LUGARES DE LA MEMORIA

12 Feb

auschwittz

El 27 de enero pasado se “celebró” (por decirlo así) el Día Internacional del Holocausto, otra vez marcado por el soterrado aunque encendido debate que de unos años a esta parte viene generando el sentido mismo de la preservación de las antiguas fábricas de la muerte levantadas por el ominoso régimen nacionalsocialista alemán en algunos enclaves de la vieja Europa.

Es el caso paradigmático de Auschwitz-Birkenau, a tan solo 40 kilómetros de la ciudad polaca de Cracovia, el más tristemente célebre lager creado por los “chicos” del III Reich, hoy día un museo de los horrores congelado en el tiempo cuyas cámaras de gas, hornos crematorios y montañas de objetos personales (gafas, zapatos, maletas, gafas, etc.) arrebatados a los prisioneros deberían servirle al visitante de turno de constatación física de lo peor que el ser humano puede llegar a hacer cuando goza de total impunidad o da rienda suelta a su odio homicida, amén de inolvidable lección vital al recordarle uno de los episodios más infames que hayan acontecido nunca y que, precisamente por eso, nunca deberían volver a ocurrir.

Sin duda, una dura visita que convendría fuera muchísimo más allá de lo estrictamente turístico. Y es que, en última instancia, el debate sobre la en mi opinión indispensable conservación de los campos de trabajo y/o exterminio nazis  no es tan importante como sí lo es el sentido último de la misma. Es decir, que sería muy deseable que no acabemos convirtiendo a estos sobrecogedores lugares de la memoria en meros parques temáticos para que ñoñas familias burguesas vayan allí en autobuses fletados por agencias de viajes a pasar el día con sus consentidos niños (perrito incluido) mientras se montan un picnic en los terrenos adyacentes o para que estúpidos adolescentes se hagan selfies en sus excursiones a tan cargado de dolor y significado espacio como si de un mero pasatiempo se tratase.

Alguien dijo una vez con gran acierto que “Olvidar el Holocausto es como matarlo dos veces”. Pues comercializarlo en aras de la sacrosanta rentabilidad en la que nos movemos o banalizarlo en el de la propia lógica de la sociedad del espectáculo que todo lo invade sería ya reducirlo a la categoría de una pura y simple anécdota, a un mero “detalle” como lo calificó no hace demasiado tiempo el atrabiliario fundador del Frente Nacional francés Jean-Marie Le Pen.

Porque de ahí a negarlo, habría solo un paso. Un pequeño y peligroso paso.

 

                                                                                   RICARDO HERRERAS

 

                                                                      

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