DESPEDIDAS DE DIGNIDAD

20 Feb

 

poder-y-sumision

Por los muchos lugares de fiesta que hay repartidos a lo largo y ancho de la geografía española proliferan en nuestros días vociferantes comitivas formadas por jóvenes y puretas afectados de síndrome de Peter Pan agudo estrafalariamente adornados con globos en forma de falos o pechos femeninos, en garrula peregrinación de garito en garito hasta caer medio muertos de tanto beber alcohol.

A riesgo de ser tachado de anticuado o carca en este aspecto concreto, lo cual a estas alturas me importa bien poco, debo admitir que la contemplación de estos grotescos espectáculos erótico-festivos donde se dan rienda suelta a los instintos más bajos y que parecen la traslación perfecta del malsano espíritu de la telebasura a la realidad me producen una cierta vergüenza ajena. No tanto por una cuestión de moralidad o de corrupción de las llamadas “buenas costumbres” – los muy necesarios ritos de paso han existido toda la vida y en los mismos siempre han estado presentes unas entendibles dosis de exceso; al igual que en aquellas celebraciones populares tipo carnaval en las cuales antaño sí que se cuestionaba y subvertía temporalmente el orden social establecido, todo lo contrario que ocurre hoy en la importada, comercial e inane Halloween– como una cuestión de dignidad personal.

Es verdad que estos circos (en la actualidad estrechamente vinculados a las inefables “despedidas de solteros”) no deberían ser algo como para tomarse demasiado en serio, pero en el fondo no dejan de indicar el estado calamitoso al que ha llegado la cultura popular patria. Quizás por eso, cada vez que veo a uno de mis compatriotas degradarse de tal modo, pienso de inmediato que no conviene darle armas al enemigo. La crisis económica y social (con recortes intolerables e índices de pobreza inhumanos) que estamos sufriendo es ya de por sí lo suficientemente humillante como para, encima, mostrarnos envilecidos e indignos ante quienes desde arriba nos están estafando/explotando de manera tan inmisericorde, porque entonces nosotros mismos nos estaremos convirtiendo en el mejor argumento de nuestra propia miseria dando la imagen de que podemos aguantar todo lo que nos echen.

Es más, si continuamos ahondando en la cuestión nos daremos cuenta que buena parte de ello apunta a un atávico espíritu de servidumbre que el conjunto del pueblo español no acaba de quitarse de encima tras siglos de sometimiento, humillación y miedo sistemáticos con los que se nos ha tratado. Tampoco hay que retrotraerse mucho en el tiempo: repetir, por ejemplo, un día sí y otro también como repiten algunos tertulianos paniaguados que le debemos esta “democracia” a la magnanimidad de un rey es propio de un pueblo sin orgullo: ¿desde cuándo la democracia es algo que se regala y no algo que se conquista como el resto de los derechos (sanidad, educación, etc.) sociales?

Tal vez España esté aún muy lejos de ser un país de auténticos ciudadanos y siga siendo todavía un país de súbditos. Súbditos cautivos y afectados por un irremediable síndrome de Estocolmo que – como puede verse aquí elección tras elección – siguen votando cual cómplices necesarios a los responsables directos de su desgracia. Esto lo sabe muy bien nuestra insolidaria oligarquía y nuestros corruptos politicastros, amén de la todopoderosa Troika comunitaria, quiénes continúan haciendo con nosotros lo que les sale de las narices.

Suena duro y nada halagador, desde luego, pero honestamente creo que es la triste realidad.

 

 

                                                                                             RICARDO HERRERAS

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