos, para más escarnio y desvergüenza, con las migajas de su cada vez más acelerado proceso de descomposición.

En cuanto al postmodernismo, ¡quién lo ha visto y quién lo ve! De las sesudas e incompresibles teorías de aquel atajo de emborronadores de cuartillas tipo Foucault, Lacan, Baudrillard, Lyotard, Derrida, Deleuze o Zizek que un día pretendieron arrogantemente comerse el mundo previo derribo de todo aquello que oliese a racionalismo, para acabar convertido (ahora que se muestra su farsa intrínseca e incapacidad manifiesta para explicar la que está cayendo ahí fuera) en una especie de batiburrillo pachangero e infantilista de quisco reciclado en una thurmix para ser de nuevo deglutido por cuatro pardillos e incautos. 

Pero a ver quién es el guapo que le explica ésto a los “encantados de haberse conocido” responsables de algunos departamentos de nuestras encapsuladas y decadentes facultades o a los arrogantes directores de algunos de nuestros más inefables museos, para quienes dicha corriente continúa siendo casi un “dogma de fe”. Sino, pásense esta misma tarde por el MUSAC y asistan entre atónitos y perplejos a la enésima exposición del jeta de turno…para mear y no echar gota.

RICARDO HERRERAS

 

 

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