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TRUMP

19 Nov

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En plena hecatombe bélica y con las heridas de la Gran Depresión en mente, Karl Polanyi advertía en su obra “La gran transformación” (1944) que las sociedades regidas por modelos donde el mercado deja de ser un instrumento con el que gestionar el intercambio de mercancías para convertirse en un fin en sí mismo acababan desestructurándose de forma inevitable. Atenazadas por el miedo y la desesperación, lo normal era que entonces las mismas se echaran en brazos de movimientos de corte ultranacionalista o fascista antes de en los de auténticos movimientos emancipatorios defensores de una sociedad CON mercado en vez de una sociedad DE mercado, ambos hoy torticeramente metidos en un mismo saco llamado “populismo”.

 

Que quienes están hartos de perder en el juego de la economía globalizada hayan votado brexit en Gran Bretaña, elegido a Trump en USA o quizás opten por Le Pen en unos meses en Francia (basta ver el mapa de sus apoyos para darse cuenta de que éste se cruza con el de las zonas de miseria provocadas por décadas de onerosa dictadura financiera) revela cuánta razón tenía el insigne historiador austriaco, en aquella época enfrentado a las tesis antikeynesianas de la Escuela de Economía de Viena (a la sazón mentora del que luego habría de erigirse en gran pope del neoliberalismo Milton Friedman) que abogaban por el poder organizativo de los precios para ordenar la economía por sí solos sin ninguna intervención gubernamental.

 

Desde luego, si algo pone de manifiesto todo esto es el nuevo fiasco de ese proyecto – en el fondo muchísimo más utópico de lo que sus exégetas estarían dispuestos a admitir – llamado liberalismo económico, el cual jamás ha funcionado a favor de la clase trabajadora y cuya praxis en distintas épocas de la historia ha contribuido a destruir muchos de los cimientos materiales y hasta políticos de la sociedad moderna al provocar el aumento exponencial de la desigualdad, la caída generalizada del nivel de vida de la mayoría, el estancamiento del consumo amén de crisis tan letales como la de 1929 y 2008.

 

Pero para ser justos, también revela la incapacidad de una izquierda que, a fuerza de gobernar al servicio de unos pocos, dar la espalda a los trabajadores menos cualificados y/o precarios y, sobre todo, parecerse a la derecha, ha hecho que muchos – hastiados de elegir entre la Cocacola y la Pepsicola – ya no la vean como alternativa y apuesten hoy por el original vestido de chauvinista/demagogo/xenófobo ahora a la búsqueda de un nuevo chivo expiatorio en los inmigrantes donde antes era entre los judíos o comunistas.

 

Sí, el terreno lleva tiempo sembrado de rabia, frustración y hartazgo hacia un modelo que en los últimos 30 años se ha regido (desregulaciones financieras, reformas laborales la carta de los empresarios, tratados de libre comercio, deslocalizaciones industriales, contracción del gasto público, exenciones fiscales para los más ricos, proliferación de paraísos fiscales, presión a la baja sobre pensiones y sueldos, oleadas de privatizaciones, etc., etc.,) con la prepotencia característica de quienes, instalados en púlpitos privilegiados, aseguran estar en posesión de la receta (reducción del déficit público por medio de recortes y austeridad presupuestaria para hacer frente al pago de la ingente deuda…¡privada de los bancos!) infalible con la que solucionar los numerosos desajustes que ha generado.

 

En puridad, a Trump le ha bastado primero con darse cuenta de ello y, sin el apoyo de la parte más significativa de ese establishment al que él no olvidemos también pertenece, le ha sobrado después con venderse a sí mismo como otro atractivo e irresistible producto del mercado para capitalizar el rechazo generalizado de las clases populares hacia un consenso económico fracasado y hacia unas élites acomodadas, ciegas e incapaces de entender la sociedad a la cual han llevado a la pura ruina.

 

 

                                                                     RICARDO HERRERAS

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