MÁGICO

19 Mar

  Mágico González-

En los 80´, cuando los defensas (Arteche, Migueli, Camacho, Goikoetxea, etc.) arreaban estopa de verdad y los terrenos de juego estaban lejos de ser las alfombras que son hoy, hubo un tipo que de haber dado el salto (pudo haber fichado por el PSG, pero no acudió el día de la firma, nunca se supo por qué; e incluso por el Barcelona, con quien hizo el stage de pretemporada en California, hasta que una noche sonó la alarma de incendios en la concentración y todos los jugadores salieron asustados de su habitación excepto él, que se quedó en la suya con una camarera del hotel, por lo que la directiva culé desestimó ipso facto su contratación) a un equipo grande, habérselo tomado más en serio y, sobre todo, haberse cuidado un poco estaría en estos momentos en el olimpo balompédico al mismo nivel que los más grandes de la historia del llamado “deporte rey”.

Y si alguien piensa que exagero, ahí están los videos para demostrarlo. Pero aquél tipo melenudo, un tanto desgarbado, de aire despreocupado y pocas palabras, mirada somnolienta/resacosa, vago como pocos y comportamiento extravagante e imprevisible prefirió beberse la vida antes que ser una estrella rutilante podrida de millones mientras, en sus ratos libres, jugaba en aquel taquicárdico Cádiz de los Mejías, “Sandokan” Juan José, “Pepe” Szendrei o unos jovencísimos Kiko y Quevedo que siempre parecía evitar el descenso en el último segundo del último minuto del último partido liguero.

Desde luego, en la paradisíaca ciudad gaditana pudo disfrutar a sus anchas de días soleados durante casi todo el año, juergas interminables hasta el amanecer, mujeres bellísimas a las que hizo hijos que tardó en reconocer, amigotes dentro y fuera del vestuario que lo querían con locura además de un público que lo adoraba casi como a un dios viviente: vamos, el ecosistema perfecto para un vividor compulsivo e incorregible como el susodicho.

Sí, en efecto, estamos hablando del salvadoreño Jorge “Mágico” González. Con el 11 a la espalda e inconfundibles medias caídas, en la “Tacita de Plata” quienes ya peinan canas todavía recuerdan sus tardes de gloria, ésas en las que – alineados todos los astros del firmamento – se hacía el silencio absoluto en el estadio Ramón de Carranza cuando acariciaba el esférico y, ante el delirio del respetable, le daba por destapar el tarro de las esencias con sus pases imposibles, regates inverosímiles y goles sublimes de puro irreales que se sacaba de la chistera cual Curro Romero del balón.

Genio y figura, personal e intransferible, con mil y una anécdotas (entre reales y atribuidas: como esa vez en que se quedó dormido mientras le daban un masaje durante el descanso de un Cádiz-Atlético Madrid y no saltó al campo hasta minutos después de comenzada la segunda parte; o esa otra en que, después de estar varios días sin acudir a los entrenamientos, fue a buscarlo al domicilio su propio entrenador, el temperamental David Vidal, siendo éste recibido en la puerta nada menos que por el mayordomo del pelotero centroamericano…), en absoluto ejemplo para los niños (y ni puñetera falta que hace), esta semana cumplía 59 años en su San Salvador natal, donde se dice que pasa las horas muertas en su humilde casa tumbado en la hamaca y mirando la televisión en una especie de jet lag perpetuo: despierto de noche y dormido de día, como no podía ser de otra manera.

Así que felicidades. Y, aunque cada vez menos, por la pequeñísima parte que me toca como espectador y aficionado, gracias por los buenos ratos que me hiciste pasar de chaval, en una época (al menos eso creo: quizás es que entonces era yo demasiado inocente) en la que el fútbol aún no se había convertido en el obsceno negocio y circo mediático que es en nuestros días. Va por ti, maestro.  

 

 

                                                                                   RICARDO HERRERAS

 

 

 

 

 

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