UNA GENERACIÓN PERDIDA

12 Mar

                EL ROTO Joven desempeado

Si no fuera porque España se encuentra desde hace lustros instalada en la pseudocultura del chascarrillo más chabacano, hace tiempo que algún buen ensayo, un puñado de estimables películas (no chorradas tipo “Ocho apellidos vascos”) o siquiera un ramillete de notables novelas se habrían ocupado de nosotros, los nacidos en los años 70´, ahora entrados en la cuarentena y cuasi desahuciados para el implacable mercado laboral. Estoy hablando de una auténtica generación perdida, maltratada y derrotada como pocas en la tortuosa trayectoria de este extraño e ingrato país. A pesar de una – en líneas generales – excelente formación, los que estábamos llamados a enriquecer con nuestro bagaje académico y trabajo el presunto devenir democrático patrio, muchos seguimos padeciendo todavía uno de los peores males que se pueden padecer: la falta de expectativas de futuro. Con toda la mitad de la vida por delante, diríase que solo tenemos pasado.

          ¡Qué ironía! La propia Unión Europea (ahora sabemos que de los mercados y banqueros, no de los ciudadanos) que hace apenas tres décadas parecía habernos introducido por la senda de la modernidad y el progreso, es la misma que actualmente nos envía – con la inequívoca complicidad de nuestros insolidarios oligarcas y corruptos políticos – a la periferia del sistema y, si no lo remediamos, la que nos puede hacer perder el tren de la historia para bastantes décadas. En efecto, las “reformas” que se han aprobado  hasta la fecha (y las que se están cocinando por lo bajinis) no van encaminadas a que seamos “competitivos” con Alemania o Francia, sino con Singapur o Bangladesh, lo cual se ha traducido en trabajos precarios por sueldos miserables y despidos a la carta.

          A la mayoría de nosotros nunca se nos ha dado la oportunidad de demostrar nuestra verdadera valía en aquello en lo que con tanto esmero nos formamos. Somos quienes nos dejamos los sesos en las aulas de alguna que otra facultad para conseguir un título universitario que a nadie importa hoy, sentenciados luego al paro o, en el mejor de los casos, a partirnos el lomo encadenando trabajos basura. 

Otros, seguramente los más lúcidos y valientes, se fueron hace tiempo, se están yendo ahora mismo o se irán muy pronto, por la puerta de atrás y sin hacer ruido, en un éxodo sin precedentes desde los años 60´ del pasado siglo, buscando fuera una oportunidad de curro que, desde luego, nunca será como nos cuentan en Españoles por el mundo, infame programa televisivo empeñado en convencernos de lo orgullosos que debemos sentirnos de que el orbe entero esté plagado de españolitos sobradamente preparados. Mientras aquí solo prosperan los “hijos de” tal o cual cacique local o autonómico, los mediocres, enchufados, lameculos y meapilas de siempre, estos jóvenes inmigrantes se convierten en mercenarios forzados a encontrar quien les garantice, con mucha suerte, mil euros mensuales allende nuestras fronteras. Hartos de llamar a cientos de puertas, de enviar miles de currículums y de mantener innumerables entrevistas, optaron por largarse de una madre patria que, en puridad, se ha portado cual mezquina y cruel madrastra.

No pocos, los que peor lo tienen, jamás volverán a levantar cabeza con los ruinosos pagos a los que habrán de hacer frente hasta prácticamente el último día de su existencia, sin ninguna oportunidad para rehacer sus maltrechas vidas por mor de una anacrónica ley hipotecaria. Son los engañados por el espejismo del ladrillo, los timados por el eslogan “España va bien” o por afirmaciones del jaez de que jugábamos en la “Champions League de las economías mundiales”, los utilizados como cobayas por quienes, respaldados para más inri en las urnas, nos han robado a manos llenas sin ningún pudor ni problema de conciencia.

Finalmente, algunos no están ya entre nosotros. Cansados de luchar, presionados por las facturas, hastiados de no encontrar soluciones, asqueados de todo y de todos, con depresiones crónicas, envejecidos muy antes de tiempo, un buen día decidieron acabar con su sufrimiento y quitarse de en medio. ¿Por qué los noticiarios no nos cuentan el escalofriante incremento aquí en el número de suicidios desde el año 2008?

También es cierto que, ante tal estado de cosas, podíamos haber tenido el coraje de organizarnos como sociedad civil, aunque solo hubiese sido para que los responsables de este estropicio asumieran sus responsabilidades políticas y penales, para exigir al gobierno de turno que diese un puñetazo encima de la mesa y mandase al Bundesbank a cobrar la onerosa deuda financiera en billetes de Monopoly, para…Aunque es verdad que algo así siempre resulta mucho más fácil decirlo en la barra de un bar o incluso escribirlo en artículos como éste que llevarlo a cabo.

          Sí, esta crisis (me temo que aún lejos de terminar) está teniendo en nosotros los mismos efectos de una guerra, aunque no haya tanques ni aviones o ametralladoras a la vista. Y no exagero ni un ápice: a sólo dos horas de avión se encuentra la depauperada Grecia, país al que las directrices de la Troika comunitaria han convertido de manera vergonzosa en poco menos que un campo de concentración, con unos niveles de penuria no lejanos a los de ciertas naciones consideradas tercermundistas.

Desde luego, solo a quien le haya pasado la vida por encima podrá entender de lo que estoy hablando. Lo cierto es que, si salimos airosos de la que está cayendo, seremos auténticos supervivientes. En ese sentido, espero que en algún momento podamos contarles a los más jóvenes nuestra particular épica para capear la lluvia de piedras que hemos soportado durante estos años y no ir a peor, en la cual descubrimos de paso de qué material – el mejor y el peor – estamos hechos los seres humanos, ahí es nada.

 

 

                                                                      RICARDO HERRERAS

 

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