MUROS

4 Dic

muros

Este noviembre se han cumplido 27 años de la caída del tristemente célebre Muro de Berlín. El acontecimiento que supuso el principio del fin para el ya entonces atrofiado bloque comunista propició desde el primer minuto eufóricas declaraciones por parte de todo tipo de dirigentes políticos, columnistas e intelectuales que, en el asfixiante clima neoliberal de los años 90´ y principios del siglo XXI, se han ido repitiendo hasta el hartazgo un día sí y otro también hasta hoy mismo. Epítome de aquel orgasmo de triunfalismo completamente alejado de la realidad fue sin duda Francis Fukuyama, quien – en su publicitadísima obra “El fin de la historia y el último hombre” (1992) – se atrevió a afirmar que el final de la confrontación entre los USA y la URSS marcaría el triunfo definitivo de la democracia liberal y el capitalismo de libre mercado, inaugurándose así una era de paz, prosperidad e incluso felicidad nunca vista en todo el orbe de la mano de la globalización. 

Pasado un cuarto de siglo, las tesis centrales de aquel libro (panfleto, sería lo adecuado) han ido cayéndose como un castillo de naipes una tras otra, refutadas sin piedad por el inexorable devenir de la propia historia: primero, ésta no solo no ha terminado sino que se ha acelerado de forma vertiginosa, haciéndose cada vez más compleja, impredecible y, a ratos, truculenta; el pretendido “unipolarismo” estadounidense de los apóstoles neocons del Proyecto del Nuevo Siglo Americano sufrió un brutal despertar el 11 de septiembre de 2001 cuando todos sus planes, teorías y ocurrencias se derrumbaron junto con las Torres Gemelas de Nueva York; la Guerra Fría entendida como el enfrentamiento entre bloques ha regresado de la mano de unas reforzadas China y Rusia, asomándose en el horizonte un tenso escenario internacional muchísimo más peligroso que en los años centrales del siglo XX y que bien recuerda a los momentos previos a 1914; la tan cacareada globalización si algo ha globalizado (valga la redundancia) por encima de cualquier otro aspecto han sido las desigualdades sociales; en cuanto a la democracia liberal parlamentaria y este capitalismo salvaje…triunfar lo que se dice triunfar tampoco es que lo hayan hecho en demasía, atravesando ambos un descrédito sin precedentes en nuestros días. 

El muro berlinés (tildado por los gacetilleros del autoproclamado “mundo libre” como el “muro de la infamia”) fue un atentado en toda regla contra las libertades fundamentales, qué duda cabe. Sin embargo, convendría ser rigurosos tras la propaganda: entre 1961 y 1989 murieron al intentar atravesarlo 136 alemanes. Un crimen execrable e injustificable, desde luego. La hipocresía estriba en que parece ser el único muro que se recuerda, quizás para desviar la atención de la opinión pública ante la existencia actual y muy real de otros que vergonzosamente se han levantado (como el que, a la espera de ser reforzado por Trump, separa hoy los Estados Unidos de México para espantar a los “espaldas mojadas”, el del Sahara Occidental construido por Marruecos para aislar a la región controlada por el Frente Polisario, el erigido por Israel para asfixiar a los palestinos, etc.) o que alevosamente se están levantando en estos mismos momentos en toda la “vieja Europa” (en Francia, Hungría, Austria, Noruega, etc.) con el fin de frenar la avalancha de refugiados a nuestras tan opulentas como desiguales sociedades occidentales, los cuales se están demostrando en cifras objetivas bastante más letales que el erigido por la extinta RDA.

El muro germano oriental se derrumbó en 1989 y aquello fue una gran noticia, es cierto, pero aún quedan muchos otros en pie. Ocurre que éstos siguen amparados por el silencio cómplice del pensamiento neoliberal dominante y su enorme aparato mediático. El principal de todos ellos, la distancia cada vez más abismal que separa a ricos y pobres en este injusto y castigado mundo.

 

 

 

                                                                     RICARDO HERRERAS

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